
Indice
- 1 Del Valle de Aosta a las colinas piamontesas
- 2 Día 50: Día de descanso en Aosta
- 3 Día 51: De Aosta a Châtillon
- 4 Día 52: De Châtillon a Verrès
- 5 Día 53: Regreso al camino después del descanso
- 6 Día 54: El Ferragosto y la entrada al Piamonte
- 7 Día 55: La ruta de los lagos
- 8 Día 56: El experimento de las fuentes
- 9 Reflexiones de la Semana 8
- 10 ¡No te pierdas estos consejos!
Del Valle de Aosta a las colinas piamontesas
Prólogo
La octava semana del camino llegó cargada de transiciones. Después de haber descendido desde las alturas del Gran San Bernardo, llegaba el momento de despedirme del Valle de Aosta y sus montañas imponentes para adentrarme en el Piamonte, una región completamente distinta con sus colinas suaves, viñedos interminables y arrozales que anunciaban la llanura padana.
Esta semana fue, sobre todo, una semana de despedidas. Despedidas de compañeros de camino que se habían vuelto parte de mi rutina diaria, despedidas de un paisaje alpino que me había acompañado durante días, y despedidas de esa dureza física que supone caminar entre montañas. Pero también fue una semana de reencuentros: con mi novia después de una semana de descanso, con la tranquilidad de etapas más cortas, y con la sorpresa de encontrarme cada vez más peregrinos en el camino.
El Valle de Aosta me dejó un último regalo antes de partir: su capital, Aosta, conocida como la «Roma de los Alpes» por sus impresionantes vestigios romanos. Y luego, el descenso paulatino hacia el Piamonte, pasando por pueblos medievales, castillos centenarios y ese famoso puente romano de Pont-Saint-Martin que, según la leyenda, fue construido por el mismísimo diablo.
Día 50: Día de descanso en Aosta
Aosta – Día de descanso
Mi reloj biológico ya está tan acostumbrado al ritmo del camino que, aunque no tenía alarma puesta, me desperté a las 7 de la mañana. Era un día de descanso completo en Aosta, así que me tomé mi tiempo para levantarme sin apuros y salí a buscar un café por la ciudad.
Encontré un lugar tranquilo donde me pedí un capuchino y un cornetto de chocolate. Ahí sentado, sin prisas, esperando que llegara el día cuando de repente me escriben Gioia y Johnny avisándome que estaban casi llegando a la ciudad. Les mandé la ubicación del café y a los 15 minutos aparecieron.
Ellos también querían quedarse en el albergue donativo, pero estaba completo, así que consiguieron hospedarse en otra iglesia por 20 euros la noche, un poco más barato que lo que nos había salido a Sophie y a mí. Después de desayunar juntos, los acompañé para que hicieran el check-in y dejaran sus mochilas. Luego salimos todos, en una misión importante: comprar toallas.

Resulta que dos días antes, en Suiza, antes de llegar al paso del Gran San Bernardo, nos habíamos olvidado las toallas. Recorrimos varios locales de trekking y deportes en Aosta preguntando por toallas de secado rápido, esas tipo Decathlon de fibra, pero no encontrábamos ninguna que se ajustara a nuestro presupuesto. Finalmente, en un local más apartado, encontramos dos: una perfecta para Gioia y otra bastante grande que Johnny y yo decidimos comprar a medias y cortarla por la mitad. Nos salió unos 11 euros a cada uno. Problema resuelto.
Aosta merece su apodo de «la pequeña Roma de los Alpes». Fundada en el año 25 a.C. por el emperador Augusto con el nombre de Augusta Praetoria Salassorum, la ciudad conserva un impresionante conjunto de vestigios romanos que incluyen el Arco de Augusto, la Porta Praetoria (la entrada principal de la antigua ciudad), las ruinas del teatro y el anfiteatro, y el Criptopórtico Forense, parte del antiguo foro romano perfectamente preservado bajo la catedral actual.
La ciudad se convirtió en un punto estratégico crucial en la Vía Francígena durante la Edad Media, siendo la capital de la región del Valle de Aosta y un lugar obligado de paso para los peregrinos que descendían del Gran San Bernardo camino a Roma.

Ya era hora de almorzar, así que fuimos al supermercado a comprar provisiones para ese día y el siguiente. Después de comprar un kebab para almorzar, volví a mi hospedaje, dejé las compras, y me tiré una siesta de dos horas. Ya había visto un poco de la ciudad por la mañana, así que decidí explorar el resto por la tarde.
Me desperté alrededor de las 5 de la tarde, me di una ducha y salí a caminar. Recorrí el centro de Aosta, pasé por una plaza, un portal que estaba en refacciones, visité una iglesia y me crucé con Sophie. Nos quedamos charlando un rato y seguimos caminando juntos hacia el otro lado de la ciudad hasta llegar a la catedral de Aosta. La vimos por dentro, hermosa, y después nos encontramos con los demás para cenar alrededor de las 7:30.

