Semana 9: La Llanura Padana y el Mar de Arroz

De Santhià a Pavia: atravesando el corazón arrocero de Italia

Si la semana anterior había sido de despedidas y transiciones, esta novena semana fue de rendición. Rendición ante la monotonía, ante la repetición, ante kilómetros y kilómetros de campos de arroz que se extienden hasta el horizonte. La pianura padana no perdona: es plana, calurosa, húmeda, y los mosquitos son compañeros constantes que ponen a prueba tu paciencia más que cualquier montaña.

Pero también fue una semana de encuentros inesperados. Conocí a Beatrice, una peregrina italiana con la que compartí dos días intensos de camino, y redescubrí que, a veces, la mejor manera de sobrellevar la monotonía es tener a alguien con quien compartirla. También fue una semana de contrastes: días de 30 kilómetros extenuantes por carretera y días de solo 10 kilómetros.

Esta semana me llevó desde Santhià hasta Pavia, atravesando lo que es conocido como el «triángulo del arroz» entre las provincias de Vercelli, Novara y Pavia. En estos campos infinitos, se produce más del 50% del arroz europeo.


Día 57: Descanso en Turín

Turín – Día de descanso

Hoy decidí tomarme un tren a Turin (solo 15 minutos en tren) desde Santhia para conocer y aprovechar mi tiempo en italia (una parada que no estaba planeada pero que decidí hacer para darme un día completo de descanso en la capital piamontesa, aunque no fue mucho de descanso), me tomé este día con total calma.

La ciudad, antigua capital del Reino de Cerdeña y primera capital de la Italia unificada, tiene un aire aristocrático que se nota en sus avenidas, sus palacios barrocos y sus cafés históricos.

Aproveché el día para descansar las piernas (o eso pensaba), pasear sin rumbo por el centro histórico y conocer sus calles y escondites. Por la tarde aproveché a ir a la Chiesa di Santa Maria del Monte dei Cappuccini con unas vistas increíbles de la ciudad a medida que iba cayendo la noche.

Turín también me sirvió para organizar un poco la logística de los próximos días, revisar el equipo, y mentalizarme para lo que venía: la llanura padana en pleno agosto, con su calor, su humedad, y sus kilómetros interminables de arrozales.


Día 58: De Turín a Vercelli

Turín – Santhià (tren) – Vercelli | 30 km

Me desperté temprano porque el desayuno en el hostel era a las 7 de la mañana. Desayuné, hice el check-out y alrededor de las 7:30 ya estaba caminando hacia la estación. A las 8 tenía el tren de vuelta a Santhià para retomar el camino exactamente donde lo había dejado.

El tren llegó puntual y a las 8:30 estaba de nuevo en Santhià. Apenas bajar del tren empecé a caminar. Una vez salí de la estación, el camino estaba a unos 200 metros, así que fue bastante rápido retomarlo.

El problema del día de hoy era que, si bien estaba en el camino temprano, tenía que hacer unos 30 kilómetros. Y todo eso sumándole que el día anterior había caminado bastante y que hoy me había despertado a las 6:30 de la mañana y había tomado un tren. Pero bueno, nada era imposible.

Santhià tiene una larga historia vinculada a los caminos. Ya en época romana era un importante nudo de comunicaciones. En la Edad Media se convirtió en un punto crucial donde se unen dos ramales importantes de la Vía Francígena: el que viene del Mont Cenis y Turín, y el que desciende del Gran San Bernardo pasando por Aosta e Ivrea. Esta confluencia le otorgó gran importancia estratégica y comercial durante siglos.

Si bien sabía que era un día largo, lo bueno era que iba a ser todo por la llanura padana, entonces iba a ser todo plano. Afortunadamente no era por carretera, era más que nada entre campos por caminos de tierra, y así estuve caminando como unas dos horas más o menos hasta llegar al primer pueblo, donde encontré un lugar para sentarme. Había una fuente de agua, así que paré a descansar.

Después de haber parado unos 20 minutos a descansar los pies, reponer fuerzas, comer algo y tomar un poco de agua, volví a caminar para salir del pueblo y retomar la Vía Francígena.

