
Indice
- 0.1 Prólogo: Adentrándose en el corazón francés
- 0.2 Día 8: Hacia tierras más pobladas
- 0.3 Día 9: Paisajes elevados y primera lluvia
- 0.4 Día 10: Un baño inesperado en el río
- 0.5 Día 11: Arras y un encuentro especial
- 0.6 Día 12: El último día antes del descanso
- 0.7 Día 13: El regreso después del descanso
- 0.8 Día 14: Atajos y olas de calor
- 0.9 Reflexiones de la segunda semana
- 1 ¡No te pierdas estos consejos!
Prólogo: Adentrándose en el corazón francés
La segunda semana de mi peregrinación por la Vía Francígena me llevó a adentrarse en el verdadero corazón de Francia, dejando atrás las costas del Canal de la Mancha para explorar las tierras de Picardía y los campos de batalla históricos del norte francés. Esta semana estuvo marcada por encuentros inesperados, paisajes cambiantes y el constante recordatorio de la historia que impregna cada rincón de esta región.
Desde pequeños pueblos rurales hasta ciudades históricas como Arras, pasando por monumentos conmovedores de la Primera Guerra Mundial, cada día trajo nuevos desafíos y descubrimientos. La compañía ocasional de otros peregrinos y la creciente familiaridad con el ritmo del camino hicieron que esta semana fuera particularmente enriquecedora.
Día 8: Hacia tierras más pobladas
25 kilómetros de transición
El octavo día comenzó de manera muy tranquila. Después de la hospitalidad recibida la noche anterior en la casa de peregrinos, me desperté a las 7:30 sin la presión habitual de tener que esconder la tienda temprano. Pude desarmar thttps://youtu.be/hHAI1iEprNsodo con calma, ir al baño, limpiarme un poco y estar listo para empezar a caminar a las 8:30.
A pocos kilómetros de comenzar, encontré algo que no había visto antes: un food truck que vendía frutas. Decidí comprar una banana y uvas para el camino, una forma perfecta de obtener energía natural mientras caminaba.

El paisaje seguía siendo el mismo de días anteriores: campos de trigo, cosechas variadas y bosquecitos ocasionales. Pero algo estaba cambiando gradualmente: empezaban a aparecer más pueblos y pequeñas ciudades, aunque todavía distantes entre sí.
Como había sucedido los días anteriores, a mitad del camino me encontré nuevamente con las dos peregrinas italianas. Ya era el tercer o cuarto día consecutivo que nos cruzábamos a medio recorrido y continuábamos caminando juntos por bosques y senderos hasta que ellas seguían su ritmo y yo decidía hacer alguna parada para descansar.
A partir de este punto del camino, era notable que ya empezaba a haber más gente y mas ciudades. Cada dos o tres kilómetros aparecían más pueblos que antes, una señal de que nos alejábamos de las zonas más rurales del norte de Francia.

Mientras descansaba, comencé a estudiar el siguiente pueblo en mi ruta: Bruay-la-Buissière. Era bastante grande y me parecía complicado encontrar un lugar para acampar dentro de una ciudad de ese tamaño. Empecé a identificar zonas un poco más alejadas del centro donde podría ser posible acampar.
Continué caminando, y ya a 3 kilómetros antes de llegar a la ciudad, se empezaba a notar más urbanización: casas, inmuebles, y un ambiente más urbano. En ese momento decidí ir directamente al supermercado que estaba en la entrada de la ciudad, justo al costado del camino.
Cuando llegué al supermercado, algunas personas me miraron con curiosidad. Una persona incluso me pidió una foto al enterarse de que estaba haciendo el camino a Roma. Compré provisiones para el día (era sábado) y para el domingo, sabiendo que los domingos la mayoría de los comercios estarían cerrados.
Eran las 4 o 5 de la tarde cuando terminé las compras. Continué por el camino oficial con la mochila de 10 kilos más una bolsa y media de compras del supermercado. Había visto en el mapa que si seguía por la Vía Francígena, había posibilidades de encontrar un lugar para acampar.
Después de caminar 2 kilómetros y medio con todo ese peso extra, encontré justo al costado del camino un lugar perfecto para acampar. Había algunas rocas pero estaba bastante bien ubicado y poco visible – la mayoría de la gente que pasaba ni siquiera se percataba de que había una tienda montada.
Esperé hasta las 7:00 de la tarde para montar la tienda sin apuro. Me preparé la comida, limpié y ordené toda la mochila. El único problema fue que ese día, incluso hasta las 9 de la noche, la temperatura superaba los 30 grados, haciendo que incluso dentro de la tienda fuera sofocante. Tuve que esperar un poco más, cené más tarde y me fui a dormir cerca de las 10:30, listo para comenzar otra etapa al día siguiente.
Día 9: Paisajes elevados y primera lluvia
23 kilómetros entre colinas
Me desperté a las 7:30, sabiendo que nadie me molestaría ya que estaba prácticamente en medio del camino oficial. Desarmé la tienda tranquilo y a las 8 de la mañana estaba desayunando un sándwich en medio del sendero.
El día empezó un poco con llovizna, pero mientras estaba en el bosque no había problema. El inconveniente surgió cuando salí del bosque hacia zona más abierta y empezó a llover un poco más, pero afortunadamente a los 3 kilómetros encontré lo que parecía ser una carrera de bicicletas donde pude hacer una pequeña parada para tomar un café.