Cenamos todos juntos afuera, directamente en la calle. Incluso estaba Samuele, el otro chico italiano que había perdido de vista el día anterior. Después de cenar fuimos a tomar un aperitivo, un vino, un trago, lo que sea, y estuvimos charlando entre todos hasta las 11 de la noche.
Ahí llegó el momento de las despedidas. Gioia y Johnny se iban a quedar un día más descansando en Aosta, yo iba a continuar caminando. Sophie también seguía, pero no íbamos al mismo lugar: yo iba de Aosta a Châtillon, y ella se quedaría en un pueblo antes.
Nos despedimos, probablemente por un largo rato. No sabía si los iba a volver a ver porque en unos días yo también me iba a tomar casi una semana de vacaciones. Me despedí de todos y me fui a dormir, preparándome para retomar el camino al día siguiente.
Día 51: De Aosta a Châtillon
Aosta – Châtillon | 20 km
Me desperté sin apuros sabiendo que me esperaban unos 20 kilómetros, una etapa corta. Arranqué a caminar alrededor de las 7:30 de la mañana. Ya había bajado lo más fuerte desde el paso del Gran San Bernardo, así que ahora el camino era más moderado: un poco de subida, un poco de bajada, unos 100 metros arriba, 100 metros abajo, nada muy exigente.
La salida de Aosta no fue mi favorita porque tocaba un par de kilómetros por carretera. Lo bonito era que iba por el lado izquierdo de la montaña, así que una vez subí un poco, tenía vistas espectaculares hacia atrás de Aosta y los pueblos que venían adelante se veían desde arriba. Aunque fuera por carretera, las vistas del Valle de Aosta compensaban bastante.

A la hora más o menos me encuentro con Samuele, el otro italiano que había conocido el primer día en el hostal del Gran San Bernardo. Estuvimos un buen rato juntos hasta que él se quedó en un mirador de una iglesia que tenía bonitas vistas, pero yo decidí seguir. Eran como las 10 de la mañana y quería avanzar.
Siguiendo el camino, llegué a otra iglesia que tenía una pequeña parada para peregrinos: una mesita, todo preparado, e incluso una inscripción que decía que era una parada para peregrinos. Decidí parar ahí alrededor de las 11:30 para almorzar. Tenía unas vistas preciosas y justo cuando estaba por comer, apareció el párroco de la iglesia. Empezamos a hablar un poco y hasta me dejó entrar al baño.

Después de comer, visité la iglesia que también tenía lindas vistas del Valle de Aosta, y seguí caminando. Todo el camino iba más o menos por la parte izquierda del valle, arriba y abajo, siempre con bonitas vistas, pasando por varios pueblos y comunas.
En una de esas comunas me encontré con algo gracioso: había un pueblo que se llamaba «La Polla”. Habiendo vivido en España, me pareció bastante chistoso. Fue una anécdota divertida del camino.
Un poco más adelante, en otro pueblo, me encontré con una casa muy bonita llena de adornos de madera pintados, todo muy artesanal, que decía «buen camino» en varios idiomas. Me parecia que era una casa de peregrinos o de alguien que había sido peregrino queriendo darle luz y alegría a los que pasaban por ahí.
Los últimos tres kilómetros tenían una cuesta considerable. En la parte más alta, antes de llegar a Châtillon, había bastante viento en una pequeña montaña, pero una vez pasé esa parte, bajé de nuevo hacia Châtillon. La entrada a la ciudad fue, como casi siempre, por carretera el último kilómetro.

Châtillon es una localidad con orígenes antiguos que se remontan a la época romana, cuando probablemente era sede de un importante presidio militar en la carretera que conducía a las Galias. Durante la Edad Media, el territorio estuvo bajo el control de la poderosa familia Challant, que construyó aquí no uno, sino tres castillos que aún pueden admirarse.
El más impresionante es el Castillo de Ussel, construido alrededor de 1343 por Ebalo II de Challant sobre un precipicio rocoso que domina la llanura de Châtillon. Este castillo fue una innovación arquitectónica para su época: el primer fuerte construido desde cero como un cuerpo único y compacto, sin las murallas defensivas exteriores típicas de otros castillos. Su ubicación estratégica le permitía controlar toda la entrada al Valle de Valtournenche.
Una vez llegué a la ciudad, fui directamente al Convento Capuccini, un convento donativo donde me iba a quedar. Me recibió una cura súper amable que me dio indicaciones muy claras, me mostró dónde estaba el baño, la habitación, todo. Justo un poco antes había llegado Samuele también, así que los dos nos quedamos en el mismo lugar.
El resto del día fue tranquilo: ir a comprar provisiones, descansar, hacer las compras necesarias y prepararme para continuar al día siguiente.
Día 52: De Châtillon a Verrès
Châtillon – Verrès | 19 km
Me desperté a la misma hora de siempre, alrededor de las 7 de la mañana, y a las 7:30 ya estaba caminando. Hoy me esperaban unos 19 kilómetros hasta Verrès, siguiendo el mismo patrón de estos días en el Valle de Aosta: ir por algún lado de la montaña, generalmente por la izquierda, mientras por la derecha estaba la carretera principal con los pequeños pueblos.
El día era de subida, bajada, subida, bajada, alternando entre caminitos de tierra, bosquecitos con un pequeño río al lado, y algunos tramos de carretera. Cuando pasaba por momentos de carretera me ponía los auriculares con música para evitar el ruido de los coches que me molestan un montón.

