Mi experiencia en la Vía Francígena – Semana 6: Cruzando a Suiza y el Lago Lemán

Prólogo: Entrada al 3° país – Suiza

Después de 35 días caminando desde Canterbury, llegaba a uno de los tramos que más había escuchado nombrar: el cruce del Jura francés hacia Suiza. Lo que no sabía es que esta semana iba a ser una montaña rusa literal y emocional. Montañas de más de 900 metros, bosques interminables, la Vía Romana de hace 2000 años, un canguro en medio de Suiza (sí, leíste bien), y la llegada de mi novia para caminar juntos. Del esfuerzo solitario pasé a compartir el camino, del camping salvaje al confort de un B&B, de Francia a Suiza, de los bosques al Lago Lemán.

Día 36: La montaña rusa del Jura

600 metros de subida en uno de los días más bonitos

Hoy ya había visto el día anterior que iba a ser un día bastante duro, más que nada porque había una subida de unos 600 metros en 10 kilómetros – es decir, de 300 metros sobre el nivel del mar pasábamos a 900 metros. Así que quería descansar bien. Me desperté a eso de las 6:30 de la mañana, como siempre en la rutina ya habitual, desarmé las cosas, la tienda. Esta noche había llovido bastante, así que estaba todo bastante mojado, pero desarmé todo, desayuné algo, y a eso de las 7:30 empecé a caminar.

Venía todo perfecto, caminando como unos 5 minutos con Mira, la alemana que había conocido el día anterior, cuando de repente me doy cuenta de que había dejado el power bank conectado cargándose en el camping. Entonces tuve que volver a agarrar el power bank y caminar de nuevo en el camino. Por suerte habían sido solo unos 5 minutos.

El día comenzó continuando caminando por al lado del río unos 3 kilómetros hasta llegar al siguiente pueblo, cuando de repente veo que había un cartel de señalización que ponía «desvío» – que en la GR-145, que es la Vía Francígena, debía seguir 100% las señales que son la roja y blanca, la banderita o la señal de la GR-145, porque era un tanto peligroso.

Al poco tiempo de esto hay una primera desviación a unas catarataseran chiquititas pero había que escalar un poquito, era bastante resbaladizo y había que subir un poco – pero eran muy bonitas. Luego de ver las pequeñas cataratas, seguí caminando y me encontré de nuevo con Mira, que había ido al supermercado del pueblo, y seguimos caminando juntos. Era todo por la carretera hasta que de repente había una planta hidroeléctrica, y justo en ese momento es donde se empezaba a hacer el camino ya más peligroso y más arriba-abajo, sube y baja, y bastante resbaloso.

Justo antes de continuar el camino, en ese mismo momento donde ponía que era peligroso, para el costado había una cueva que tenía una catarata – que era una desviación de nada más unos 300 metros. En ese momento yo decidí hacer esa desviación y Mira siguió caminando. Dejé la mochila – había unos asientos – para hacerlo tranquilo. Fui para hacer ese caminito de 300 metros, no era mucho, río abajo, pero estaba bastante resbaloso todo, y de repente en un momento se ve la cueva con una catarata espectacular la verdad – totalmente valió la pena.

Habiendo hecho esa «misión secundaria» de la cueva con la catarata, volví a donde tenía la mochila, me la puse de nuevo y empecé a caminar el camino “normal”, y ahí empezaba lo que iba a ser uno de los días más difíciles y más bonitos del camino hasta el momento. ¿Por qué? Porque era todo a través de bosque, literalmente en el medio del bosque, camino de arriba-abajo, arriba-abajo, piedra bastante resbalosa, pero la naturaleza pura, pasando todo por el lado del río, muy bonito la verdad.

Era un poco difícil, más que nada porque no parabas de subir y bajar, pero principalmente subir. En ese momento pasé desde los 300 metros hasta los 500 metros. Fue todo el recorrido – unos 4 kilómetros – bastante cansador. En un momento incluso se veía una catarata enorme.

Después de esos 4 kilómetros pasando básicamente por el bosque, se empezó a aplanar un poquito hasta llegar a un lugar bastante turístico que era la Source de la Loue. Un lugar donde se podían apreciar pinturas, había un museo que tenía un video de un pintor – aparentemente, no entendí muy bien la verdad – había también una catarata, y una zona de descanso.