El camino seguía igual: camino de tierra entre campos y arrozales. Lo único diferente de esta parte de la etapa era que pasé un rato por el lado de las vías del tren y otro rato por el lado de la carretera, por lo que en algunos momentos me puse la música para distraerme un poco y no escuchar tanto ruido de coches.

Después de otras 2 horas caminando encontré un lugar donde probablemente podía descansar un poco, porque tenía un banquito, era una iglesia y tenía una fuente de agua potable. En estos momentos, lo más importante para descansar en lo que es la llanura padana es básicamente eso: tener un banco, sombra y una fuente de agua potable, porque no está en todos lados.

Una vez volví a caminar me esperaban otros 10 kilómetros. Había distanciado las paradas para hacerlo cada dos horas, unos 10 kilómetros. Arranqué a caminar y el camino seguía igual: plano, llanura padana, camino de tierra, entre las vías alguna que otra vez.

Así seguí hasta los últimos cuatro kilómetros, donde comenzaba la entrada a Vercelli, que es una ciudad grande, por carretera. Así, por unos 4 kilómetros, la entrada no era muy bonita, pero bueno, era lo que había que hacer para entrar.

Vercelli es conocida como la «capital europea del arroz«. La ciudad, situada en la margen derecha del río Sesia, ha sido desde siempre un importante centro agrícola y comercial, específicamente para el comercio de arroz en toda Europa. Cuenta con la Estación Experimental de Cultivo de Arroz y la Bolsa de Arroz, la más importante de Italia.

El cultivo del arroz llegó a esta zona en el siglo XV, introducido probablemente desde España. Los monjes cistercienses de la Abadía de Lucedio fueron pioneros en su desarrollo, aprovechando la abundancia de agua de los ríos alpinos y las características del suelo. Los primeros arrozales de Italia se cultivaron precisamente en estos campos de Vercelli.

Pero Vercelli no es solo arroz. La ciudad fue una parada obligatoria para los peregrinos en la Edad Media. El obispo Sigeric la mencionó en su diario del año 990 como «Vercel», la XLIII submansio (parada 43) en su camino de Roma a Canterbury.

Ya una vez en Vercelli, pasé por la Piazza Cavour, la plaza principal, y después me fui directamente a donde me iba a hospedar esta noche: el Ospitale Santi Eusebi, un hospital parroquial de la ciudad que funciona como albergue donativo.

Llegué y me recibieron dos voluntarios que me dieron una cama, me explicaron todo y me dijeron que a las 7:30 de la noche iba a haber una cena incluida y que al otro día también había desayuno, pero que era donativo, lo que estaba muy bien.

Me duché y después a pasear por la ciudad. Me regalé un helado, pasé por la plaza y por la iglesia antes de volver para la cena.

La Basílica de Sant’Andrea en Vercelli es una obra maestra del románico-gótico del norte de Italia. Fue construida a principios del siglo XIII (1219-1227) bajo las direcciones del Cardenal Guala Bicchieri, quien era representante del rey Enrique III de Inglaterra. Quería construir una abadía y un hospital para los peregrinos que viajaban por la Vía Francígena.

La arquitectura es una mezcla única de estilo románico y gótico cisterciense. La fachada está realizada en piedra gris local del Piamonte, que le da ese aspecto peculiar que sorprende a primera vista.

La cena que habían preparado era muy rica. Los voluntarios eran Fausto y Federica, y habían preparado un arroz negro con vegetales y una tarta de vegetales. Muy rico la verdad. Éramos en total unos cinco peregrinos: Antonio, un español; Beatrice, una italiana; y dos italianos que andaban en bicicleta cuyos nombres no recuerdo.

Comimos todos juntos, incluyendo los voluntarios. La verdad fue muy bonito, conversando, hasta que de repente ya se hicieron las 10 de la noche y teníamos que ir a dormir para al día siguiente arrancar de nuevo y disfrutar el desayuno de este gran albergue.


