
Indice
- 1 De Miradolo Terme a Medesano: el fin de la llanura padana
- 2 Día 64: De Miradolo Terme a Corte Sant’Andrea
- 3 Día 65: Cruzando el Po hacia Piacenza
- 4 Día 66: La peor salida de una ciudad
- 5 Día 67: Caminando juntos hacia Fiorenzuola
- 6 Día 68: Hacia Fidenza y la frustración con la Vía Francígena
- 7 Día 69: Día de descanso en Parma
- 8 Día 70: De Fidenza a Medesano – Las primeras colinas
- 9 Reflexiones de la Semana 10
- 10 ¡No te pierdas estos consejos de viaje!🌏
De Miradolo Terme a Medesano: el fin de la llanura padana
Prólogo
Si la semana anterior había sido de rendición ante la monotonía de la llanura padana, esta décima semana fue de liberación. Liberación del asfalto interminable, de los mosquitos, de los campos de arroz que se repetían hasta el infinito. Pero también fue una semana de frustraciones, de enfrentarme con las deficiencias de la infraestructura de la Vía Francígena, y de aprender que no todos los caminos están pensados para los peregrinos.
Esta semana crucé el río Po, ese gigante que divide el norte de Italia, y entré oficialmente en Emilia-Romaña, la región de la buena comida, del Parmigiano Reggiano, del prosciutto di Parma, y de ciudades históricas que fueron fundamentales en la Edad Media.
Pero sobre todo, esta semana marcó un cambio geográfico crucial: las primeras colinas después de dos semanas de caminar completamente en plano. Los Apeninos empezaban a aparecer en el horizonte, anunciando que la llanura quedaba definitivamente atrás y que Roma estaba cada vez más cerca.
También fue una semana especial porque me reencontré con mi novia Ylenia, que me acompañó durante varios días. Caminar solo tiene su encanto, pero compartir el camino con alguien a quien amas le da un significado completamente distinto.
Día 64: De Miradolo Terme a Corte Sant’Andrea
Miradolo Terme – Corte Sant’Andrea (camping libre) | 19 km
Me desperté a las 7 de la mañana sabiendo que no iba a llover ni hacer tanto sol, así que aproveché a descansar un poquito más. Desayuné tranquilo dentro del albergue porque Luigi ya se había ido, y a las 8 de la mañana ya empecé a caminar para salir del pueblo y hacer los 19 kilómetros que me esperaban hoy.
Al principio fue por carretera para salir del pueblo, un par de kilómetros, y después ya empezó lo que era como todos los días: campo entre campo y campo, tierra, mezclando entre campos, camino de tierra y carretera.
El primer pueblo que pasé, a los cinco kilómetros más o menos, era Chignolo Po, que es famoso por tener el Castillo de Chignolo Po. Se puede entrar, hay que pagar, y se lo conoce más o menos como el «Palacio de Versalles de Lombardía«, o eso dicen. Básicamente era, hoy en día es un castillo, y antes era una fortaleza que era importante en el Reino de Lombardía, cuando la capital era Pavía, la que había visto hace unos días.

Construido originalmente como fortaleza medieval, fue transformado en el siglo XVI en una elegante residencia señorial por la familia Procaccini-Agazzotti. Con sus 150 habitaciones repartidas en 4 plantas, sus jardines a la italiana y su decoración interior con frescos y muebles de época, realmente merece su apodo de «Versalles de Lombardía».
Ya después, saliendo de la ciudad, tuve que esperar un poco a que pasara el tren en las vías. Una vez pasé las vías, el camino seguía todo por carretera, por unos cuantos kilómetros más. Por lo menos esta vez iba por el costado, había un pequeño senderito para peatones. Crucé un río y había un puente muy bonito, que era por donde pasaban las vías del tren.
Seguí caminando y en ese momento ya pasaba a ser más sendero de tierra, hasta que en un momento estaba el camino cerrado por refacciones. Había obras, no sé qué exactamente, y una reja que impedía pasar. Entonces lo que tuve que hacer fue ir a un costadito, desviarme e ir como por el campo unos 20 metros hasta poder entrar en la zona que estaba cerrada. Después caminé unos 200 metros por esa zona y para salir era exactamente lo mismo: estaba cerrado, prohibido el acceso, pero por el costadito, unos 10 metros, había un poquito de sendero para poder caminar.