Así que aproveché ahí, con toda esa subida que fue bastante difícil, para descansar, comer un poco, descansar los pies, descansar el cuerpo, una media hora, para después volver a seguir porque todavía me esperaban otros 400 metros de subida.

Si bien había un poquito de plano por ese momento, después seguía subiendo, subiendo, subiendo, desde los 500 metros hasta los 900 metros – otros 5 kilómetros subiendo, inclinaciones desde 12% hasta 15%, lo cual es un montón.

Lo bonito era que si mirabas para atrás se empezaba a ver todo lo que era el campo, los pueblos y las montañas ya desde un punto más arriba. Después se metía en bosque y no podía ver para atrás, y ahí ya llegué a los 900 metros sobre el nivel del mar.

Luego del pequeño bosque que era arriba de todo, a los 900 metros sobre el nivel del mar, me quedaban todavía unos 10 kilómetros hasta llegar a la ciudad que iba a quedarme: Pontarlier.

Pontarlier es una ciudad clave en la Vía Francígena. Es la puerta de entrada al Cluse de Pontarlier, un paso de montaña utilizado ya en tiempos prerromanos y que desde época medieval era vigilado por el Fort de Joux. La familia Joux fue una saga de señores feudales que se enriquecieron con el cobro de peaje a los que utilizaban dicho paso.

Inicialmente era muy bonito porque era todo de nuevo verde, prado, pero por allá arriba en la colina. Ya después, en los últimos 5 kilómetros, era todo más carretera porque ya se iba entrando en la ciudad. Lo bueno era que unos 3 kilómetros antes había un Decathlon, entonces aproveché a ir a comprarme unas gafas de sol que se me habían perdido, y a comprar también una toalla un poco más chica porque la toalla que tenía ya estaba con olor bastante feo. Entonces compré eso y después seguí haciendo los últimos media hora para llegar a la ciudad de Pontarlier.

Una vez llegué a la ciudad, mi idea era acampar libremente, pero la verdad que no encontré nada. Entonces fui a preguntar – primero fui a ver a la iglesia a ver si había alguien o algo con quién podía hablar, o incluso también poner el sello, pero no había nadie. Después fui a la oficina de turismo a preguntar dónde me podía quedar para acampar o para quedarme como peregrino.

Tampoco me dijeron mucho – me dijeron que había un lugar para peregrinos que estaba justo en el centro que salía 30 euros la noche, o sino un camping por afuera de la ciudad que tenía que caminar unos 25 minutos que salía 10 euros. En ese momento la verdad no sabía qué hacer. Lo único que hice fue poner el sello de la oficina de turismo y caminar para pensar un poco.

Fui al lugar donde me habían dicho que era el albergue para peregrinos, me senté ahí porque a las 5 de la tarde abrían – en ese momento eran las 4:30 – y mientras no sabía qué hacer, empecé a pensar que estaba muy cansado, que la verdad no quería caminar 25 minutos más hasta el camping, y quería aprovechar y dormir bien porque el día siguiente también iba a ser complicado.

Entonces decidí entrar a ese albergue – pagar los 30 euros y descansar como corresponde. Una vez tome la decisión, fui directo a la habitación, me acomodé, me duché, fui a comprar al supermercado un par de cositas, un vinito incluso para cenar.

Conocí un par de franceses que estaban ahí quedándose y tuvimos una charla bonita durante la noche cenando. Después me terminé toda la botella de vino y me fui a dormir.

Día 37: Adiós Francia, hola Suiza

El cruce histórico de la frontera

El día comenzó temprano, a eso de las 7:30 me desperté porque a las 8 abrían el desayuno en el albergue donde me había quedado. Era bastante completo: había café, zumo de naranja, croissants, pan tostado, manteca, mermelada, cereales. Así que perfecto, no solo para arrancar el día sino para cubrir lo que había sido el gasto de 30 euros la noche.

Desayuné y compartí con otros dos franceses que había conocido el día de ayer en el albergue – súper bien, charlando unos 20 minutos – hasta que decidí arrancar el viaje. Volví a la habitación a guardar todas las cosas, y a las 9 de la mañana arranqué a caminar. Me esperaba uno de los franceses para despedirme en mi viaje.

Así que a las 9 de la mañana arranqué. Primero era obviamente salir de la ciudad, unos 15 minutos, y después ya empezaba lo que iba a ser el día por el camino.