Día 59: De Vercelli a Nicorvo

Vercelli – Nicorvo | 25 km

Me desperté a las seis y media porque a las siete de la mañana ya habíamos arreglado con los voluntarios de Vercelli para tomar el desayuno. Me desperté, fui a tomar el desayuno que nos habían preparado: café con leche, tostadas y algunas otras cositas más, junto con los voluntarios y algunos otros peregrinos que ya se habían levantado.

Desayuné, preparé todas las cosas y alrededor de las 7:15 ya arranqué a caminar para lo que iban a ser unos 25 kilómetros más o menos. Cuando arranqué a caminar, los otros peregrinos ya se habían ido media hora antes. Me despedí de los voluntarios y empecé a caminar.

Primero era salir de la ciudad, obviamente, que no es nada bonito por carretera. Después, a los 20 minutos, se dejaba la carretera y empezaba a caminar por una bicisenda para después meterme dentro de lo que era más campo.

El día de hoy iba a tener dos complicaciones importantes. Una, la lluvia, porque aparentemente estaba pronosticado durante el día, más al mediodía. Y el otro eran los mosquitos, porque en la llanura padana está lleno de mosquitos con los arrozales, el agua, y el calor. Era una batalla en contra de las dos: del tiempo y los mosquitos. Para eso, a mitad de camino paré en un momento porque no podía más y me tuve que poner repelente.

Justo estaba en una carretera que era todo campo en los costados, y en ese momento me encontré con Beatrice, la peregrina italiana que había estado en el albergue en Vercelli, y empezamos a caminar los dos juntos todo lo que quedaba del trayecto porque los dos, el día de hoy, íbamos a quedarnos en Nicorvo.

El día era todo por carretera con campos y arrozales de un lado y del otro, todo plano, plano, plano. Así seguía todo el día hasta que llegamos al pueblo de Palestro, donde hicimos una primera parada a los 10 kilómetros para tomar un café y reponer fuerzas.

Después de la pequeña parada de unos 15 minutos para tomar el café, comer algo y descansar los pies, empezamos a volver a caminar. Saliendo del pueblo de Palestro y volviendo a caminar, ya nos encontramos con algo un poquito más salvaje. Seguía siendo llanura, campos en los costados, pero incluso tuvimos que pasar por un camino donde era pasar entre helechos y plantas bastante grandes, que el camino apenas se veía. Era básicamente cortando entre plantas grandes.

Era un trayecto de unos 500 metros donde apenas había camino, pero nosotros caminamos, pasamos. Después fue caminar junto al lado de un canal por un kilómetro más o menos, y ya al final se retomaba de nuevo el camino más normal: camino de tierra con campos y arrozales a ambos lados.

A todo esto teníamos que hacer más o menos rápido porque desde que salimos de Palestro, en una hora y media se venía una lluvia importante. Así que seguimos caminando. Fueron unos 10 kilómetros desde Palestro hasta que llegamos a Robbio, la ciudad donde teóricamente iba a terminar la etapa de hoy, pero nosotros íbamos a seguir unos cinco kilómetros más.

Fuimos al supermercado y nos resguardamos en un parque para comer, porque teníamos que reponer fuerzas, comer, descansar, para después continuar los últimos 5 kilómetros a Nicorvo.

Después de comprar todo, comer, descansar un poco, volvimos a caminar. Lo que quedaba del trayecto, era básicamente un camino de tierra entre campo y campo (como venia siendo todo el día). Pero lo bonito es que se veían todos pájaros al fondo, y cada tanto iban volando. Era una vista bastante bonita. Algunos pájaros que no son nativos de Italia, que estaban en migración hasta acá.

Una vez llegamos a Nicorvo, era un pueblito muy chiquitito la verdad. Llamamos al voluntario para que nos viniera a abrir el albergue donativo parroquial donde nos íbamos a quedar. Nos mostró la casa. Básicamente éramos los únicos dos que nos íbamos a quedar, así que teníamos toda la casa para nosotros.