Después de la parada y el café, seguí el camino. Lo que me esperaba ahora era una pendiente ascendente pasando por parques realmente hermosos. El parque tenía muchos juegos para niños, incluso una cancha de vóley elevada (literalmente en el aire por encima del camino en el parque), y en general un montón de espacios verdes y juegos distribuidos tanto para niños como para adultos.
Seguí caminando por todo el sendero del parque hasta llegar de repente a una colina perfecta desde donde se veía toda la ciudad de abajo. Estábamos a más de 150 metros de altura, con vistas panorámicas de la ciudad y todo el verde circundante. Me tomé un tiempo para descansar y respirar en este mirador natural.
Después de estar como una hora en esa colina descansando (realmente apreciando la tranquilidad, las vistas y tomando mi merecido tiempo de descanso y relax), comencé de nuevo el camino con una bajada seguida de otra subida. Justo en la bajada me encontré nuevamente con las dos peregrinas italianas que estaban descansando, así que retomamos el camino juntos para los próximos kilómetros.
Continuamos caminando entre campos verdes, bosques y senderos, algunos con bastante barro que se me embarraron todas las zapatillas, pero todo fue llevadero hasta llegar a otra colina importante donde estaba la Nécropole Nationale de Notre-Dame-de-Lorette.

Este lugar es extraordinario y conmovedor. Es la necrópolis más grande de Francia, donde descansan para la eternidad más de 42,000 soldados franceses muertos durante la Primera Guerra Mundial en el frente de Artois y Flandes. La necrópolis está ubicada en la colina con su mismo nombre, a 165 metros de altura, en el territorio de Ablain-Saint-Nazaire, cerca de Lens.
Desde septiembre 2023, la necrópolis está inscrita como sitio funerario y memorial de la Primera Guerra Mundial en el Patrimonio Mundial de la UNESCO. El lugar era un promontorio estratégico ocupado por los alemanes desde el inicio del conflicto, marcado por terribles combates hasta su recuperación por las fuerzas francesas.
Saqué fotos y videos de este lugar impresionante, pero como cerraban dentro de media hora, no decidí entrar al museo sino continuar hacia el pueblo que era mi destino: Ablain-Saint-Nazaire.
Para llegar al pueblo había que descender unos 2 kilómetros por una bajada suave. Lo que me sorprendió al llegar fue encontrar el pueblo prácticamente desierto, con todo cerrado, sin poder encontrar inicialmente ni un lugar donde quedarme ni alguien a quien preguntar.
Seguí caminando por algunos lugares que me parecía que podían tener suficiente espacio verde para acampar, hasta que de repente subí una pequeña colina donde había un campo de fútbol totalmente abierto. Era como parte de un sendero también, pero tenía un campo de fútbol abierto con vistas a la iglesia de la ciudad donde tranquilamente se podía acampar.

Como todavía no era muy tarde, me tomé mi tiempo, hice algunas tareas pendientes y cené hasta que a las 7:30 comencé a armar la tienda. Aunque era un campo de fútbol abierto, busqué un lugar un poco más escondido para que no se viera a simple vista, y ahí, con esas vistas hacia la iglesia del pueblo, decidí pasar la noche.
Día 10: Un baño inesperado en el río
20 kilómetros con sorpresas refrescantes
Hoy me esperaba un día relativamente corto de 20 kilómetros, así que pude despertarme tranquilo a las 7 de la mañana, desarmar la tienda sin prisa y estar empezando a caminar a las 7:30.
El problema comenzó temprano: había bastante niebla y estaba pronosticada lluvia. Comencé a caminar solo con la niebla, pero al poco tiempo empezó a llover bastante fuerte. Tuve que resguardarme debajo de un árbol durante varios minutos hasta que decidí que la lluvia había disminuido lo suficiente como para continuar.