Al salir de la ciudad ya se empezaba a subir por un bosquecito, una pequeña colina donde había un muy bonito mirador, y después, subiendo un poco más, había un castillo: el Château de Malher. Se le podía dar la vuelta para tener otro mirador donde se veía otro castillo, el castillo de Joux. Mientras entre los dos castillos tenían una historia importante. Entre los 2 castillos esta el pasaje de la Cluse, el cual era un camino muy transitado antiguamente, por tropas militares, comerciantes y peregrinos. Por lo tanto estos 2 castillos actuaban como una fortaleza militar para este pasaje y recaudaban impuestos para poder realizar el paso

Una vez pasado por los dos castillos, el mirador, se volvió a bajar de lo que es la colita hasta llegar a un pueblo: Les Fourgs. En ese pueblo se dividía el camino entre lo que era la GR-145 oficial de ahora, la Vía Francígena, y lo que era el camino antiguo de la Vía Francígena.

La GR-145 oficial te llevaba directamente para Suiza, para el pueblo de Sainte-Croix, y la histórica antigua va a otro pueblo de Francia todavía que se llama Jougne. Yo decidí tomar la histórica porque, por lo que había leído y visto – aunque no había mucha información – era más bonita.

Así que una vez tomé la bifurcación en ese pueblo para lo que era la vía histórica, empecé a meterme de nuevo en un bosquecito, en lo que era otra subida a otra colina, para poquito a poco meterme en el camino antiguo, más senderos, caminos y verde.

Después de subir la pequeña colina – que ya era todo lo que iba a subir en ese día – me encontré nuevamente con Mira, la alemana, pero esta vez con su amiga: Johana. Empezamos a caminar juntos los tres hasta que llegamos a un pueblo y había un parque muy bonito la verdad. Entonces decidimos parar a descansar un poco. Nos sacamos las zapatillas, los calcetines, descansamos, comimos algo, repusimos fuerzas para volver a caminar. Ellas todavía no tenían decidido dónde quedarse.

Pasado el descanso, volvimos a caminar, y a eso de los 15 minutos me dijeron que habían decidido ir a un camping que se tenían que desviar unos 10 minutos caminando quizás. Entonces ahí decidimos separar caminos porque yo iba a seguir un poco más hasta el pueblo de Jougne. El camping donde ellas se quedaban era un pueblo atrás, que eran unos 3 kilómetros más o menos, pero yo iba a seguir al pueblo de Jougne y un poquito más para quedarme muy cerca de la frontera con Suiza.

Pasados unos 23 kilómetros llegué a Jougne, el último pueblo teórico del fin de la etapa de hoy. Solo que decidí seguir un poco más y adelantar un poco más para el día siguiente, porque en Jougne no se podía acampar libremente. Entonces aproveché a ir al supermercado, compré cosas para el día de hoy, para la cena, y un poco para el día de mañana – porque incluso ya iba a estar en Suiza, entonces sabía que todo iba a ser más caro – así que compré bastante.

Y con todo totalmente cargado me fui a caminar unos 2 kilómetros más, pasando Jougne, a donde había un campo de fútbol donde decidí que se podía acampar libremente, a tan solo 500 metros de la frontera con Suiza.

Llegué ahí, dejé todo, y vi que podía quedarme sin ningún problema. Inicialmente había un pequeño lugar de vestuario con baños – vi para quedarme atrás, pero vi que había como un carro que lo usan en el campo – entonces me imaginaba que por la mañana lo iban a venir a buscar. Por lo tanto, decidí quedarme debajo de donde estaban los vestuarios, que tenía un techito con cemento, y puse la tienda ahí. Se veía desde la carretera, pero a nadie le importaba la verdad.

Y así llegó mi última noche en Francia.

Día 38: Primer día en tierra helvética

El canguro sorpresa y la llegada de mi novia

Como ya había pensado el día anterior, a eso de las 6:30 de la mañana escucho un coche que avanza para llegar a buscar el carro que estaba atrás del inmueble, del lugarcito detrás de donde estaban los vestuarios. Lo cual confirmó que fue súper buena decisión de poner la tienda debajo del techito y no ahí atrás.

A eso de las 7 de la mañana comencé a desarmar todo, hice un desayuno muy tranquilo también, y a eso de las 7:30 comencé a caminar. En ese momento me quedaban solo 2 kilómetros para cambiar de país, de Francia a Suiza. El día de ayer había sido mi último día en Francia, mi última noche en Francia, y solo me esperaban 2 kilómetros para cambiar de país.