Después de hacer eso, ya prácticamente estaba en Orio Litta, a dos kilómetros más o menos, que era donde teóricamente finalizaba la etapa de hoy. Yo no iba a terminar ahí, sino que únicamente lo que iba a hacer era descansar, comer algo, aprovechar para almorzar, reponer fuerzas, ir al supermercado y ya después continuar caminando.
De todas maneras, no solo me quedé descansando un poquito en la plaza principal y almorzando, sino que fui al supermercado para comprar para la cena y el día siguiente, porque pensaba acampar. Además, aproveché a ir a un café para cargar el Power Bank y me pedí un café.
En el momento de ir a pagar, el dueño, me regala un cornetto (dado que se dio cuenta que estaba caminando y haciendo la via francigena). Entonces en ese momento digo bueno, aprovecho y le pido una cerveza también. Me siento de nuevo y a los cinco minutos me trae toda una bandeja con patatas, un sandwichito y algunas otras cosas más para comer. Así que la verdad muy amable.

Una vez salí, ya con todo eso, salí de la ciudad para continuar camino en los últimos tres kilómetros a donde me pensaba quedar: la playa del río Po. Pero antes pasando por el pueblo de Corte Sant’Andrea, que es donde hay una bifurcación de la Vía Francígena.
Básicamente lo que hay en la bifurcación es que se puede ir cruzando el río Po. Esto es desviarte primero unos 5 minutos del camino original, vas a un pequeño puertito y hay un hombre, Danilo se llama, con un barco que te cruza el río Po. Unos 10 minutos vas por el río Po hasta el otro lado, te da una pequeña charla, te hace firmar un libro, te sella la credencial y después continúas para llegar a Piacenza del otro lado del río Po.
NOTA: La verdad que es una experiencia que si lo pensás quizás te vale la pena. Yo particularmente prefería hacerlo todo caminando, no tomar un barco. La mayoría de la gente sé que lo hace cruzando el río Po. A tener en cuenta que algunos lugares lo ponen como si fuera donativo, pero no es así: sale 10 euros, es un precio fijo a día de hoy, así que no engañarse.
La otra alternativa, que es teóricamente la original, porque si no está el hombre para cruzar el río Po es la única manera de hacerlo a pie, es cruzando todo por la carretera a pie, los últimos 20 kilómetros hasta llegar a Piacenza.

Después de pasar esa bifurcación, yo iba a caminar dos kilómetros más para llegar a la playa donde me pensaba quedar. Ahí era meterse básicamente dentro de campos y bosquecitos hasta llegar a la playa, que era todo arena en el río Po.
No había absolutamente nadie. Eran cientos de metros sin absolutamente nadie, con la naturaleza pura: el río Po, árboles y el atardecer a distancia. Así que tranquilamente podía poner la tienda en cualquier lugar. La puse más o menos cerca del río para tener una linda vista del atardecer.
Ahí, básicamente, a las 4 de la tarde puse la tienda y ya me quedé todo el día tranquilo, relajado, disfrutando del atardecer y descansando.
Día 65: Cruzando el Po hacia Piacenza
Corte Sant’Andrea – Piacenza | 20 km
Me desperté en la playa con el amanecer dándole directamente el sol en mi cara. Incluso me quería despertar antes para verlo bien, despertarme a las 6 de la mañana, pero la verdad que tenía tanto sueño, estaba cansado, que vi el amanecer ya un poquito tarde. Me desperté a las 6:30 y lo vi desde la tienda, poco a poco elevándose el sol.
Hoy el día iban a ser unos 20 kilómetros. El tiempo la verdad que no estaba mal y acompañaba un poquito al principio porque estaba amaneciendo y era temprano.
El sol se iba poniendo cada vez más fuerte, más fuerte, y me estaba empezando a complicar un poco. Era todo el día directamente en la carretera, bordeando el río Po, pero no había nada de sombra, directamente en la carretera.
A los 15 kilómetros, pensaba parar a tomar un café, pero no estaba seguro si iba a poder la verdad. Como estaba hecho el camino, era una carretera importante y yo caminando en la misma línea blanca. En un momento empezó a haber una pequeña senda al costado para los peregrinos, para caminantes básicamente. Pero lo que pasaba es que no había una salida del otro lado. Es decir, estaba separado lo que era la senda para peatones y la carretera. Del lado izquierdo el pueblo, en el medio la carretera y del lado derecho la senda sin posibilidad de cruzar.