Seguí caminando así unos 20 minutos bajo lluvia ligera hasta que, de repente, las nubes comenzaron a despejarse y poco a poco se empezó a abrir el cielo para dejar ver el sol.
Seguí caminando entonces entre campos durante unos 5 kilómetros hasta que, por primera vez en varios días, encontré un pueblo con ruinas de una abadía antigua. No había ningún bar ni restaurante abierto – el restaurante abría recién al mediodía (lamentablemente este problema seria bastante recurrente en Francia) y yo había llegado a eso de las 10.30 de la mañana – entonces decidí hacer una parada en el parque para tomar agua, descansar y comer algo.

Después de descansar y apreciar un poco los restos de la abadía, continué caminando varios kilómetros más. Era todo campo, sin ningún pueblo ni nada abierto, hasta que de repente a las 11:30 llegué a un pueblo donde aparentaba que iba a haber más cosas abiertas.
De los cuatro locales que había, solo una cafetería estaba abierta, entonces aproveché para descansar, tomar una cerveza y cargar todos los equipos electrónicos.
La sorpresa que me encontré fue al salir de ese pueblo después de 3 horas cargando todo. Fui a continuar el camino, ya esperando no hacer otra parada, y me encontré con que justo a la salida había un pequeño río. Hice una primera parada en donde solo metí los pies porque parecía poco profundo, pero al continuar caminando, encontré el río más profundo y abierto. Ahí sí decidí bañarme y ducharme completamente para refrescarme (que acampando, es la unica manera que tengo de poder limpiarme).
Después de ese merecido descanso y esa ducha muy necesaria tras varios días sin una ducha apropiada (creanme que despues de estar 10 dias sin ducha, al menos bañarse en un lago/rio te da una sensacion de limpieza y de energia unica), continué caminando por bosques y campos hasta llegar al destino de hoy: Arras, la ciudad más importante que había visitado hasta ahora, fuera de Canterbury.
IATI SEGUROSAl entrar a la ciudad, lo primero que me encontré fue un parque bastante grande donde vi la posibilidad de acampar sin problemas. A continuar por la ciudad, primero fui a otro café para recargar las baterías y tomar una cerveza, y después empecé a averiguar otros posibles lugares para acampar.
El problema con el parque era que, aunque era muy grande y público, tenía carteles que indicaban explícitamente que estaba prohibido acampar. No quería correr el riesgo de que alguien me encontrara acampando cuando estaba claramente prohibido.
El día anterior había llamado a la Oficina de Turismo de Arras para preguntar dónde podía acampar, ya que es una ciudad muy grande. Me habían mencionado que cerca de Saint-Laurent, donde estaban el parque y el café, era posible hacerlo.
Fue en el café donde identifiqué un posible lugar para acampar: era como un área deportiva con gimnasio al aire libre que estaba a unos 300 metros al norte del café. Cuando terminé de cargar todo, me fui directamente hacia ese lado. Para ese entonces ya eran como las 7 de la tarde.
Para mi sorpresa, detrás de esa area deportiva, encontré un campo bastante abierto donde era posible acampar en un lugar discreto detrás de algunos escombros y una casa. Como era un lugar bastante abierto, no quise poner la tienda inmediatamente a las 7:00 de la tarde, así que me quedé en el campo abierto sobre el césped, comiendo y haciendo tiempo hasta esperar a las 8:30 aproximadamente.
Finalmente, decidí poner la tienda no solo porque ya era más tarde, sino porque estaba empezando a hacer fresco. Una vez que había montado la tienda, cenado y organizado todo, lo único que me quedaba por hacer era dormir para al día siguiente despertarme temprano, ya que era un campo abierto y no queria molestar a los vecinos, y continuar caminando.
Día 11: Arras y un encuentro especial
25 kilómetros de ciudad a campo
Después de pasar una buena noche en las afueras de Arras, en Saint-Laurent, donde había encontrado un lugar discreto para dormir, me desperté relativamente temprano, a las 6 de la mañana. Como estaba en un barrio residencial, quería levantarme temprano para que nadie me viera salir de la tienda y desmontarla.
Comencé yendo directamente hacia el centro de Arras para encontrar la Plaza Grande (Grand Place), donde me iba a sentar tranquilo a tomar un café con vista a la plaza y aprovechar para cargar un poco el teléfono.