Hubo una subida bastante importante: en unos 500 metros tenía que subir unos 100 metros de altura, lo que me dejó sin aire. Después de esa subida fuerte, caminando un poco más, se veía a lo lejos el Castillo de Chénal. El camino no pasaba exactamente por ahí, pero se veía desde la distancia, bastante bonito.
Un poco más adelante pasé por un pueblo que tenía un banquito y una fuente de agua, así que era el momento perfecto para descansar, tomar agua de la fuente natural, refrescarme y descansar los pies.

Continuaba pasando de un lado al otro de la carretera por las montañas hasta que, en un momento, iba por un pueblito y pasé cerca de otro castillo: el Castillo de Saint-Germain. De nuevo, no era que lo tuviera dentro del camino de la Vía Francígena, sino que se veía de lejos. Después lo dejé de lado y seguí por otros pueblitos bonitos, chiquititos, todos al lado de la carretera principal del Valle de Aosta.
El Valle de Aosta es conocido como el «valle de los cien castillos» debido a la extraordinaria concentración de fortalezas medievales y residencias señoriales que salpican su territorio. La familia Challant, una de las más poderosas de la región, fue responsable de la construcción de muchos de estos castillos entre los siglos XIII y XV. Estos edificios no solo servían como fortalezas defensivas, sino también como símbolos de poder y prestigio de las familias nobles valdostanas.
En un momento me distraje mirando las montañas de fondo y tomé un camino equivocado. Lo bueno es que no me había desviado mucho, pero tuve que pasar prácticamente entre árboles, un pequeño bosquecito de unos 200 metros donde no había un camino bien marcado. Fueron 200 metros pasando entre arbustos, árboles y verde hasta llegar de nuevo al camino correcto.

Después de eso tocó otra subida bastante importante a una pequeña colina antes de llegar a Verrès. Había que subir a esa colina y después bajar de nuevo para llegar al pueblo. En esa colina había un viento increíble. La subida era un poco difícil, unos 15 minutos, pero una vez arriba estaba todo despejado, sin muchos árboles, con un viento impresionante.
Lo primero que me encuentro es un supermercado Conad, y justo al lado un bar restaurante que se llamaba Antares. Me hizo gracia porque es como el clásico bar de Buenos Aires, de Capital Federal, famoso por ponerle “cosas raras” a la cerveza.
Verrès es un pequeño pueblo que surgió sobre la antigua Vía Romana de las Galias, conocido en la antigüedad como Vitricium. Atravesado por el torrente Évançon, conserva intacta su estructura medieval con antiguos palacios de prestigio, entre los que destaca la Prevostura de Saint Gilles, un convento fundado según la tradición en el año 912.

El Castillo de Verrès, construido a finales del siglo XIV por Yblet de Challant, es un imponente monolito de estilo gótico tardío que se alza sobre un espolón rocoso. Fue una innovación arquitectónica notable para su época: un bloque único de tres pisos conectados por una majestuosa escalera de piedra con arbotantes volantes. Cada año, sus salones cobran vida durante el Carnaval Histórico de Verrès, que recrea las hazañas de la condesa Caterina de Challant en una mezcla de eventos históricos y leyendas fascinantes.
Una vez entré en la ciudad de Verrès, fui directamente al albergue donde me iba a hospedar: el del colegio iglesia San Egidio Zanet Verrès. Era una pequeña iglesia en el centro del pueblo, había que subir un poquito. Ya había hecho una reserva. Era una habitación con dos habitaciones simples de cinco camas marineras y un baño.
Cuando llegué, alrededor de la una de la tarde, era el único que estaba ahí. El encargado me dijo que iba a venir otro peregrino, Samuele, el mismo italiano. Aunque no lo había visto en el camino ese día, iba a llegar y se hospedaría conmigo también.
Me duché, fui a comprar algunas cosas al supermercado, volví, cené y me fui a dormir. Al día siguiente no iba a caminar porque tenía planeada una semana de descanso para irme a Vasto, a visitar a mi novia.
IATI SEGUROSDía 53: Regreso al camino después del descanso
Verrès – Pont-Saint-Martin | 15 km
Volví a caminar después de estar una semana de descanso en Vasto, en Abruzzo, con mi novia. Había llegado el día anterior a Verrès en un viaje de tren de 10 horas que incluyó primero un tren a Milán, después una combinación de dos trenes más y finalmente un bus para llegar al pueblo donde me había quedado por última vez (Verres).
Al otro día, hoy, solo pensaba hacer unos 15 kilómetros para poco a poco acostumbrarme de nuevo a caminar, porque había estado una semana sin hacerlo. Me desperté a las 7 de la mañana, el día estaba bien, y empecé poco a poco a prepararme para arrancar a caminar entre las 7:30 y las 8 más o menos.
El día anterior había encontrado también a dos peregrinos, Jonathan y Alexia, dos italianos que estaban caminando. Ellos se fueron primero, pero a los 20 minutos de salir del pueblo de Verrès ya me los crucé porque habían ido a desayunar. Al principio fue como siempre había sido más o menos estos días en el Valle de Aosta: un poco al lado de la carretera con vistas a las montañas, pero poco a poco ya iban quedando al costado o atrás.