Nos duchamos, lavamos la ropa, descansamos un poco. Y después nos dimos cuenta que justo al lado había un bar, así que fuimos a tomar una cerveza, a comer unas papitas. Después volvimos porque alrededor de las 7 de la tarde se venía un diluvio terrible, así que menos mal que teníamos el albergue ya y que habíamos llegado. Cenamos y ya estábamos listos para descansar y para arrancar al otro día.


Día 60: De Nicorvo a Pieve del Cairo

Nicorvo – Tromello | 22 km

Arrancamos los dos, Beatrice y yo. Como éramos los únicos que habíamos dormido en el albergue, decidimos despertarnos más o menos a la misma hora, a las 7:30 de la mañana, desayunar y empezar a caminar.

El día era lo mismo (campo y arrozales). La única diferencia es que Beatrice iba a llegar a Mortara, a un pueblo a unos 10 kilómetros, y yo iba a seguir caminando. Empezamos a caminar y el camino seguía exactamente lo mismo: trayecto con campos de un lado y del otro.

A los 8 kilómetros ya llegamos a Mortara, que era el fin de la etapa teórica de hoy. Compramos algo para comer, hicimos una pequeña paradita con Beatrice y la acompañé hasta la abadía donde se iba a quedar ella.

Mortara es un importante centro histórico en la Lomellina. Su nombre proviene del latín «Pulchra Morta«, que significa «bella muerta«, en referencia a una joven cristiana martirizada aquí en tiempos de las persecuciones romanas. Durante la Edad Media fue un punto estratégico en la Vía Francígena.

La Abadía de Sant’Albino es uno de los complejos más importantes de la zona. Según la tradición, fue construida en el lugar donde Carlomagno derrotó a los lombardos. La leyenda cuenta que después de la batalla, Carlomagno fundó aquí un monasterio en agradecimiento por la victoria. Hoy sigue siendo un importante lugar de acogida para peregrinos.

Una vez llegamos a la abadía de San Albino donde se iba a quedar Beatrice, pasando Mortara, a unos tres kilómetros del centro, nos despedimos. Yo seguí caminando. Me quedaban unos 12 kilómetros más para llegar a Tromello, el pueblo donde me iba a quedar yo.

El camino siguió lo mismo: pasando algún que otro pueblito, entre caminos de tierra. Esta vez no era tanto de calle o carretera, pero sí seguía lo mismo que eran campos de un lado y del otro, y cada tanto algunos bosquecitos o arbolitos.

El único problema es que el día de hoy, una vez después que dejé a Beatrice, empezaba a hacer cada vez más sol, estaba más caluroso. Si bien no me quedaban muchos kilómetros, se estaban haciendo un poco pesados, no solo por el calor sino porque el paisaje siempre era lo mismo.

Una vez llegué a Tromello eran como las dos de la tarde. Estaba haciendo bastante calor. Ya me habían dado un código de entrada para entrar al albergue, que era un albergue municipal de los vecinos de ahí y donativo. Agarré la llave y ya pude entrar perfectamente.

Para mi sorpresa, era el único que estaba ahí, y creo que iba a ser el único durante todo el día, lo cual terminó siendo así. Tenía toda la casa, básicamente el albergue, para mí.

Después de eso decidí ir al supermercado, comprar un par de cosas en el pueblo, descansar un poco, ducharme y disfrutar el día.


Día 61: De Pieve del Cairo a Pavia

Tromello – Pavia | 30 km

Como era el único en el albergue, no tenía ningún apuro. Entonces me desperté a las 6:30 de la mañana y desayuné con la más tranquilidad del mundo, cosa que al final terminé saliendo del albergue a las 8 de la mañana.

El día de hoy tenía que caminar unos 30 kilómetros. Tenía que tomarlo con tranquilidad, de nuevo. Ya sabía que tenía un lugar al final en donde me iba a quedar al terminar el día, así que no tenía problemas.

Al principio empecé a caminar un poco por campo, como siempre, y después entré un poquito en carretera porque era la entrada a la ciudad de Garlasco, lo que tendría que haber sido el fin de la etapa de ayer o de hoy, dependiendo de cómo se lo viera.