Arras es una ciudad importante, con su campanario inscrito por la UNESCO en la lista del patrimonio mundial de la Humanidad. A sus pies, dos grandes plazas con casas de fachadas originales ocultan un tesoro subterráneo: las Boves, canteras de piedra abandonadas accesibles a los visitantes desde el ayuntamiento.
Una vez que tomé el café tranquilo, me tomé mi tiempo durante media hora disfrutando del ambiente de la plaza, y luego comencé a caminar lo que ahora sí iba a ser un día de unos 25 kilómetros. Primero tenía que dejar la ciudad atrás, lo que significaba varios kilómetros sobre asfalto – esa es la desventaja de caminar por ciudades en estos caminos de peregrinación – antes de meterme nuevamente en senderos rurales.

Tuve un encuentro muy especial ese día. Me encontré con un oficial frances que representaba la organización encargada de la señalización de los caminos de peregrinación en Francia (FFRANDONNEE). Me comentó varias cosas interesantes: que era posible visitar una iglesia en un pueblo llamado Bapaume, que era el fin de mi etapa del día, y también en Rocquigny había una iglesia muy bonita para ver. Me recomendó lugares para quedarme aproximadamente dos kilómetros antes o después de Bapaume donde no habría ningún problema para acampar.
Me deseó buen camino y la verdad fue un encuentro muy agradable. Era reconfortante encontrar a alguien que realmente estaba trabajando para hacer posible el camino de la Vía Francígena, incluso desde Francia, a más de 1,500 kilómetros de Roma.
A partir de hoy creía que iba a estar más solo porque la peregrina holandesa se había quedado en Arras y las italianas no las había visto. Y efectivamente termino siendo un día solitario, y a partir de estos días imaginaba que iba a ser más común la soledad.
El día seguia siendo entre campo y campo, siempre lo mismo. Después de unas 3 horas decidí parar a descansar un poco bajo un árbol y comer algo. Justo en ese momento aparecieron unos cuatro tractores que empezaron a cosechar la plantación donde estaba – eran arvejas, no trigo como había pensado inicialmente.

Como todos los días, no hubo sorpresas en cuanto a los pueblos: la mayoría de las iglesias estaban cerradas, y este día no fue la excepción (Ya para este momento me estaba dando cuenta que seria la norma para Francia, y la excepeción de hecho sería ver una iglesia abierta).
Fueron unos 25 kilómetros hasta llegar a Bapaume, el pueblo donde pensaba quedarme. Bapaume es un punto importante en la Vía Francígena, con su iglesia Saint-Nicolas y un cementerio británico que recuerdan la historia de la Primera Guerra Mundial en la región.
Lo primero que hice fue ir a un café para tomar una cerveza y recargar el cargador portátil, el teléfono y todos mis equipos (Como ya de costumbre). En ese momento vi que el que atendía era bastante amable, entonces le pregunté si era posible quedarme en algún lugar para acampar libre dentro de la ciudad.
Me comentó que iba a averiguar con la mairie (el ayuntamiento) y la policía. Al cabo de una hora aproximadamente, me dijo que no había ningún problema, que había un lugar destinado para autocaravanas donde me podía quedar atrás sin problemas, que nadie me iba a molestar porque lo había consultado oficialmente con el ayuntamiento y la policia.
Agradecido por esta información, ya estaba mucho más tranquilo, tomando otra cerveza y descansando hasta que se hiciera un poco más tarde, como a las 6 de la tarde, para ir a poner la tienda.

Una vez que me fui del café a eso de las 6 de la tarde, lo que más me sorprendió fue el precio de las cervezas. Había pedido una de medio litro tirada y una de 250 centilitros: la de medio litro me salió 7,40 euros y la de 250, 3,70 euros. Para mí, en euros, eso es carísimo.
Tenía un sabor semiamargo porque el del bar me había ayudado muchísimo, pero al mismo tiempo me habían salido carísimas las cervezas. De todas formas, seguí adelante, fui hacia donde estaban las autocaravanas, puse la tienda tranquilo y ya me quedé muy relajado, comiendo, cenando, y a eso de las 10 de la noche ya me fui a dormir.
Día 12: El último día antes del descanso
28 kilómetros de despedida temporal
Sabía que hoy era el último día de la primera parte de mi peregrinación antes de tomarme unos días de vacaciones, así que decidí tomármelo con calma. A eso de las 7 de la mañana me desperté y empecé tranquilamente a desarmar las cosas.
Empecé a caminar a eso de las 7:30. La mañana estuvo perfecta porque había sombra y estaba medio nublado, condiciones ideales para caminar sin problemas. No antes sin parar a tomar un café en el pueblo.