Pasando por un pueblo había unos murales, toda una pared pintada con murales bastante bonitos representando el campo, peregrinos, todo un poco de lo que era el pueblo en sí. Lo bonito era que estaban los murales y de fondo las montañas.
El día pasaba entre caminos, algún poquito de carretera, pasando por ríos también, hasta que llegué a un pueblo donde tenía una parada bastante bonita. Había una fuente y al lado una casita de refugio, más que nada para peregrinos o turistas, donde incluso podía cargar el teléfono. Había algunos banquitos para descansar, así que aproveché, me tiré ahí en la sombra unos 15 minutos, descansé los ojos, y volví a caminar.

Cuando volví a caminar, fui a un café porque quería tomar un capuchino y ahí me encontré de nuevo con los italianos. Nos sentamos en la misma mesa, tomamos un capuchino, y después yo seguí. Justo en ese pueblo, Hône, había un río y era un pueblo bastante bonito, antiguo, fortificado, que tenía un castillo: el Castillo de Bard. Estaba justo en una pequeña colina con un río bordeándolo, súper bonito. No fui a entrar porque la entrada era cara, pero lo vi desde afuera, por el río y por el puente, y luego seguí caminando.
El Forte di Bard es uno de los ejemplos más destacados de arquitectura militar en el Valle de Aosta y en todo el arco alpino. Construido por los Saboya en el siglo XIX sobre las ruinas de fortificaciones anteriores, el fuerte desempeñó un papel crucial en mayo de 1800 cuando resistió durante dos semanas el asalto del ejército francés comandado por Napoleón Bonaparte, retrasando su avance hacia Italia.

El fuerte, situado sobre una gran roca que domina el estrecho desfiladero del Valle de Aosta, está abierto todo el año y alberga eventos, museos (incluido el fascinante Museo de los Alpes) y exposiciones temporales. El pueblo medieval de Bard, a sus pies, conserva preciosos edificios residenciales de los siglos XV-XVI.
Los últimos cuatro kilómetros para llegar al pueblo de hoy, Pont-Saint-Martin, eran todo por carretera. No era exactamente en la carretera sino al lado, pero se escuchaban los coches y la contaminación sonora era molesta.

Decidí ponerme los auriculares y escuchar música. De todas maneras, a los pocos kilómetros, primero era carretera pero después a la izquierda había un camino de piedras, todo al lado de la carretera que incluso tenía una puerta de piedra de la montaña que era una entrada bastante bonita. Imagino que era la entrada antigua al pueblo, pero ahora se veía más que nada como para el paso de los peregrinos.
Una vez llegué a la ciudad fue de nuevo lo mismo: entrada por carretera hasta llegar al Pont-Saint-Martin, un puente bastante bonito e importante que tenía una vista al río. Ahí me paré a tomar una cervecita, aproveché porque había llegado temprano, alrededor del mediodía, y después fui directamente al supermercado.

El puente romano de Pont-Saint-Martin es una obra maestra de la ingeniería romana que data del siglo I a.C. Con un solo arco de 31,55 metros de largo y 25 metros de altura sobre el torrente Lys, fue parte de la Vía de las Galias que conectaba Italia con la Galia. Durante siglos fue el único enlace entre las dos orillas del Lys, funcionando hasta 1836.
Pero lo que hace verdaderamente especial a este puente es su leyenda. Según la tradición popular, fue construido por el diablo en una sola noche. San Martín, obispo de Tours, se encontró con que el arroyo Lys le había cortado el paso al llevarse la única pasarela en su crecida. El diablo le propuso construir un sólido puente a cambio del alma del primero que lo atravesara. El santo aceptó, pero a la mañana siguiente, al lanzar un trozo de pan al otro extremo del puente, consiguió que el primero en atravesarlo fuera un perrito hambriento. El diablo, encolerizado, desapareció en el Lys entre luces y emisiones de azufre, y la población se quedó con el puente.
Esta leyenda sigue siendo uno de los temas fundamentales del Carnaval Histórico de Pont-Saint-Martin, que termina precisamente con la hoguera del diablo bajo el puente romano.
Compré bastantes cosas para la noche y para el desayuno del día siguiente porque hoy iba a acampar libremente. Lo malo era que, pensando que eran solo dos kilómetros, decidí no poner nada en la mochila sino tenerlo todo encima. Hasta tenía cosas en los dos brazos, en cada bolsillo, y hasta tenía una bolsa de galletas en la boca, entre los dientes, para que no se me cayera. Así subí los últimos dos kilómetros, una pequeña colina hasta llegar a una iglesia.