En la salida de Garlasco, un poco de carretera, y después me volví a meter por un sendero de tierra que estaba rodeado de un canal, todo bordeando un canal, un río muy chiquitito. Después pasé por una empresa que hacían tratamientos de residuos o recolección de basura porque había un olor terrible.

Seguí por senderos la mayoría del trayecto hasta llegar a un pueblo donde había hecho ya, por ese momento, unos 12 kilómetros, dos horas y media. Así que decidí pararme ahí para tomar agua y comer.

Ahí aproveché, tenía todavía mitad de melón, así que me comí todo el melón con queso y algunos salames que tenía. Después de esa pequeña parada para comer y descansar, volví a caminar.

El camino seguía exactamente igual: algunas veces sendero de tierra al lado de un canal, otras veces carretera. Y lo que se veía alrededor eran campos, campo, todo lo que venía haciendo básicamente en la llanura padana. En un momento vi un poquito de bosque con árboles, pero seguía siendo casi todo igual de todas maneras.

Así seguí hasta llegar al lado de un río, el río Po, que era por donde tenía que entrar a la ciudad de Pavia. Ahí había un barcito justo al lado del río (que tuve que esperar unos 15 minutos sentado afuera a que abran), así que me senté. Ya había pasado otros 10 kilómetros. Me senté a tomar una cerveza, a comer, a descansar un poco para después hacer los 8 kilómetros finales.

El Po es el río más largo de Italia, con 652 kilómetros de longitud. Nace en los Alpes, en el Monte Viso, y atraviesa toda la llanura padana hasta desembocar en el Mar Adriático. Ha sido desde la antigüedad una arteria vital para el transporte, el comercio y la agricultura.

Para los peregrinos de la Vía Francígena, cruzar el Po siempre fue un momento significativo: marcaba la entrada a una nueva región, un nuevo paisaje, y se acercaba cada vez más a Roma.

Una vez hecho el descanso merecido, estuve como una hora, volví a caminar. Lo que me esperaba en los últimos ocho kilómetros era un senderito entre bosques al lado del río, bastante bonito la verdad. Ya no era carretera, y era bueno porque era la entrada a Pavia. Normalmente las entradas a ciudades grandes son por carretera, pero esta vez no.

Así llegué a Pavia, justo en la entrada, donde me iba a quedar en una catedral. El hospedaje era 20 euros la noche y yo me iba a quedar dos noches para el día siguiente descansar y conocer un poco Pavia.


Día 62: Día de descanso en Pavia

Pavia – Día de descanso

Hoy era un día de descanso en Pavia, así que me lo tomé con total calma y serenidad. No tenía ni que levantarme temprano. Alrededor de las 8 de la mañana, me desperté, desayuné algo y empecé a caminar a eso de las 9 de la mañana hacia el centro para ver qué es lo que había.

Crucé el puente para entrar al casco histórico y la ciudad antigua de Pavia, pasando el río Po, y de ahí me di un pequeño tour por Pavia visitando la catedral.

El Ponte Coperto (Puente Cubierto) es el puente icónico de Pavia que cruza el río Ticino. Este puente conecta el centro histórico con Borgo Ticino, un barrio que originalmente estaba fuera de las murallas de la ciudad.

El puente original era medieval, pero fue destruido durante los bombardeos aliados en septiembre de 1944, cuando las fuerzas aéreas intentaban destruir los puentes estratégicos sobre el Ticino para cortar el suministro a las unidades alemanas. Estas operaciones resultaron en la muerte de 119 civiles. El puente actual es una reconstrucción fiel del original, completada en 1949.

Pavia tiene una historia extraordinaria. Fundada por los romanos como Ticinum, fue conquistada por los lombardos en 572 después de un asedio de tres años. Los lombardos la convirtieron en capital de su reino, y durante más de dos siglos (572-774) fue el centro del poder político y cultural del norte de Italia.

En 1361 se fundó la Universidad de Pavia, una de las más antiguas de Europa. Entre sus alumnos está el gran Albert Einstein, cuyos padres se mudaron a la ciudad en 1894. Albert vivió aquí por un tiempo en el Palazzo Cornazzani.