Pasados unos 15 minutos aproximadamente ya había llegado a lo que era el último pueblo de Francia: Les Échampés. Y ahí estaba la frontera con Suiza. Vi una pequeña valla, pero no había ni aduana ni absolutamente nadaera simplemente el camino abierto, unas pequeñas vallas y nada más. Así que tomé mi tiempo para despedirme de Francia y para pasar a Suiza.

Una vez pasé a Suiza, no tenía o no estaba nada diferente en cuanto a lo que era el camino la verdad – estaba apenas a metros de lo que era Francia – pero a medida que avanzaba sí poquito a poco se empezaba a notar diferencias.

Lo primero que noté fue la diferencia en lo que es la señalización. Ya no correspondía más la GR-145 sino que ahora en Suiza el nombre que le dan a la Vía Francígena es la número 70. Desconozco por qué el cambio de numeración, pero en Francia es la GR-145 y en Suiza es la número 70.

No solo eso, sino que también un cambio en la señalización de colores. En Francia era rojo y blanco – blanco arriba, rojo abajo – lo que indica un gran recorrido normalmente en Europa. Y en Suiza está marcado con flechas amarillas o un rombito amarillo donde tenés que seguir el camino.

Los primeros kilómetros eran más que nada por carretera para meterme un poquito a poco en lo que iba a ser el sendero y el camino. Fueron unos 4 kilómetros por carretera hasta llegar a lo que era el río que bordeaba todo, que se iba a ir caminando todo hasta llegar al primer pueblo: Orbe.

Así que no fue muy bonita, lo bueno es que fueron solo 4 kilómetros, y una vez llegué al río ya empezaba a ser más bonito porque era bosquecito, tenías el río de un lado, y un sendero de tierra que ya incluso no era plano, pero sí tenía sus subidas y bajaditas muy chiquititas.

Lo que sí había antes de llegar al río era un camino antiguo en lo que se llamaba la vía romana, que serían unos 1.000 metros más o menos donde se ve perfectamente las rocas y las piedras de lo que era la antigua vía romana. Era un camino antiguo que en el año 50 después de Cristo se creó – que era para que inicialmente las tropas, el ejército tanto germánico, románico o franco, pasaran.

Y la verdad que, teniendo en cuenta que es un camino de más de 2,000 años, el camino se mantenía bastante bien. Inicialmente era para las tropas que pasaran de un lado al otro, y luego fue más utilizado para los peregrinos que iban a ir de Canterbury a Roma o de Roma a Canterbury, como lo hizo Sigérico inicialmente en el año 990 después de Cristo.

Pasando por el río, había bastantes lugares donde se podía bañarse – incluso estaba prohibido según lo que se decía porque hay una fuente de una hidroeléctrica por ahí, que puede subir el nivel del agua – pero la verdad que se veía bastante bien, y por lo menos mojar los pies un poquito o incluso bañarte rápido se podía sin ningún problema.

Yo decidí en algún momento hacer una paradita al lado del río, mojé los pies, comí algo, descansé, y luego seguir caminando. Al poco rato ya quedaba poco pero decidí parar… mejor dicho, empezó a llover. Así que tuve que buscar refugio en uno de los carteles que había del mapa de lo que era el sendero – lo suficiente para taparme de la pequeña lluvia.

Después que paró un poquito la lluvia, me puse la chaqueta, el cobertor para la mochila, y empecé a caminar de nuevo. Al poco rato dejó de llover – fueron como unos 15 minutos nada más. De hecho, empezó a salir el sol nuevamente poquito a poco.

Luego pasó lo que más me sorprendió creo de momento del viaje y de Suiza: me encuentro en un terreno un poquito cercado, chico más o menos, y de repente veo un CANGURO – uno solo, no había otra pareja o lo que sea o hijos, sino que un canguro solo estaba quieto, tranquilo, pero bastante cerca, como a unos 15 metros más o menos. Lo cual no entiendo si es legal o ilegal o cómo puede ser.

Después de ver el canguro pasamos unos metros más, y de repente vemos una alpaca, lo cual también me sorprende bastante, pero no lo mismo que me sorprendió ver un canguro, que hasta donde yo sabía únicamente están en Australia. Pero bueno, seguimos caminando y ya quedaba 2 kilómetros más.