Ahí había un pequeño campo verdecito que era precioso para poner la tienda de campaña e incluso tenían una mesita. Llegué dispuesto para descansar. Primero me puse a almorzar porque eran como las dos de la tarde, me puse a almorzar tranquilo. La iglesia estaba cerrada, así que lo único bueno que tenía eran las vistas.
Al poco tiempo empezó a llover, se venía una tormenta bastante fuerte, pero por suerte no duró mucho, pasó relativamente rápido, unos 20 minutos. Me refugié abajo de un árbol, puse la mochila abajo de la mesita y no pasó nada.
Después de eso no quería poner la tienda todavía porque era al lado del camino y podía pasar gente, aunque no pasó prácticamente nadie, solo tres o cuatro personas. Alrededor de las siete de la tarde, como no tenía mucha agua, dejé la mochila ahí en el campo y me caminé unos 10 minutos más o menos hasta el siguiente pueblo donde había una fuente de agua. Ahí recargué la botella y me volví para ya poner la tienda, a elegir un lugar bien que no haya mucho viento. Como era una colina había bastante viento, puse la tienda alrededor de las 7:30 de la tarde, cené tranquilo y ya estaba preparado y listo para dormir con unas hermosas vistas del Valle de Aosta.
Día 54: El Ferragosto y la entrada al Piamonte
Pont-Saint-Martin – Cavaglia (Cavagliado) | 17 km
Me desperté a las 6:30 en la cima de la pequeña colina donde había dormido al lado de la iglesia, con unas bonitas vistas del Valle de Aosta.
Desayuné, desarmé toda la tienda, desayuné algo y empecé a caminar. Al principio era una bajada bonita entre todos viñedos en el lado de la montaña, y del otro lado, a la derecha, estaba todo el Valle de Aosta. Pasé así caminando un par de kilómetros, todo entre pueblitos y viñedos.
Hoy hacía bastante viento, así que tanto la bandera de Argentina que tengo atrás como el cartel que llevo diciendo mis redes sociales y que estoy caminando 2.000 kilómetros, se volaban todo el tiempo y me molestaban un montón. Pero eso solo pasó este día, por suerte.
Hoy era 15 de agosto, Ferragosto, que en Italia se festeja como la mitad de las vacaciones de agosto, un feriado importante. La mayoría de los lugares están cerrados, así que no sabía si iba a encontrar cosas abiertas en el camino. Tenía la expectativa de que al final del camino, donde me iba a quedar, hubiera un supermercado cerca y que estuviera abierto.

Lo más importante del día de hoy es que se dejaba atrás la región del Valle de Aosta. El último pueblo fue Pont-Saint-Martin; después de ahí ya comenzaba Piamonte, ya no el Valle de Aosta. Por lo tanto, si bien estaban las montañas o las colinitas de un lado al otro, poco a poco ya se iban dejando atrás y lo que se empezaba a ver eran más pequeñas colinas con viñedos, no tanto roca y bosque.
Algo que me sorprendió mucho de pasar de la región del Valle de Aosta a Piamonte es que en Piamonte estaba bastante bien señalizado. Tenía incluso tres señalizaciones diferentes: una en un cartel muy grande donde dice Vía Francígena indicando dónde tenés que seguir, otro el normal que estaba en casi todos lados, el rojo y blanco que es el GR-145 (el Gran Recorrido) también marcando por dónde ir, y hay otro más que es el muchachito de la Vía Francígena con la mochilita de blanco indicando también con una flecha. Así que Piamonte en particular tenía tres tipos de señalizaciones diferentes.
Habiendo hecho unos 12 kilómetros más o menos, llegué a un pueblo donde tenían una piscina y un bar abierto, por suerte, porque como dije antes era Ferragosto. No entré a la piscina porque había que pagar cinco euros para la entrada, pero sí me quedé afuera. Tenían un patio, una terracita con mesas en la sombra, y me pedí una cerveza para recargar energías, descansar y comer un par de cositas que había comprado el día anterior.

Una vez después de descansar, tomar la cervecita y reponer energías, continué el camino. Faltaban unos 5 kilómetros y lo que esperaba era más que nada campo en esa parte, algún que otro bosquecito. Me hizo acordar un poco a Francia, a lo que era todo campo, campo, campo casi todos los días.
Llegué al pueblo donde me iba a quedar y había un Carrefour cerca, así que fui directamente ahí. Era la una y media de la tarde y el Carrefour, en teoría, abriría a las 3:30 de la tarde, así que me quedé dos horas esperando en la puerta a ver si abría.
Como era Ferragosto, algo que yo me esperaba de alguna manera, el Carrefour al final no terminó abriendo. Me quedé hasta las 3:30 y no apareció nadie, no vino nadie. Entonces decidí arrancar a caminar para donde me iba a quedar, que era un lago. Afortunadamente estaba nada más que a 15 minutos, así que no había ninguna preocupación, y a tan solo 5 minutos de donde me iba a quedar había una fuente que esperaba que funcionara. No sabía con seguridad, pero ahí estaba yendo.
Lo primero que hice fue llegar a la fuente, que estaba más cerca, y por suerte funcionaba, era agua potable perfectamente, así que tomé bastante porque no había tomado mucho desde que había salido. Después continué hasta el Lago Pistono, que era donde me iba a quedar.

