Semana 12: Descubriendo la magia de la Toscana

Prólogo: Un cambio de aire y de ritmo

Hay una sensación muy particular cuando llevás casi 80 días caminando: el cuerpo ya sabe lo que hace, funciona en piloto automático, pero la cabeza empieza a buscar cosas nuevas. Esta semana marcó un punto de inflexión. Dejé atrás la brisa del mar y la dureza de los Apeninos para sumergirme de lleno en esa Italia que todos tenemos en la retina: la Toscana.


Día 78: De Montignoso a Valpromaro (33 km)

La selva, el arte y una despedida bajo el sol.

Hoy sabía que el día iba a ser largo, de esos que te piden paciencia, pero extrañamente me desperté a las 7 de la mañana con una calma total. Nada de apuros. Desayuné con Vito, el hospitalario de la casa «Il pane e la rosa«, un tipo tranquilo con el que la charla fluyó fácil, como si nos conociéramos de siempre. A las 7:30, café en mano y con la panza llena, me preparé mentalmente. A las 8 arranqué: tenía 33 kilómetros por delante hasta Valpromaro.

La etapa empezó con un regalo visual. Apenas salí de Montignoso, enfrenté una subida corta, de unos cien metros de desnivel. Al llegar arriba, el paisaje me devolvió el esfuerzo: el Castillo de Aghinolfi se imponía a un costado y, al fondo, el mar Tirreno brillaba. Fue la última postal costera antes de meterme tierra adentro.

Después de hidratarme en una fuente en el primer pueblo, el camino se puso un poco áspero. Mucho asfalto hasta Camaiore, lo cual siempre te castiga un poco las plantas de los pies. Pero la verdadera aventura llegó al bordear un río. La señalización desapareció y me encontré metiéndome por un sendero que parecía más una selva que una ruta europea. Tuve que abrirme paso entre arbustos cerrados y cañas, medio a los ponchazos, y por un momento pensé: «¿Dónde me metí?». No había paso claro, pero por intuición retomé el rumbo hasta que el caos dio paso a un sendero prolijo que me llevo a Pietrasanta.

En Pietrasanta hice la parada técnica obligatoria. Compré el almuerzo en un súper y me senté en la plaza central, frente a una fuente, a descansar las patas. Llevaba 12 km y necesitaba ese respiro. La ciudad es preciosa, llena de esculturas y con un aire bohemio que te invita a quedarte, pero había que seguir.

El tramo hacia Camaiore tuvo su toque exótico: crucé un bosque de cañas de azúcar (o cáñamo, no estoy seguro) altísimas, que formaban un túnel verde de 500 metros. Me habían dicho que esa parte solía ser una jungla impasable (otros peregrinos me habían mostrado fotos), pero por suerte estaba recién cortada y se caminaba joya.

Al llegar a Camaiore, viví uno de esos momentos que te deja el camino. Me reencontré con una peregrina cubana con la que venía coincidiendo. Ella terminaba su viaje ahí. Caminamos los últimos 5 km juntos y, a modo de despedida, me invitó una cerveza. Brindamos por los kilómetros compartidos y nos dimos un abrazo. Ella se quedó, y yo seguí mi marcha solitaria hacia el final de la etapa.

Para llegar a Valpromaro, el camino me dio dos opciones: la fácil (ruta plana) o la difícil (naturaleza y subida). Como buen masoquista, elegí la naturaleza. Me metí en el monte Gualdo. ¡Qué error y qué puntería a la vez! La subida fue intensa, muy empinada, de esas que te hacen transpirar la gota gorda, pero al llegar a la cima del pueblo de Gualdo, las vistas pagaron cada gota de sudor.

Bajé con cuidado y, después de 7 u 8 horas de caminata, llegué a Valpromaro a las 17:30. Estaba destruido, pero Rita, la voluntaria del albergue (que había hecho la Via Francigena completa el año anterior), me recibió con una calidez que me resucitó (De hecho estuvimos hablando como 10 minutos al conocernos, yo todo transpirado y todavía con la mochila).

Duchita, relax y a las 19:30 cena comunitaria con Rita, un local y Alex, un peregrino que ya es cara conocida. Dormí como un tronco.