Al llegar a Orbe me contacto con la persona donde me iba a hospedar, que estaba justo en el centro. Orbe es una ciudad bonita, chiquitita.

Ahí me recibe, me muestran la habitación, todo ya para que me pueda acomodar tranquilamente. Si bien era un poco caro – salió 98 francos una noche – el motivo era porque hoy se iba a sumar mi novia, que iba a caminar conmigo unos 5 días. Entonces este día queríamos aprovechar y estar un poquito más relajados para estar juntos.

El lugar también tenía unas vistas muy bonitas de las montañas, de todo el verde de Suiza. Una vez me recibieron acomodé las cosas y fui a buscar a ver si había alguna SIM – al final preferí no comprar nada,  porque era un poco caro acá en Suiza por la cantidad de días que iba a estar – y averiguar un poquito el tema del pasaporte de peregrino para mi novia, que al final lamentablemente no lo pude conseguir.

A las 11 de la noche llega mi novia. Nos pusimos al día, y ya después descansamos para que al día siguiente empecemos a caminar.

Día 39: Primeros pasos juntos por Suiza

27 kilómetros compartidos

Hoy era el primer día caminando con mi novia, lo cual iba a hacer un cambio distinto. Me lo tomaría más como unas vacaciones y disfrutar más con mi novia.

Nos despertamos a eso de las 7:30 porque a las 8 de la mañana ya teníamos previsto y hablado con el dueño para tener el desayuno. Fuimos a la cocina, nos dieron un desayuno completo con zumo de naranja, café con leche, tostadas, queso – incluso nos dejaron probar un queso de ellos particular, de monjes – y hasta nos dieron un par de rodajas de pan para llevarnos para el camino. Hablamos con el dueño, me puso el sello en el pasaporte de peregrinos, y la verdad que fue bastante bonito intercambio y conversacion.

Luego del desayuno, de preparar todo, estábamos listos para arrancar a caminar. A eso de las 9 de la mañana ya estábamos caminando. Primero era salir de Orbe para volver a lo que era el camino oficial por donde me metí el día de ayer – porque retomaba el mismo camino por unos 2 kilómetros más o menos hasta meterse en el bosque al lado del río – y una vez ahí era cambiar, en vez de ir para la derecha que era donde había venido el día de ayer, sino caminar para la izquierda, para lo que era el sur, para empezar a ir para el Lago Lemán.

El día de hoy nos esperaban unos 27 kilómetros más o menos, con alguna subidita.

Arrancamos a caminar. Primero lo que era un poquito de bosque bastante bonito al lado del río, después ya dejamos el río, y empezamos a lo que era bosque, algún que otro campo de girasoles súper bonito, hasta llegar a la ciudad de Romainmôtier.

Ahí tenían una abadía bastante antigua, bonita, que pudimos ver y entrar incluso, y ahí tomamos el primer descanso. Habían sido unos 10 kilómetros más o menos. En frente de la abadía tomamos un descansito, comimos algo y repusimos energía.

Una vez salimos de Romainmôtier había una pequeña cuesta para salir del pueblo, y después nuevamente nos metimos en un bosquecito muy bonito la verdad, porque incluso tenían una zona de descanso con leña para hacer fuego, pero nosotros no decidimos descansar sino que seguir caminando.

Seguimos caminando y llegamos al pueblo de Cosssonay, donde ahí empezó a llover un poquitito, así que decidimos hacer otra parada. Era como la 1 de la tarde, entonces aprovechamos a comer abajo de un techito con un mirador.

Ahí descansamos una media hora, nos sacamos las zapatillas, descansamos y comimos algo, y luego empezamos a volver a caminar nuevamente. Repusimos agua también – que había una fuente – y volvimos a caminar los últimos 10 kilómetros.

Lo que quedaba del camino era más que nada a través de campos abiertos. Pasamos por un par de campos de girasoles muy bonitos. Y lo que yo sabía, pero que mi novia no sabía, era que al final había una cuesta bastante importante: una cuesta de unos 100 metros más o menos en 1 kilómetro. pero una vez estaba eso hecho ya estaba todo casi prácticamente terminado.

Llegamos a Cossonnay, el fin teórico de la etapa (25 km), pero decidimos seguir hasta Penthalaz donde había un camping que ya teníamos reservado. Pasamos por el supermercado, un Aldi con buenos precios, y fuimos al camping.