El Lago Pistono es un pequeño lago natural en la región del Canavese, en el Piamonte, rodeado de vegetación y con una pequeña playa que lo convierte en un lugar perfecto para un descanso . Esta zona de lagos menores forma parte de un sistema de anfiteatros morénicos glaciales que caracterizan el paisaje del Canavese, creando pequeños oasis de agua entre montañas.
Había una playita chiquitita donde estaba bastante gente, así que aproveché, me senté ahí y me tiré al lago un par de veces. Me quedé ahí toda la tarde esperando que poco a poco la gente se fuera yendo para finalmente poder poner la tienda. Me quedó todo el lago prácticamente para mí solo a las 8 de la noche.

No la puse exactamente en la playa del lago porque no estaba perfectamente plano y no quería dormir medio inclinado. Encontré un lugarcito entre el bosquecito y el sendero que tenía para llegar a la playa del Lago Pistono, y ahí puse la tienda, medio apartado y escondido.
A las 8 de la noche ya la puse ahí, cené y ya me quedé ahí tranquilo. Lo que sí me sorprendió es que a la media hora más o menos de poner la tienda, cuando se oscureció, empecé a sentir ruidos de animales. De repente me doy cuenta de que se vienen como siete u ocho jabalíes cerca de la tienda buscando comida. Por suerte no olieron que tenía comida dentro de la tienda, no olieron nada y siguieron su camino. Fue un poco inquietante, pero al final no pasó nada.
Día 55: La ruta de los lagos
Lago Pistono – Ivrea (variante por lagos) – Santhià | 22 km
Me desperté a las seis de la mañana, en el Lago Pistono con una vista espectacular. Como no había puesto el cubre techo para la lluvia, básicamente me desperté con el amanecer, muy bonito, en frente al lago. Justo ahí me di cuenta, cuando fui al lago para desayunar, que tenía otros compañeros: otra gente que había puesto la tienda a mitad de la noche. Yo ni me había enterado y estaban prácticamente en la playa, al frente del lago.
Estaban durmiendo ellos, así que hice el menor ruido posible, pero metí los pies en el lago, desayuné y ahí estuve un ratito. Después desmonté la tienda para, alrededor de las 7 de la mañana, empezar a caminar.
En teoría, la Vía Francígena oficial debería entrar a Ivrea, una ciudad importante, que Ivrea es el final de la etapa oficial, caminar por ahí y después salir de Ivrea para encontrarme con un lago. Yo lo que hice fue tomar una variante que no es oficial pero sí hay senderos y es caminar entre distintos lagos, un poquito de carretera, pero más que nada todo senderos para no entrar y salir de la ciudad y estar un poquito más en la naturaleza entre lagos.

Ivrea es una ciudad histórica situada a los pies de los Alpes que fue capital del marquesado de Ivrea en la Edad Media. En el siglo XX se convirtió en un importante centro industrial gracias a Olivetti, la famosa empresa de máquinas de escribir y computadoras. En 2018, «Ivrea, ciudad industrial del siglo XX» fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO como ejemplo excepcional de ciudad industrial moderna que integró industria, arquitectura y servicios sociales.
El desvío este fue más o menos de una hora. A la hora ya estaba nuevamente en lo que era la Vía Francígena oficial, pasando por el tercer lago. El primero era el Lago Pistono, el segundo el Lago Sirio, y el tercero el Lago di Campagna, en donde ahí me encontré de nuevo con la Vía Francígena oficial y seguí el camino oficial.
Todo por la primera hora de lo que fue el sendero, era casi todo sendero de tierra entre los lagos. Ya había hecho unas dos horas, casi siempre a las dos horas hago una primera parada. Justo había un banquito, me senté ahí con la fuente del banquito, piqué algo, tomé agua y descansé los pies.

Ahora sí se dejaba el Valle de Aosta totalmente atrás. Las montañas casi no se veían, casi ni se veían al fondo, y pasaba a caminar después del pueblo un poquito más por carretera. Eso es lo único malo de lo que iba a ser este día: que la primera parte era todo sendero y la segunda parte todo carretera.
En el camino me encontré con algunas paradas hechas para peregrinos, hechas por ciudadanos de los mismos pueblos que habían puesto algunas paraditas para peregrinos con algunos banquitos y cosas muy básicas, pero que se agradecían un montón.
Así fui caminando por la carretera unos cuantos kilómetros más. Hice en un momento una subida un poco importante que estaba bastante cansado, y justo después de la subida llegué a un pueblo. En ese pueblo paré a comprar algo en el supermercado y me paré en la plaza para comer.