Para entrar al pueblo tenía que salir por una salida diferente, hacer unos dos kilómetros más, llegar al café y volver a entrar al sendero al lado de la carretera hacer otros dos kilómetros más. Lo cual era hacer en total entre una cosa y otra, cinco kilómetros más, cosa que no tenía ganas.
Entonces directamente junté fuerzas y seguí los últimos cinco kilómetros directo a Piacenza sin hacer ni siquiera una sola parada en ningún momento. Ni una para descansar, ni para café, ni para absolutamente nada.
Todo esto poco a poco me fue desgastando cada vez más, no solo por caminar en asfalto, en carretera, sino por tener el sol, por no descansar, hizo que, si bien no hacía muchos kilómetros hoy, me desgastara y que al final los últimos cuatro kilómetros, cada vez más cerca de Piacenza, la estaba pasando bastante mal. Me dolía todo.
Leonardo da Vinci describió a Piacenza en su Codex Atlanticus como «Terra di Passo» (tierra de paso), apreciando su rol territorial crucial. La ciudad, fundada como colonia romana en 218 a.C. con el nombre de Placentia (que significa «que place» o «agradable»), se convirtió en un punto estratégico fundamental en la Vía Francígena durante la Edad Media.
El arzobispo Sigerico la mencionó en su diario del año 990 como una de las 79 paradas en su camino de regreso de Roma a Canterbury. Aquí cruzaba el río Po en Calendasco, un punto histórico del Transitus Padi (cruce del Po) que sigue siendo reconocido oficialmente por el Consejo de Europa.

La ciudad fue capital del Ducado de Parma y Piacenza desde 1545, cuando el Papa Pablo III Farnesio se lo otorgó a su hijo ilegítimo Pier Luigi Farnese. Los Farnese transformaron Piacenza en una capital rica en arte y arquitectura, construyendo palacios, iglesias y edificios monumentales.
En el momento que entré a Piacenza, justo en ese momento decidí alquilar un albergue que era privado, salía unos 23 euros y estaba en el centro de Piacenza. Porque si no, la otra opción era caminar 5 kilómetros más en las afueras de Piacenza, un albergue parroquial que salía 15 euros. Por la diferencia de precio, como estaba muy cansado, preferí quedarme en el centro de Piacenza. Incluso podía aprovechar por la tarde para ir a visitar la ciudad.
La llegada a Piacenza no solo indicaba una llegada a una ciudad importante, sino que también a otra región. Hoy en día pasaba de Lombardía, que es donde estaba, a Emilia-Romaña, esta nueva región que va a estar pasando la Vía Francígena por unos cuantos días.
Entonces llegué al albergue. Se llama Ostello del Teatro. Apenas llegué, comí algo y me fui directamente a duchar y a tirarme una siesta. Dormí unas dos horas que realmente lo necesitaba. Alrededor de las cuatro de la tarde me desperté y salí a visitar un poco de la ciudad, a caminar, la catedral, la basílica y el centro, las piazzas centrales.