Día 79: De Valpromaro a Lucca (y escapada a Pisa)

Patinando en el barro y la torre torcida.

Hoy el plan era «light»: solo 15 km hasta Lucca. Pero el clima tenía otros planes. Desde las 6 de la mañana se largó a llover con ganas. Me desperté, miré por la ventana y el panorama era gris oscuro. Esperé, hice fiaca, y recién a las 8, cuando paró un poquito, decidí salir.

Fue una de esas mañanas complicadas. La lluvia había dejado todo hecho un jabón. La subida inicial por el bosque fue una lucha contra la humedad: transpiraba por el impermeable y me mojaba por la lluvia. Y el camino… un desastre. Árboles caídos, ramas en el medio, flores con espinas que se te enganchaban y piedras resbalosas. Tanto en la subida como en la bajada tuve que ir con mil ojos para no darme un porrazo.

Por suerte, al terminar el descenso y tocar asfalto, el cielo se calmó y empezó a despejar. Faltando 6 km para Lucca, paré en el primer bar que ví (que me tuve que desviar). Me pedí un capuchino caliente, me comí unas barritas de cereal y sentí que el alma me volvía al cuerpo.

La entrada a Lucca es espectacular. No entrás por una avenida fea; cruzás un puente y caminás kilómetros por el parque fluvial del río Serchio, rodeado de verde, hasta que de golpe te chocás con las murallas de ladrillo rojo. Entré por la Puerta San Donato y sentí esa satisfacción de haber vencido al mal tiempo.

Pero mi día no terminaba ahí. Decidí no quedarme quieto. Me fui directo a la estación y me tomé el tren a Pisa. Llegué a las 13:30, justo para almorzar. Hice check-in en el hostel, me clavé una siesta de una hora (sagrada) y salí a turistear.

Ver la Torre de Pisa, el Baptisterio y la Catedral fue un cambio de ritmo total. De peregrino embarrado pasé a turista con cámara de fotos. Caminé tranquilo, disfruté la tarde y me fui a dormir temprano, sabiendo que al día siguiente me tocaba descanso total.


Día 80: Descanso en Lucca

Recargando energía.

Este día me lo tomé para mí. Volví de Pisa a Lucca y dediqué el día 80 exclusivamente a descansar las piernas y la cabeza. Caminé Lucca sin la mochila (¡qué liviano te sentís!), lavé ropa y me preparé para recibir a Simone, mi amigo italiano que se sumaba al viaje al día siguiente. Fue la pausa necesaria (La última que haré hasta llegar a Roma) antes de encarar el corazón de la Toscana.


Día 81: De Lucca a Galleno (con Simone)

Compañía nueva, ritmo acelerado y picnic en la ruta.

Hoy el camino cambió de dinámica: ya no estaba solo. Se sumó Simone, un amigo italiano que me va a acompañar hasta Siena (siendo su primer camino). Como era su primer día, nos lo tomamos con calma al principio. Chequeo de mochila, ajustes de correas y a las 8 salimos.

La salida de Lucca fue lo típico de ciudad grande: mucho asfalto, zonas industriales y tráfico. No es la parte más linda, pero es necesaria.

Lo gracioso fue el ritmo. Yo quería ir tranqui para que él se acostumbrara, pero Simone arrancó con todo, caminaba rapidísimo. ¡Parecía que quería llegar a Roma en dos días! Tuvimos que ir ajustando el paso.

Caminamos dos horas y media hasta Porcari, donde paramos en un parquecito con fuente a descansar y comer algo. Ahí aproveché para darle la «bajada de línea» sobre cómo es la vida del peregrino día a día.

Seguimos hasta Altopascio. En teoría, ahí terminaba la etapa oficial. En este pueblo paramos en una tienda, compramos focaccia fresca, un poco de fiambre y unas cervezas. Nos sentamos, nos armamos unos «paninis» espectaculares y descansamos un buen rato.

Como la etapa oficial era corta (18 km) y Altopascio no nos convencía mucho para dormir, decidimos tirar 5 km más hasta Galleno y así acortar el día siguiente. Fue una gran decisión. Esos últimos kilómetros fueron hermosos: dejamos la ruta y entramos en bosques nativos, pisando la antigua calzada medieval empedrada.