Lo único malo es que ese día, a lo largo de la mañana, en algún momento perdí el gorro que tenía. Ya las gafas de sol también las había perdido anteriormente, así que me quedé sin protección para el sol.
Caminé unos 10 kilómetros aproximadamente hasta llegar a un pueblo con una bonita iglesia y un parquecito por detrás, perfecto para parar a descansar y comer algo.
Aproveché para dormir una pequeña siesta y luego decidí continuar, pero no sin antes pasar por la iglesia. Para mi sorpresa, no solo estaba abierta sino que tenía sello para peregrinos y había un cartel que decía que los peregrinos eran bienvenidos. Habían dejado café y snacks para que los caminantes recuperaran fuerzas.
Hice otra parada con un café en la iglesia, un gesto de hospitalidad que me conmovió mucho, y después continué el camino.

El día en total eran 30 kilómetros aproximadamente, así que sería largo. Hasta las 2 de la tarde más o menos todo venía bien: camino, campo, algo de bosque. Pero el problema comenzó a las 2 de la tarde cuando el sol empezó a estar más fuerte, más calor, y sin gorro ni gafas de sol, me daba de lleno.
En el medio del camino tuve una confusión con el GPS. Me indicaba un camino al lado de una plantación que era muy estrecho, prácticamente parecía que caminaba por la plantación misma. Creo que el camino no estaba correctamente señalizado o indicado por el GPS de la Vía Francígena. Fue así por aproximadamente 500 metros hasta retomar el camino dentro del bosque.
Hoy decidí dormir en un camping privado en Peronne. Era un pueblo un poco grande, sería mi último día antes de unas breves vacaciones, y solo costaba 9 euros incluyendo ducha y electricidad – una inversión que valía la pena después de tantos días de camping libre.

Ese día también me encontré con Gioia, una italiana que estaba haciendo lo mismo que yo (Pueden ver su canal de youtube). Charlamos, comimos, tomamos cerveza, y ya a las 10 de la noche decidimos ir a dormir, ella continuando su camino y yo preparándome para mi pausa.
Día 13: El regreso después del descanso
17 kilómetros de reencuentro con el camino
El día 13 comenzé volviendo desde Bélgica hacia Péronne, con el TGV (Tren de alta velocidad de Francia) hasta la estación más cercana. A eso de las 6 de la mañana llegué a la estación de tren y comencé a caminar nuevamente hacia Péronne (donde habia dejado oficialmente el camino de la Via Francigena y para retomar desde el mismo punto), para hacer dedo en el camino, sin saltearme nada.
Si no hacia dedo en total tenia que caminar unos 10 Km, que es bastante, asique TENIA que conseguir a alguien que me lleve. Al principio no tuve suerte y tuve que caminar una hora, pero después de llegar a una intersección, afortunadamente conseguí que alguien me levantara y me llevara en coche hasta el inicio de Péronne.

Una vez que llegué a Péronne, inmediatamente después de bajar del coche, apareció un hombre que había bajado de otro coche con una cámara. Me preguntó si podía hacerme unas preguntas, empezó a grabarme y me preguntó qué hacía, de dónde era, por qué estaba caminando, cuántos años tenía, etcétera. Me dijo «buen camino», me comentó que era para su uso personal, y me regaló una pluma como recuerdo.
Después de eso, continué mi camino, pero primero tenia que ir al supermercado de Péronne a hacer las compras para un día y medio, y empecé a caminar el trayecto del día que iban a ser en total unos 17 kilómetros.

Péronne es un punto importante en la Vía Francígena, donde la ruta abandona la ciudad en dirección sureste saliendo por la contigua Doingt. Durante toda esta etapa pasa por caminos al este de las carreteras principales.
El día venía normal, caminando entre campos y algún que otro bosquecito. A la primera hora hice una parada para descansar un poco, y al rato que volvió a caminar me di cuenta de que la tormenta que había pasado unos dias atrás, había dejado todo el camino súper embarrado e incluso con agua acumulada.