Visité la Catedral de Pavia, dedicada a Santa María. Es un edificio renacentista particularmente inusual porque está construido principalmente con ladrillo rojo. Varios artistas dejaron su marca en la catedral, incluyendo Leonardo da Vinci. La construcción comenzó a finales del siglo XV y tardó cuatro siglos en terminarse. Tiene una distintiva planta de cruz griega y una impresionante cúpula octagonal que es la cuarta más grande de Italia, midiendo 97 metros de alto con 34 metros de diámetro.

Visité la Torre de Pavia y el Castillo de Pavia (Castello Visconteo). Recorrí las distintas piezas y un parquecito. Como era sábado, tenían un mercadito de ropa, así que estuve todo el día disfrutando y descansando.

Volví al mediodía para almorzar en el albergue, me tiré una siesta, y después a la noche volví a salir un poquito, pero no mucho la verdad, porque quería descansar más que nada. Así que volví para ver el puente y después regresé para cenar y descansar, que al día siguiente volvía a caminar.


Día 63: De Pavia a Miradolo Terme

Pavia – Miradolo Terme | 33 km

Me desperté temprano, alrededor de las 5:30 de la mañana, porque iban a hacer unos 30 kilómetros y quería evitar el calor intenso. Me desperté lo más rápido que pude, desayuné algo que tenía ya preparado. Había café incluso en donde estaba, y alrededor de las seis y cuarto empecé a caminar.

Apenas empecé a caminar ni siquiera había salido el sol, así que tenía intenciones de ver el amanecer, pero como estaba en la ciudad y saliendo de Pavia, que era todo por carretera obviamente, no tuve el placer de verlo. El día de hoy, la idea era caminar los primeros 10 kilómetros hasta llegar a un pueblo donde había un café.

Ahí decidí pararme a tomar un primer desayuno, después del que había hecho a las 6 de la mañana. Otro capuchino con un cornetto que había comprado.

Después de esa pequeña paradita para tomar el capuchino y aprovechar también para usar el baño, volví a caminar. Obviamente lo que quedaba era carretera, carretera, y carretera. No podía hacer otra cosa. El día de hoy la verdad que era bastante monótono, pero nada, seguí caminando.

A los 10 kilómetros de nuevo, encontré un pueblito donde justo en la entrada que pasaba la Vía Francígena había un banquito y una fuente de agua. Perfecto para descansar un poco, comer, que ya eran como las 11 de la mañana y tenía hambre. Reponer fuerzas para después continuar los últimos 12 kilómetros.

En ese momento me hice unos sándwiches que tenía: pan, jamón y queso. Aproveché a tomar agua, a meterme en una mini fiestita. Ahí me quedé una media hora, reponiendo fuerzas.

Saliendo de ese pueblo me encontré con una casa bastante peculiar, porque era como si fuera un templo hindú o un templo taoísta o budista, con muchos colores, pero era una casa. Incluso ahí había un perro, lo cual obviamente tenía que ser una casa, pero tenía banderas, no sé si eran países o qué, no reconocía bien la verdad. Algo muy extraño, una casa muy colorida que no sabía lo que era.

Una vez saliendo del pueblo, si bien al salir era carretera, empezó a hacer de nuevo un poquito de sendero de tierra, lo cual estaba mucho mejor para caminar los últimos kilómetros, que ya estaba bastante cansado. Pero no dejó de ser plano y con campos de los costados, lo cual el paisaje no cambiaba absolutamente nada.

Así seguí caminando los últimos 12 kilómetros para llegar a Miradolo Terme, que era donde me iba a quedar esta noche. Llegué y justo en ese momento había llegado otro peregrino que se había quedado también en Pavia como yo. Había llegado un poquito más temprano. Luigi, era un suizo, así que en el momento que llegué me fui a duchar, descansé un poco, me tiré a dormir y después fui a comprar una pizza para cenar.