La Catedral de Santa María Assunta y Santa Giustina es un espléndido ejemplo del románico emiliano. Su construcción comenzó en 1122 y se concluyó en 1341. El interior es de tres naves y un majestuoso tiburio central. La decoración más importante y escenográfica es la de la cúpula central que representa el ciclo dedicado a los profetas, iniciado por Morazzone a partir de 1625 y terminado por Guercino.
El campanario de ladrillo, de 71 metros de altura, es de 1330. La cella del campanario se abre hacia el exterior con cuatro cuadríforas, una por cada lado. Sobre el campanario está colocada una estatua de un ángel de cobre dorado que gira al soplar el viento, llamada «Angil dal Dom».
Lo malo es que la catedral estaba toda con andamios, por lo tanto no podía verla de afuera. Sí pude visitarla adentro, estaba bonita, y, arriba de todo, el campanario nada más.
Después fui al supermercado, volví y me hice la cena. Me quedé hablando con un noruego que estaba viajando por Europa en bicicleta, no específicamente haciendo la Vía Francígena. Así terminó el día básicamente.
Día 66: La peor salida de una ciudad
Piacenza – Pontenure | 10 km
Hoy tocaba salir de Piacenza e iban a ser nada más que diez kilómetros. La salida de la ciudad es como en las entradas que ya lo padecí el día de ayer, siempre son malas en general, y esta vez no fue la excepción.
Iban a hacer nada más 10 kilómetros, pero creo que estos fueron los peores 10 kilómetros que caminé en la Vía Francígena en total. El principal problema fue que por unos dos kilómetros tuve que caminar directamente por una carretera importante donde pasaban camiones, coches, todo a velocidades de más de 50 kilómetros por hora, directamente en la carretera, en la línea blanca. No había nada de espacio para que pudiera caminar. Era súper, súper inseguro.
Incluso antes de llegar a esta carretera importante por la que caminaba, pasé por un polo industrial saliendo de Piacenza.
Una vez salí de ese polo industrial, que no se puede evitar mucho (lo entiendo que tenés que pasar por esos lugares), me metí en la carretera principal donde me pasaban los coches y los camiones a más de 50 kilómetros por hora, lo cual me parecía muy inseguro, pero no había nada que podía hacer porque no había mucha banquina para caminar. Pasaron unos dos kilómetros más o menos así y después, ya si bien seguía siendo carretera, era una carretera secundaria, por lo tanto me sentía un poco más seguro y tenía un poco más de espacio.

Una vez terminé de pasar incluso por esa carretera secundaria, es donde llegué a Pontenure, que iba a ser el fin del día de hoy, que fueran solo 10 kilómetros. El motivo era que hoy me encontraba de nuevo con mi novia Ylenia, que iba a llegar en tren a Pontenure exactamente.
Entonces ahí nos reencontramos en el parque, comimos juntos y después nos fuimos a donde nos íbamos a hospedar esta noche, que en este caso era un agriturismo. Decidimos darnos un pequeño lujito esta noche por ser la primera vez que nos encontramos después de dos semanas de nuevo, que había estado en Vasto antes haciendo vacaciones.
Entonces caminamos unos 20 minutos a donde estaba el agriturismo, cerca de lo que era el camino de la Vía Francígena, y ahí ya nos quedamos todo el resto del día descansando.
Día 67: Caminando juntos hacia Fiorenzuola
Pontenure – Fiorenzuola d’Arda | 20 km
Hoy, como estábamos en un agriturismo, teníamos desayuno incluido. Así que nos despertamos a las 7:30 de la mañana. A las 8 ya habíamos arreglado para tener el desayuno. Desayunamos tranquilos, bastante completo, y nos empezamos a preparar para salir a las 9 de la mañana.
Hoy era desde Pontenure hasta Fiorenzuola d’Arda, unos veinte kilómetros, continuando en la llanura padana, pero la diferencia es que estaba con mi novia.
Empezamos a caminar y por suerte ahora ya no era tanto carretera, sino que eran un poco más de campos. Así fuimos pasando los kilómetros. Básicamente hoy eran unos 20 en total, hasta que de repente, al kilómetro 8 aproximadamente, justo venía una lluvia, unos 20 minutos de lluvia.

Justo llegamos a un pueblo a resguardarnos debajo de unos arboles, porque estaba todo en pleno campo sin nada de árboles. También aprovechamos a comer, a picar algo, a descansar, y a tomar agua. Una vez pasó la lluvia esos 20 minutos, volvimos a caminar.
Lo que quedaban, unos diez kilómetros, iba a ser todo como venía siendo. Si bien era entre los campos, era camino y no había mucha carretera. Me sorprendió que en un momento nos metimos entre un poquitito de bosque, no mucho, que era raro para mí en lo que era la llanura padana.
Después seguimos caminando entre campos abiertos hasta que, cuando estábamos llegando a Fiorenzuola, empezaba a hacer ya un poquito más de carretera.