Había sectores donde era prácticamente imposible caminar sin hundirse en el barro. Pasé como pude en unos 50-100 metros, pero me embarré completamente los pies y las zapatillas. Después seguí caminando sin problemas.
No me encontré con nadie durante este día, y de repente, casi llegando a la ciudad de Trefcon donde iba a parar, me encontré con un hombre paseando con su perro.
Hoy era un día relativamente corto. La única diferencia es que había arrancado desde la estación de tren a las 7 de la mañana e hice un par de kilómetros adicionales, pero el tramo oficial lo hice sin problemas. Ya había identificado una iglesia donde atrás aparentemente había un poco de césped para poner la tienda perfectamente.
Llegué a eso de las 2 de la tarde y pude poner la tienda sin ningún problema, retomando el ritmo del camino poco a poco, después de mi breve descanso.
Día 14: Atajos y olas de calor
Kilómetros variables evitando el calor extremo
Hoy en teoría la etapa original eran 25 kilómetros desde Trefcon hasta Seraucourt-le-Grand, pasando por una ciudad intermedia, pero yo decidí hacer un pequeño atajo: no entrar a la ciudad, tomar una diagonal e incluso avanzar al siguiente pueblo que era el fin de la etapa teórica.
Me desperté a eso de las 6:30 de la mañana y comencé a caminar. El día arrancó bien, para después tomar el desvío sin problemas. Media hora después de tomar el primer desvío, que era el original, descansé en un pueblo donde pude tener sombra.
Pero el problema empezó cuando comenzó una ola de calor que duraría dos días, con temperaturas que llegarían hasta los 40°C.

El desvío que tomé me permitía seguir caminando por campos y bosques en lugar de entrar a Saint-Quentin, que básicamente significaba entrar por pavimento y salir por pavimento sin ver nada más que ciudad. Cuando retomé el camino oficial, me di cuenta de que me había ahorrado aproximadamente 5 kilómetros, lo que fue muchísimo considerando el calor extremo.
A eso del mediodía llegué al pueblo que era el teórico fin de etapa de este día: Seraucourt-le-Grand. Aproveché para ir al supermercado, comprar algunas cosas, cargar el cargador portátil en el ayuntamiento y ponerme a descansar por un rato, comiendo tranquilo hasta que se hiciera un poco la tarde, esperando que bajara la temperatura.
Nuevamente, como el día anterior, siguiendo por el camino de repente me encontré con una parte que estaba totalmente repleta de agua, imposible de pasar por el sendero oficial. Afortunadamente, por el costado había césped que permitía pasar sin necesidad de embarrarse totalmente.

Seguí caminando y finalmente terminé llegando a eso de las 3 de la tarde a Clastres, el pueblo donde me iba a quedar, completamente destruido por el calor que era lo que más me estaba molestando.
Llegué a un campo de fútbol del pueblo donde prácticamente no había nadie. Primero decidí acampar al aire libre, pero después me di cuenta de que hacía mucho calor y que iba a ser imposible. Finalmente decidí poner la tienda debajo de un techo para tener algo de protección contra el calor extremo.
Reflexiones de la segunda semana
Esta segunda semana en la Vía Francígena me enseñó sobre la adaptabilidad y la resistencia. Desde los encuentros casuales pero significativos con otros peregrinos hasta las conversaciones con lugareños hospitalarios, cada día trajo lecciones valiosas.
El paso por lugares como la Necrópolis de Notre-Dame-de-Lorette me recordó constantemente la profundidad histórica de la región que estaba atravesando. No solo era un camino de peregrinación, sino un recorrido por siglos de historia europea, desde batallas medievales hasta los conflictos del siglo XX.
Los desafíos climáticos – desde la lluvia matutina hasta las olas de calor extremo – me enseñaron a ser flexible con los planes y a escuchar tanto a mi cuerpo como al entorno. La decisión de tomar atajos cuando era necesario o de buscar refugio en camping cuando se justificaba mostró que la peregrinación no es solo sobre seguir reglas rígidas, sino sobre hacer el viaje de manera inteligente y segura.
Los encuentros con oficiales del camino y lugareños amables reforzaron que la Vía Francígena es más que un sendero: es una comunidad extendida de personas que entienden y apoyan a quienes emprenden esta antigua ruta hacia Roma.
La aventura continúa…