Un hombre me ve y me da una mini pizza para comer. Me preguntó si estaba caminando, le digo que sí, que desde Canterbury en Inglaterra. Ahí estuve un rato descansando, media hora más o menos, comiendo y reponiendo fuerzas porque estaba haciendo bastante calor. Después tomé agua y me mojé la cabeza y el gorro para seguir con el agua mojada lo que quedaba del camino.
Una vez hecha la parada, repuesto fuerzas y tomado agua, empecé a seguir caminando. Más que nada ahora entre viñedos, bastante bonito, y al fondo se veía el Lago de Viverone, el lago número 4 que iba a pasar hoy. Así seguí caminando para entrar a Viverone, que era en teoría el fin de la etapa de hoy, pero yo iba a seguir un poco más.
IATI SEGUROSLo que quedaba de camino era un poco en combinación entre sendero de tierra y carretera, más que nada carretera, pero algún que otro sendero de tierra. Eran unos 7 kilómetros más después de Viverone. En total, en todo el día fueron unos 30 kilómetros para llegar al pueblo de Cavaglià.
Una vez llegué al pueblo de Cavaglià, me habían dicho que tenía que ir a buscar las llaves a un café. Fui al café directamente, rellené unos papelitos y me dieron la llave. Ahí fui al albergue de Cavaglià, que estaba súper bien: era una habitación con siete camas, un baño, muy sencillo, con un microondas. En ese momento era el único, y después me iba a dar cuenta que iba a ser el único que se iba a hospedar en Cavaglià, por lo menos en el albergue.

Una vez me duché y me puse más cómodo, fui a dar una vuelta y al supermercado. Lo que me di cuenta es que Cavaglià estaba bastante preparado para lo que es la recepción y acogida de peregrinos. Tenían un punto de información con bastante información para los peregrinos, un sello y bastantes cositas pequeñas hechas para peregrinos dentro de todo el pueblo. No solo en el punto de información.
Cavaglià es un pequeño municipio en la provincia de Biella, en el Piamonte, que ha sabido abrazar la tradición de la Vía Francígena. El pueblo ha invertido en infraestructura para peregrinos, creando puntos de información, albergues accesibles y promoviendo una cultura de hospitalidad hacia quienes recorren este camino . Es un ejemplo de cómo pequeñas comunidades italianas mantienen viva la tradición peregrina.
También fui a la catedral que era grande y muy bonita, una de las que más me sorprendió en todo el camino. Ese día era festivo en este pueblo, así que a la noche se escuchaba que había música, pero yo estaba tan cansado que no tenía ganas de ir.
Día 56: El experimento de las fuentes
Cavaglià – Santhià | 10 km
El día de hoy me desperté sin ningún apuro, alrededor de las 8 de la mañana. Tenía que dejar el albergue a las 10 de la mañana según lo que decía un cartelito. Preparé las cosas y alrededor de las 9:00 de la mañana me fui a desayunar al café donde fui a devolver la llave que me habían dado.
Estaba tranquilo porque hoy el plan era hacer nada más que 10 kilómetros. 10 kilómetros son unas dos horas, dos horas y media más o menos, así que no tenía ningún apuro por salir temprano por el sol, la lluvia, tormenta o lo que sea. Ni tenía tantos kilómetros que hacer. Me fui al café, desayuné, me pedí un capuchino. Conocí a dos peregrinos más de Estados Unidos y luego del café empecé a caminar.
El día de hoy quería ver más que nada cuántas fuentes iba a ver en todo el trayecto. Como era un día corto, decidí hacer como una especie de experimento o prueba a ver cuántas fuentes me iba a encontrar en todo el camino, así que las iba a contar todas.

Por otra sorpresa, el trayecto era más o menos una combinación entre camino y carretera, más que nada camino esta vez, por suerte. Ya empezaba poco a poco a ver lo que eran los arrozales de lo que iba a ser la llanura padana.
El Piamonte, y particularmente la zona entre Vercelli y Novara, es conocido como la «capital europea del arroz«. Desde el siglo XV se cultiva arroz en estas tierras, aprovechando la abundancia de agua de los ríos alpinos y las características del suelo. Los arrozales crean un paisaje único, especialmente en primavera cuando están inundados y reflejan el cielo como enormes espejos. Italia produce más del 50% del arroz europeo, y la variedad Carnaroli, perfecta para el risotto, es una de las joyas gastronómicas de la región.
Lo que me sorprendió bastante es que ya empezaba a ver bastantes peregrinos caminando. Poco a poco veía peregrinos no solo caminando para el lado que iba yo de la Vía Francígena, sino caminando por el otro lado. Me encontraba más, de hecho, bastantes más.

Lo que hacían no era la Vía Francígena, que iban en contra mío. Cuando me di cuenta de que eran tantos empecé a buscar y me di cuenta de que era el Camino de Oropa, que es un camino relativamente corto de unos cinco o seis días que tiene varias variantes. Este era uno que iba de Santhia a Oropa, o al revés. Como es un trayecto corto, no tan complicado, lo hace bastante gente de Italia, así que por eso me encontraba bastante gente.
En el camino de hoy pasé por campos de todo tipo: de trigo, de choclo, de girasoles. La mayoría del trayecto venía siendo por campo de tierra con poca, muy poca sombra, pero por lo menos no había carretera. Y muy pocos lugares para descanso y cosas que me sorprendió: pocos lugares para fuentes.
Ya venía caminando una hora y media, dos horas casi, y no había encontrado nada de fuente. En el momento en que llegamos a Santhià es donde encuentro la primera y única fuente de todo el camino del día de hoy. Eran unos 10 kilómetros y había pasado por un pueblo en el medio, pero no tenía nada de fuentes. Así que en ese momento aproveché a tomar agua y a marcarla como la única fuente de todo el trayecto de hoy.