Ya estábamos llegando y lo primero que queríamos hacer era ir a un bar para descansar, tomar algo, y empezar a ver más o menos por dónde pensábamos acampar, porque ya eran las 2 de la tarde, teníamos hambre, pero también teníamos la idea de acampar, entonces teníamos que ver el lugar.
Justo cuando llegamos, vimos que se venía una tormenta bastante importante. Así que decidimos parar en un bar, el primer bar que encontramos. Tomamos una cerveza y comimos la pizza que nos quedaba de ayer. Empezamos a comer, a tomar la cerveza, y de repente empezó a llover, pero con todo: lluvia, truenos, muy fuerte la verdad.
Así que en ese momento, mientras estábamos comiendo, decidimos evitar acampar porque incluso esta tormenta iba a seguir por todo el día y la noche, y ya directamente llamar al albergue parroquial que estaba a nada, dos minutos caminando, y quedarnos ahí.
Una vez terminamos de comer y tomar la cerveza, vimos que paró de llover un poco, como para ir al albergue. Llamamos al albergue y le dijimos que estábamos yendo en 5 minutos. Por suerte yo solo tenía la credencial, mi novia no tenía, pero no hubo problemas, nos dejó quedarnos igual.
El resto del día lo que hicimos fue ir al supermercado, y no mucho más la verdad porque llovía bastante y ya volvimos al albergue para cenar y descansar.
Día 68: Hacia Fidenza y la frustración con la Vía Francígena
Fiorenzuola d’Arda – Fidenza | 20 km
Nos despertamos en el albergue parroquial alrededor de las 7:30 de la mañana. Preparamos todas las cosas y a las 8:30 estábamos en el café de la plaza central tomando un capuchino y comiendo las galletas que teníamos para prepararnos para lo que se venía el día de hoy.
Comenzamos saliendo de la ciudad de Fiorenzuola y la mayoría de lo que se venía era carretera, siguiendo en la llanura padana. Lo que ahora por fin se empezaba a ver al fondo un poquito de montañas, lo que ya significaba que estábamos entrando dentro de Emilia-Romaña, pasar a la Toscana y a dejar la llanura padana atrás.

Apenas a los cinco kilómetros, a la hora, hicimos una primera parada en Chiaravalle della Colomba, donde había una abadía. Yo no me sentía muy bien, me dolía un poco la cabeza y necesitaba descansar.
La abadía de Chiaravalle della Colomba, fundada en 1135, es uno de los ejemplos más importantes de arquitectura cisterciense en el norte de Italia. Según la tradición, San Bernardo de Claraval pasó por aquí en su camino a Roma y una paloma blanca (colomba) guió a los monjes al lugar donde construir la abadía.
El complejo mantiene intacta su estructura medieval con el claustro, la iglesia románica y los espacios monásticos. Durante siglos fue un importante lugar de hospitalidad para los peregrinos de la Vía Francígena.

Encontramos un parque con agua, mesa, así que ahí nos pusimos a descansar un poco, tomar agua. Incluso comimos unos M&Ms a ver si me subía un poco la energía y me dejaba de doler la cabeza. También me mojé la cabeza para eso. Ahí estuvimos unos 40 minutos.
Después del parque fuimos a un café porque Ylenia quería tomar un café. Yo aproveché y dije bueno, me voy a tomar un té. Pedimos agua caliente y para sorpresa nuestra, cuando fuimos a pedir la cuenta, nos cobraron 50 céntimos el agua caliente.