El camping era simple pero tenía piscina (5 francos extra) y nos salió 25 francos para los dos. Lo gracioso es que había banderas de Chile, España, Brasil, de todo, y la chica que nos atendió de hecho era española. Montamos la tienda, cenamos lo que habíamos comprado y a dormir. Al día siguiente llegábamos al Lago Lemán.

Día 40: Llegando al Lago Lemán – De la naturaleza a lo urbano

Llegada al lago Lemán

Hoy nos despertamos en el camping a las 7 de la mañana. Nos lo tomamos muy tranquilo, desayunamos a las 7:30 y a eso de las 8:30 empezamos a caminar. El día iba a ser de solo 20 kilómetros, así que queríamos tomarlo relajados.

Era el segundo día de mi novia en el camino. Por suerte hoy iba a ser casi todo plano, con alguna que otra subida y bajada, pero nada complicado. El día era más que nada a través de bosques, con un poco de carretera también, pero sobre todo bosque. Íbamos a caminar unos cinco o seis kilómetros por el río hasta llegar finalmente al Lago Lemán, donde íbamos a pasar los siguientes días.

En un momento tuvimos que pasar por abajo de un puente, al lado de la carretera. Estar tan cerca de la autopista normalmente no es lindo, pero lo interesante fue pasar por debajo del puente y ver todos los grafitis. Ya se empezaba a ver más ciudad, más ambiente urbano, menos naturaleza.

Después de pasar debajo del puente nos metimos en el bosque al lado del río L’Aubonne, que era el que íbamos a seguir hasta llegar al Lago Lemán. El bosque era lindo, la verdad. Un poco de subidas y bajadas, pero era casi todo plano.

Después de unos cinco kilómetros más o menos llegamos al lago. Caminamos unos 10 minutos más hasta que decidimos que era suficiente y que necesitábamos descansar. Había unos bancos, así que después de 15 kilómetros caminando, casi tres horas, hicimos la primera parada en el lago para comer y descansar un poco.

A partir de ahí todo lo que nos iba a esperar iba a ser bordeando el lago por unos 2 o 3 días. Lo que quedaba del día, unos cinco kilómetros más, fue todo bordeando el lago hasta empezar a entrar de a poco en la ciudad de Lausana.

En los últimos 15 minutos empezó a llover, pero muy poco. No era necesario ponerse el cobertor para la mochila o la chaqueta, hasta que llegamos al camping.

Lo bueno del camping es que para peregrinos salía nada más que 10 euros. Yo tenía el pasaporte de peregrino, mi novia no, pero le dijimos que ella se había sumado en Orbe y no hubo ningún problema. Cada uno pagamos 10 euros. Era un camping enorme, incluso con un supermercado adentro, y estaba al lado del lago.

Nos dividimos tareas: mi novia fue a montar la tienda y a ducharse, y yo fui al supermercado a comprar cosas para la cena y para el día siguiente. Una vez que tuvimos todo, la tienda montada y las compras hechas, era hora de simplemente descansar ahí, al frente del lago, cenar y prepararnos para el día siguiente.

Día 41: Bordeando el Lago Lemán – Olímpico y viñedos

Primer baño en el Lago

Hoy iba a ser todo alrededor del lago, caminando solo por su costa. Iba a ser bastante plano, así que decidimos también tomarlo con calma. Eran 20 kilómetros nada más, así que empezamos a caminar a eso de las 10 de la mañana.

Inicialmente eran unos 4 kilómetros hasta llegar al centro de Lausanne, todo bordeando el lago. Cuando llegamos a la ciudad, primero fuimos a un supermercado. Al salir vimos una tienda de regalos y souvenirs, y entré porque quería comprarme una Victorinox, una navaja suiza.

Entré y empecé a hablar con uno de los dueños. Me mostró varias navajas, elegí una, y hablando me dijo que me regalaba el grabado y una cuerdita para colgarla. Decidí ponerle «Tu Copiloto Nómada» grabado en la navaja. Un regalo para mí mismo, bastante lindo la verdad. Un agradecimiento para Jean, que fue quien me atendió.