Santhià es una ciudad del Piamonte con una larga historia vinculada a los caminos. Ya en época romana era un importante nudo de comunicaciones en la Via Romea, la antigua vía consular romana. En la Edad Media se convirtió en un punto crucial de la Vía Francígena. El centro histórico conserva palacios nobles, iglesias antiguas y la característica estructura urbanística medieval con sus soportales.
Cuando llegué al pueblo, era bastante temprano, eran las 12 del mediodía. Llamé al responsable del albergue y me dijo que en ese momento estaba comiendo, así que si podía esperar hasta la 1:30. Le dije que no había problema. Aproveché ir al supermercado, compré algunas cosas para comer, y a la 1:30 volví al albergue para hacer el check-in.

Llegué, me atendieron súper bien y me llevaron al lugar donde me iba a quedar: una habitación con los dos estadounidenses y después llegó una chica francesa. Me puse cómodo y después fui a visitar un poquito el pueblo. También aproveché a lavar la ropa. Como hacía tanto calor el día de hoy, aproveché a lavar la camiseta, el calzón y los calcetines. Estaba todo marrón, marrón.
Como dije, aproveché a visitar un poquito el pueblo. Como era agosto y hoy era domingo, estaba la mayoría de las cosas cerradas, no había muchas cosas abiertas. Básicamente lo que hice fue caminar un poquito, entrar a la iglesia y ya volver para descansar.
Reflexiones de la Semana 8

Esta octava semana marcó un punto de inflexión importante en mi Vía Francígena. No solo geográficamente, al dejar atrás las majestuosas montañas del Valle de Aosta para adentrarme en las suaves colinas del Piamonte, sino también emocionalmente.
Despedirme de Gioia, Johnny y los demás en Aosta fue más difícil de lo que imaginaba. Cuando empezás un camino así, pensás que vas a caminar solo, que vas a estar en tu mundo, procesando tus cosas. Pero la verdad es que los compañeros de camino se vuelven familia. Compartís no solo kilómetros y ampollas, sino también silencios, risas, y esas conversaciones profundas que solo surgen cuando estás cansado y sin defensas.
No saber si los iba a volver a ver me hizo reflexionar sobre la naturaleza efímera de estas conexiones. En el camino, las relaciones son intensas pero breves. Aprendés a apreciar cada momento sin aferrarte demasiado, sabiendo que cada quien tiene su propio ritmo y su propio destino.
Dejar atrás las montañas también fue simbólico. Durante días había estado subiendo y bajando, luchando contra la altura, el frío, el viento. Las montañas te exigen, te ponen a prueba físicamente. Pero cuando empezás a bajar hacia el Piamonte, cuando las montañas quedan atrás y empezás a caminar entre viñedos y campos, todo se vuelve más suave, más contemplativo.
Los arrozales que empezaban a aparecer me anunciaban que me acercaba a la llanura padana. El camino se estaba volviendo más fácil físicamente, pero eso me daba más espacio mental para procesar todo lo vivido. A veces el desafío no está en la montaña que tenés que subir, sino en el tiempo que tenés para pensar mientras caminás por terreno plano.
Tomarme una semana de descanso para visitar a mi novia en Vasto fue crucial. Después de 50 días caminando, el cuerpo necesitaba parar. Pero más que el cuerpo, creo que la mente necesitaba ese respiro. Volver a la «normalidad» por unos días, comer bien, dormir en una cama cómoda, no tener que pensar en kilómetros ni en dónde dormir.
Cuando volví al camino en Verrès, los primeros días fueron duros. El cuerpo se había acostumbrado al descanso y había que re-acostumbrarlo a caminar. Pero también me di cuenta de algo: extrañaba el camino. Extrañaba esa libertad, esa simplicidad de tener todo lo que necesitás en la mochila, de que tu único objetivo del día sea llegar de un punto A a un punto B.
Empezar a cruzarme con peregrinos del Camino de Oropa me hizo reflexionar sobre las diferencias entre caminos. La Vía Francígena es mucho menos conocida que el Camino de Santiago, mucho menos transitada. A veces pasás días sin ver otros peregrinos. Pero eso tiene su encanto: es más solitario, más introspectivo, más salvaje en ciertos tramos.
Ya no quedan montañas importantes. Ahora será la llanura, los arrozales, los pueblos más seguidos. El camino se vuelve menos dramático pero no menos significativo. Mañana seguiré caminando. Un pie delante del otro. Como siempre. Como todos los días de estas ocho semanas. Y los que vengan.