Seguimos caminando entre carretera y campos otras dos horas más, unos 8 kilómetros, hasta Castelnuovo Fogliani. Ahí vimos que había un pueblo. Este tenía algunos locales donde podíamos comprar algo: una focacceria para comprar algo de pizza o un supermercado.
Fuimos directamente a la focacceria, compramos pizza para almorzar en el momento, y nos pusimos en el parque que también había una fuente de agua para comer tranquilos y descansar. La verdad que el día de hoy estábamos avanzando muy lentamente y haciendo bastantes paradas, pero era necesario.
Después de esta parada volvimos a caminar. Quedaban unos 7 kilómetros y, como había dicho, nos los estábamos tomando con muchísima calma, no había apuro para nada. El único tema es que los siete kilómetros que quedaban, lamentablemente, eran todo en carretera. Carretera incluso que pasaban coches a bastante alta velocidad, que no había banquinas suficiente para pasar, incluso pasando por un puente bastante largo. La verdad que un poco feo lo que era la vista, el paisaje, y no sólo eso, sino que un tanto peligroso.
Así fue todo hasta la entrada a Fidenza. En Fidenza recorrimos un poquito y ya inmediatamente nos tomamos un tren porque el día de hoy nos fuimos a dormir a Parma, donde Ylenia tenia amigas para quedarnos ahí.

Fidenza, conocida como Borgo San Donnino en tiempos antiguos, está ubicada a lo largo de la Via Emilia, a medio camino entre Piacenza y Parma. Su nombre antiguo proviene del santo al que está dedicada la catedral de la ciudad: San Donnino, un indiscutible ejemplo maestro de arquitectura románica en la llanura del Po, desarrollado por Benedetto Antelami. La fachada, con sus bajorrelieves y estatuas, es particularmente destacada.
La Vía Francígena continúa su camino precisamente desde la catedral, con varios senderos que conducen a la ruta principal.
En el momento que llegamos a Fidenza, otra cosa que hicimos fue ir a la oficina de turismo, que es donde incluso está la oficina oficial de la Vía Francígena, para ver si podía hablar con alguien de la Vía Francígena en general: del estado en que está, lo que era muchas veces en carretera, la entrada y salida de Piacenza, la señalización, que no hay variantes señalizadas, y tantas otras cosas.
Me dijeron que la única manera de contactarme era por medio de internet, de la página web, un formulario. Le dije que me parecía un poco distante y frío, habiendo caminado dos meses, que nadie me reciba. Pero así siguieron diciéndome que lo lamentaban, pero que era la única manera. Que la persona que me atendió era solo de la oficina de turismo, no responsable de la Vía Francígena.
Habiendo salido de la oficina de turismo, la verdad me fui un poco decepcionado porque yo sabía que era difícil encontrar a alguien para charlar. De todas maneras, un poco decepcionado por no poder tener nadie con quien hablar y, de manera respetuosa y con crítica constructiva, decir algunas cosas que podrían mejorarse, no solo por la Vía Francígena sino lo más importante para otros peregrinos.
Como dije, después terminamos tomando un tren para Parma para quedarnos en la casa de una de las amigas de Ylenia, donde al día siguiente nos íbamos a tomar un día de descanso para conocer Parma.
Día 69: Día de descanso en Parma
Parma – Día de descanso
Día completo de descanso en Parma para conocer esta hermosa ciudad.
Parma es mucho más que la ciudad del Parmigiano Reggiano y del Prosciutto di Parma. Es una ciudad de arte, cultura y música que fue capital del Ducado de Parma y Piacenza bajo la dinastía Farnese.

La ciudad tiene orígenes antiguos que se remontan al Paleolítico Inferior, con evidencias posteriores de la Edad de Bronce. Fue fundada como colonia romana en 183 a.C. a lo largo de la Via Aemilia. Durante la Edad Media se convirtió en un importante centro religioso y cultural.
En el Renacimiento, bajo los Farnese, Parma vivió su época de máximo esplendor. El Teatro Farnese, construido enteramente en madera en 1618, es uno de los teatros más importantes del mundo. La Catedral de Parma, con su magnífica cúpula pintada por Correggio que representa la Asunción de la Virgen, es una de las obras maestras del arte renacentista italiano.