Caminando por Lausanne, aunque en realidad no nos metimos mucho en la ciudad sino que seguimos bordeando la costa, de repente vimos que había un Museo Olímpico. No sabía que existía, ni que Lausanne es la sede del Comité Olímpico Internacional desde 1915. Seguimos caminando, y después de unos cinco kilómetros decidimos hacer una pequeña parada. Como el día estaba caluroso, dejamos las cosas, comimos algo y nos metimos al lago un rato.

La verdad que estuvo lindo. Nos metimos unos 10 minutos al agua. En ese mismo momento había un padre con su hija de unos tres o cuatro años. Tuvimos un lindo intercambio, aunque la nena apenas sabía hablar inglés.

Otra cosa para comentar es que para este momento ya tenía perfectamente acomodado el nuevo cartel que me había traído mi novia con el logo de mi página y todas mis redes sociales: Tu Copiloto Nómada. También puse la bandera argentina.

Saliendo de Lausanne, un italiano que andaba en bicicleta me preguntó qué estaba haciendo. Le conté que venía caminando desde Inglaterra, se sorprendió bastante, y un poco en broma me dijo: «Para ir a Roma es todo recto, recto, recto».

Después de pasar por la ciudad seguimos caminando, todo bordeando el lago, hasta que en un momento tocaba subir un poco y alejarse de lo que era exactamente la orilla para meternos entre las montañas o colinas. Y ahí empezó lo más lindo del día: los viñedos de Lavaux.

Lavaux es una región de viñedos en terrazas que fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2007. Los viñedos se cultivan desde el siglo XII, cuando los monjes cistercienses empezaron a trabajar estas tierras. El paisaje es espectacular: de un lado los viñedos en terrazas, a la derecha el lago a unos 300 metros más o menos, a la izquierda las montañas. Fue así por unos 3 kilómetros hasta que tuvimos que bajar nuevamente al lado del lago.

Cuando bajamos eran como las 4:30 de la tarde, y tuvimos que decidir qué hacer. Habíamos encontrado un camping que no lo teníamos en vista. Nosotros pensábamos ir a otro camping que estaba a unos 6 kilómetros más adelante, pero había varias cuestiones: para el día siguiente se esperaba lluvia importante todo el día, por lo cual probablemente no íbamos a poder caminar. Además, a partir de las 6 de la tarde se esperaba que lloviera este mismo día. El otro camping cerraba a las 7 de la tarde y el problema es que no tenía supermercado cerca para aprovisionarnos para el día siguiente. En cambio, este camping que habíamos descubierto de casualidad sí tenía un pueblo cerquita con supermercado. El único tema es que era un poco más caro que el otro.

Estuvimos como media hora decidiendo qué hacer: si quedarnos en este camping o seguir al otro. Después de pensarlo bien, decidimos quedarnos donde estábamos. Sí, íbamos a pagar un poco más, pero sabíamos que íbamos a tener un supermercado cerca en caso de necesitarlo al día siguiente.

Una vez que decidimos quedarnos ahí, montamos la tienda pegado al lago. Mi novia fue al supermercado, yo me quedé armando la tienda, y después cada uno a ducharse. Cenamos y nos preparamos para esperar el día siguiente a ver qué pasaba con el clima.

Lo que sí, esa noche ya nos dimos cuenta de que iba a haber lluvia. De hecho, llovió bastante por la noche.

Día 42: Entre viñedos y lluvias – Ultima noche acompañado

De 7 Kilometros, a 14 km

Hoy nos despertamos sin alarma porque sabíamos que probablemente iba a llover todo el día, así que no queríamos despertarnos con la alarma sino dormir tranquilos. Lo bueno es que cuando nos despertamos, a eso de las 7:30 de la mañana, vimos que el tiempo estaba bueno. Estaba nublado, sí, pero no estaba lloviendo.

Decidimos primero desayunar y revisar bien el tiempo, ver cómo iba a estar las próximas horas. Como vimos que iba a aguantar, decidimos tomarlo con calma de todas maneras y hacer solo unos 7 kilómetros hasta un camping. Básicamente, caminar poco.

Empezamos a desayunar, a desarmar la tienda, y a eso de las 12 del mediodía empezamos a caminar.

Empezamos caminando primero al lado del lago y después empezamos a subir nuevamente entre un poco de montaña al lado de los viñedos. El día acompañaba totalmente: estaba nublado, fresquito, perfecto para caminar. Los viñedos la verdad que eran súper bonitos. Íbamos pasando a través de pueblitos muy chiquitos entre los viñedos. Era súper lindo: el lago al costado, las montañas al fondo, y los viñedos a los costados.