En total había hecho unos 33 kilómetros el día de hoy, un día bastante largo y cansador porque casi todo era carretera. Pero ya había terminado y ahora solo quedaba descansar, que al día siguiente me esperaba otro día.


Reflexiones de la Semana 9

Esta semana me enseñó algo que nunca imaginé que tendría que aprender en un camino de peregrinación: la monotonía también es parte del viaje. Y no solo es parte, sino que puede ser tan desafiante, o más, como cualquier montaña.

Cuando la gente piensa en desafíos del camino, piensa en montañas, en subidas imposibles, en pasos alpinos cubiertos de nieve. Nadie te habla de la llanura. Nadie te dice que caminar 30 kilómetros completamente plano, bajo el sol de agosto, rodeado de arrozales que se ven exactamente iguales kilómetro tras kilómetro, puede ser más duro mentalmente que cualquier subida.

Las montañas te exigen físicamente, pero la llanura te desafía mentalmente. No hay vistas espectaculares que te distraigan. No hay cumbres que alcanzar que te den una sensación de logro cada pocas horas. Solo hay kilómetros y kilómetros de lo mismo. Tu mente empieza a jugar en tu contra. Te preguntás por qué estás haciendo esto. Te preguntás si tiene sentido seguir caminando cuando el paisaje no cambia, cuando no hay nada «interesante» que ver.

Pero ahí está la lección: el camino no siempre tiene que ser espectacular. A veces el camino es simplemente poner un pie delante del otro, una y otra vez, sin ninguna razón más profunda que la decisión de seguir adelante.

Quedarme en albergues donativos como el de Vercelli y Nicorvo me recordó lo mejor de la tradición peregrina. Fausto y Federica en Vercelli preparando esa cena, peregrinos y voluntarios, compartiendo historias.

Estos lugares no son solo un techo donde dormir. Son espacios de encuentro, de comunidad, de humanidad. Los voluntarios no te ven como un cliente, te ven como un peregrino, como alguien que está haciendo un viaje significativo y merece ser cuidado.

El concepto del donativo también te obliga a reflexionar sobre el valor de las cosas. ¿Cuánto vale un lugar donde dormir? ¿Cuánto vale una cena caliente? ¿Cuánto vale la amabilidad de un extraño? No hay una respuesta correcta, y esa es justamente la belleza del sistema.

Esta semana tuve más kilómetros por carretera que nunca. Y la carretera es lo peor del camino. El ruido constante de los coches, el peligro de que te pasen demasiado cerca, el asfalto duro que castiga las rodillas, la falta de conexión con la naturaleza.

Me empecé a poner música cuando caminaba por carretera, algo que antes evitaba porque me gusta escuchar los sonidos del camino. Pero en la carretera no hay sonidos del camino, solo ruido de motores. La música se convirtió en mi manera de crear una burbuja, de estar en mi mundo aunque físicamente estuviera en el peor tramo posible.

El camino te enseña a apreciar lo básico. No necesitás lujos ni experiencias extraordinarias para ser feliz. A veces la felicidad es tan simple como tener agua fresca cuando tenés sed, sombra cuando hace calor, y un lugar donde descansar cuando estás cansado.

Si tuviera que resumir esta semana en una lección, sería esta: el camino no siempre es épico, y no tiene por qué serlo.

A veces el camino es aburrido. A veces es monótono. A veces te preguntás qué estás haciendo caminando por una carretera en medio de la nada, rodeado de campos que se ven todos iguales.

Y tal vez esa sea la lección más importante de todas. La vida no siempre es emocionante. La vida a veces es monótona, repetitiva, incluso aburrida. Pero seguís adelante de todas formas. Un paso a la vez. Un día a la vez.

Ahora se acerca la Lombardía, después la Emilia-Romaña, y eventualmente, la Toscana. Roma está cada vez más cerca, ya no es un sueño lejano. Pero trato de no pensar mucho en eso. Trato de seguir estando presente, día a día, kilómetro a kilómetro.

¡No te pierdas estos consejos!

¡No hacemos spam! Lee nuestra política de privacidad para obtener más información.

Deja un comentario

Carrito de compra
Scroll al inicio