Giuseppe Verdi, uno de los compositores de ópera más importantes de la historia, nació cerca de Parma. La ciudad respira música por todos lados, y el Teatro Regio es uno de los templos de la ópera más respetados de Italia.
Pasamos el día recorriendo el centro histórico, visitando la Catedral y el Baptisterio, paseando por las plazas, y por supuesto, comiendo. Parma es la capital del «Food Valley» italiano, y aquí la comida no es solo alimento, es cultura, es historia, es identidad.
Día 70: De Fidenza a Medesano – Las primeras colinas
Fidenza – Medesano | 18 km
Hoy volvía a caminar después de mi día de descanso en Parma, así que me desperté a las 7:30 de la mañana. A las 8 ya estaba listo para salir y llegué para tomar el tren de Parma a Fidenza a las 8:30 de la mañana. El tren tardaba unos 15 minutos nada más, me dejó en la estación de Fidenza y de ahí directamente empecé a caminar, pasando por el pueblo para retomar la Vía Francígena y continuar el camino.
El día de hoy no iba a ser tan largo, pero lo que sí, ya empezábamos a dejar afuera lo que era la llanura padana. Ya empezaban a ser un poquito más de subidas y bajadas, que eran mucho mejor después de estar dos semanas prácticamente caminando entre campos en plano.
Lo que era la salida de la ciudad, casi como todas, un poquito de carretera. Pero después lo bonito es que se metía en un sendero entre los campos donde la gente iba a pasear en bici y caminando. Después se empezaba a meter más adentro entre campos y empezaba lo que era hacer la primera subida después de dos semanas de estar caminando totalmente en plano, lo que ponía a prueba mis cuádriceps y mis gemelos, mis piernas, después de tanto tiempo.

Los Apeninos son la cadena montañosa que atraviesa toda la península italiana de norte a sur, como una espina dorsal. Con unos 1.200 kilómetros de longitud, dividen la península en dos vertientes: la adriática al este y la tirrena al oeste.
A diferencia de los Alpes, que son de origen geológico más antiguo y formados por el choque de placas continentales, los Apeninos son montañas más jóvenes, formadas hace unos 20 millones de años. Son menos altas que los Alpes (el punto más alto es el Corno Grande en el Gran Sasso, con 2.912 metros), pero no por eso menos impresionantes.
Para los peregrinos de la Vía Francígena, los Apeninos representan el último gran desafío montañoso antes de descender hacia Roma. El paso más emblemático es el de Cisa, a 1.041 metros de altitud, que marca la entrada a la Toscana.
Después de esas primeras subidas en una colinita, venía lo que era de nuevo carretera, pero era una carretera secundaria. Y lo bueno es que en esta parte la carretera tenía un pequeño senderito al costado diferenciado y con una valla de palos de madera, de roble, para que no sea peligroso. Lo cual fue la primera vez que me pasó en Italia algo así.

Así comenzó otra subida que era todo por carretera, la más importante que iba a ser durante este día, hasta el fin de la subida, que era un castillito chiquitito con apenas una torre. Pero lo que sí había era un refugio para peregrino con dos mesas, bancos y una fuente de agua.
El problema era que estaba en el medio del sol, entonces yo me senté en un costadito en la sombra y después sí ya empecé a comer, ya era la hora del almuerzo, a las 11:30 de la mañana. Entonces comí unos sándwiches, descansé un poco y tomé agua para recargar energías para continuar caminando.
Después del descanso seguí caminando y lo que continuó eran todas colinitas, pequeñas subidas y bajadas. Se veía campo, girasoles e incluso, en un momento, si miraba para atrás, se veía toda la llanura padana, todo plano exactamente para atrás, todo lo que había dejado atrás. Y ahora me empezaba a meter en las montañas, más específicamente en los Apeninos.
Seguí unos cinco kilómetros más hasta llegar al pueblo de Cella, donde también decidí descansar otro poquito porque había un lindo parque, había una fuente de agua. Ahí descansé, tomé agua y había una familia almorzando que me ofrecieron comida. Yo le dije que no inicialmente, que muchas gracias, que ya había comido, pero de todas maneras me siguieron ofreciendo.

Incluso estaba hablando con uno de los curas del pueblo, y como me ofrecieron tanto, acepté un par de pizzas para que me quedaran para la cena o para el día siguiente.
Una vez terminé de descansar y agradecer a la familia, me despedí y continué mi camino. Lo que seguía básicamente era por senderos de tierra más que nada.
Ya quedaban unos 5 kilómetros hasta llegar a Medesano, que era el pueblo donde me iba a quedar. Al llegar a Medesano comenzaba carretera, lo normal de entrada a pueblos o ciudades.