En un momento llegamos a una parte donde las vistas eran espectaculares: se veían los viñedos, el pueblo, el lago y las montañas. Era realmente increíble.

Inicialmente pensábamos hacer nada más que 7 kilómetros hasta un camping llamado La Pichette que ya habíamos visto, para hacer un día corto, más o menos de descanso. Pero cuando llegamos al pueblo donde nos teníamos que desviar de la Vía Francígena oficial para ir al camping que estaba al lado del lago, o seguir por la vía que era subir un poquito más la montaña, decidimos continuar. Nos habían dicho que el Camping La Pichette no era muy bueno, y habíamos visto otro camping a 7 kilómetros más adelante que parecía bastante bien. Como estábamos bien y el día era bonito, decidimos continuar.

Lo único que había que hacer para llegar al otro camping, si bien eran 7 kilómetros, era que había unos dos kilómetros de subida importante: unos 300 metros de desnivel más o menos. Pero lo pudimos hacer. Después se volvió a bajar para llegar a la ciudad de Vevey.

Una vez llegamos a Vevey, era únicamente de paso porque el camping estaba un poquito más adelante, hicimos unas compras en el supermercado y después continuamos camino hacia el camping.

Al entrar a Vevey, después de hacer las compras en el supermercado, empezamos a salir caminando por la costa, al lado del lago. Y una cosa que fue la verdad bastante interesante y rara de encontrar es que tenían en el medio del lago un tenedor gigante, como si fuera un monumento clavado en el agua. La verdad que no sabíamos por qué estaría eso. Después me enteré de que es un monumento instalado en 1995 por el Museo de la Alimentación Nestlé, que tiene su sede en Vevey, y que se convirtió en uno de los símbolos más fotografiados de la ciudad.

Luego de caminar por Vevey y por el lago, quedaban unos dos kilómetros hasta llegar al camping. Una vez llegamos, la verdad que era increíble: el lugar para poner la tienda estaba pegado al lago, literal. Nosotros pusimos la tienda a un metro y medio más o menos de donde estaba el agua, se veían el lago y las montañas del lado francés, del otro lado. Un espectáculo.

Compramos un vinito para celebrar, porque iba a ser la última noche de mi novia conmigo. Al día siguiente se tenía que ir. Así que a disfrutar y descansar como correspondía, mirando el lago, las montañas, tomando vino y aprovechando los últimos momentos juntos en el camino.


Reflexiones de la semana

Esta semana me demostró algo que venía sintiendo desde hacía días: el Camino no es una línea recta, es una ola constante de momentos. Pasé de subirme a una montaña de 900 metros solo, sintiendo cada paso del esfuerzo, a caminar tranquilo por viñedos con mi novia, tomándome un vino frente al lago.

Lo más loco es que ambas experiencias son el Camino. No hay una forma «correcta» de hacerlo. A veces es dormir bajo un techito en un campo de fútbol a 500 metros de una frontera, otras es pagar 98 francos por una noche en un B&B. A veces es mojarte los pies en un río «prohibido», otras es toparse con un canguro que no debería estar ahí. A veces caminás 27 kilómetros hasta reventar, otras arrancás a las 12 del mediodía porque se puede.

Lo que más me marco esta semana fue el contraste entre la soledad y la compañía. Los primeros días en el bosque, con esas subidas brutales, eran yo contra la montaña. Pura supervivencia, puro esfuerzo físico. Cuando llegó mi novia cambió todo: el ritmo, las decisiones, hasta la forma de ver el paisaje. Ya no era «llegar», era «estar». Y eso está buenísimo también.

Cruzar de Francia a Suiza fue más que un cambio de país. Fue un cambio de mentalidad. En Francia todavía había algo salvaje, improvisado, crudo. En Suiza todo es más ordenado, más caro, más… suizo. Hasta las señales del camino cambian de color. Pero caminar por la Vía Romana del año 50 después de Cristo te recuerda que vos sos solo uno más de los millones que pasaron por acá. Sigerico en el 990, tropas romanas, peregrinos medievales, y ahora yo con mi mochila y mi cartel de «Tu Copiloto Nómada».

Todavía queda mucho para Roma, pero esta semana me confirmó algo: no importa tanto el destino. Importa cómo lo caminás.

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