En cuanto llegué fui directamente al bar a pedir una cerveza y aprovechar y cargar un poco el Power Bank. Después de eso tenía pensado acampar. El Plan B era un albergue parroquial que había ahí.
Entonces fui al parque de Medesano, que era donde pensaba acampar. Vi que era un campo muy abierto, que no no había mucha gente, y había un lugar de juegos para niños, una mesa y fuente. Decidí quedarme ahí porque no había prácticamente nadie.
Entonces a las 8 de la noche monté la tienda y ya me quedé en la noche cenando ahí y descansando para comenzar al día siguiente.
Reflexiones de la Semana 10
Esta décima semana fue un collage de emociones contradictorias. Alegría por dejar atrás la llanura padana y sus kilómetros infinitos de monotonía, pero frustración profunda con la infraestructura de la Vía Francígena. Felicidad por reencontrarme con Ylenia y compartir el camino con ella, pero agotamiento físico y mental que me recordó que este viaje sigue siendo un desafío constante.
Decidí no tomar el barco de Danilo. Sé que para muchos peregrinos esa experiencia de cruzar el Po en barca es especial, casi mágica. Pero yo quería hacerlo todo caminando. Quería poder decir que cada kilómetro de este camino lo hice con mis propios pies. ¿Valió la pena? Físicamente, no. Fueron 20 kilómetros duros, calurosos, sin sombra, por asfalto. Pero simbólicamente, sí. Porque este camino es mi camino, y quería hacerlo a mi manera.
Si tuviera que elegir el peor tramo de toda la Vía Francígena hasta ahora, sin duda sería la salida de Piacenza. Dos kilómetros caminando en la línea blanca de una carretera principal, con camiones y coches pasando a más de 50 kilómetros por hora, a centímetros de distancia, sin ningún espacio para refugiarme, fue aterrador.
No es exageración decir que sentí que mi vida estaba en peligro. Cada vez que escuchaba un camión acercándose por atrás, me pegaba lo más posible al borde, rogando que no me rozara. ¿Cómo es posible que un camino de peregrinación, un camino histórico reconocido por el Consejo de Europa, tenga tramos así de peligrosos?

Me enojé. Me enojé mucho. No con los conductores, que probablemente ni se daban cuenta de que había un peregrino ahí. Me enojé con la falta de infraestructura, con la falta de consideración para los peregrinos, con la sensación de que nadie se preocupa realmente por la seguridad de quienes caminamos esta ruta.
Después de dos semanas caminando completamente en plano, las primeras colinas me recordaron que tengo piernas. La llanura es monótona no solo visualmente, sino físicamente. Usás siempre los mismos músculos, el mismo movimiento, una y otra vez.
Y las vistas. Dios, las vistas. Poder ver hacia atrás y ver toda la llanura padana que había dejado atrás, y hacia adelante ver los Apeninos acercándose, fue emocionante. Era la confirmación visual de que el camino avanza, de que cada día me acerco más a Roma.
Algo que he aprendido en este camino es que no podés verlo todo, no podés experimentarlo todo. Tenés que elegir. Y a veces esas elecciones te dejan con la sensación de que te perdiste algo importante.
He caminado el Camino de Santiago. Y ahora estoy caminando la Vía Francígena. Y tengo que ser honesto: la Vía Francígena está muy por debajo en términos de infraestructura.
No es solo la señalización inconsistente, aunque eso es un problema. No es solo los tramos peligrosos de carretera, aunque eso es un problema serio. Es la sensación de que este camino no está realmente preparado para el volumen de peregrinos que recibe (y no son muchos).
Los albergues son escasos y a menudo caros comparados con el Camino de Santiago. Las opciones de comida en el camino son limitadas. Las fuentes de agua no son consistentes. Y lo más preocupante: la seguridad no está garantizada.
No digo esto para desanimar a futuros peregrinos. La Vía Francígena es un camino hermoso, histórico, significativo. Pero hay que venir preparado, sabiendo que no va a ser tan fácil como el Camino de Santiago.
El camino continúa. Y yo con él. Un paso a la vez. Una colina a la vez. Hasta Roma.