Llegamos a Galleno a las 16:30. Como el check-in era a las 17:00, hicimos tiempo en un parque, charlando. Terminamos el día con el ritual clásico: ducha, lavar ropa a mano y cerrar la noche en una pizzería local, porque en Italia, la pizza cura todos los dolores.


Día 82: De Galleno a San Miniato Alto

El cruce de caminos y la subida final.

Segundo día con Simone. Me estoy tomando esta semana casi como unas vacaciones; tener con quien charlar hace que las horas vuelen y te olvidás un poco del cansancio.

Desayunamos en la cocinita del albergue y salimos a las 8. Los senderos de tierra nos metieron cada vez más en el paisaje toscano.

Cruzamos el Ponte a Cappiano, un puente histórico construido por los Médici que controlaba el paso de las aguas y los viajeros. A partir de ahí, caminamos kilómetros al lado de un canal. Era todo campo abierto. Le dije a Simone: «Mirá, esto es como un ‘déjà vu’ de la Llanura Padana: lindo los primeros 15 minutos, pero después se hace eterno y monótono».

Llegamos a Fucecchio para el café de media mañana y ahí me llevé una sorpresa. Empecé a ver carteles que decían «Romea Strata» en lugar de Vía Francígena.

Resulta que la Romea Strata es otra ruta de peregrinación inmensa que viene desde Estonia (¡4000 km cruzando Europa!) y se une con la nuestra justo acá. A partir de Fucecchio, los peregrinos del norte y del este caminan juntos hacia Roma. Me pareció una locura descubrir este camino de peregrinación, algún día lo haré.

Seguimos entre campos hasta San Miniato Basso (la parte baja de la ciudad). Como buenos peregrinos ahorradores, paramos en un súper, compramos la comida y la cena, y almorzamos ahí mismo en unas mesitas.

Lo duro vino al final: la subida a San Miniato Alto. Son solo unos kilómetros, pero con 150 metros de desnivel que se sienten en las piernas. Sin embargo, llegar al Convento de San Francesco valió la pena. El pueblo es una joya medieval colgada en la cima de una colina.

El albergue costaba 15€, pero la cena que ofrecían salía 16€, lo cual nos pareció un precio desorbitante para un peregrino. Así que usamos nuestras provisiones del súper, cenamos y nos fuimos a dormir temprano después de pasear por el pueblo y ver una atardecer increíble desde la torre.


Día 83: De San Miniato a Gambassi Terme

La Toscana de postal y una bronca turística.

Nos levantamos 7:30, desayuno rápido y a la ruta. Hoy sí, el paisaje gritó: «¡Estás en la Toscana!». Dejamos atrás lo plano y nos empezamos a mover entre colinas suaves, viñedos infinitos y olivares.

En un momento encontramos un rincón muy especial: un árbol rodeado de piedras apiladas y una caja. Un cartel en inglés invitaba a dejar un «pensamiento» o un arrepentimiento escrito. Es una tradición peregrina: soltar carga emocional para caminar más liviano.

Más adelante, vimos una escultura de hierro que celebraba los 20 años de la Vía Francígena. Paramos en una fuente al lado de una carretera a descansar y ponernos repelente (los mosquitos estaban un tanto molestos). Ahí conocimos a una neozelandesa y una turca, y el grupo se agrandó un ratito.

Los últimos 5 km fueron puro espectáculo visual: subidas y bajadas entre los famosos campos toscanos y poco a poco se iban dejando mostrar los cipreses, esos árboles altos y flacos que parecen custodios del camino.

Llegamos al Ostello Sigerico en Gambassi Terme. El lugar es hermoso, tiene un parque con vistas increíbles, pero me llevé un trago amargo. Nos cobraron 16€ por la cama y, encima, 1€ de «impuesto al turista».

Me pareció una falta de respeto total. Un peregrino que camina 3 meses con lo justo no es un turista que viene de fin de semana en auto. No disponemos de ese dinero extra (si estas leyendo y 1€ no te parece nada, pensá en los días que llevo caminando, si todos los días dispensara de 1 o 2€ más, seria 80 o 160€ adicionales) y el espíritu del camino debería ser otro. Me dio bronca, la verdad.

Para no darles el gusto con la cena (que también era carísima, 15€), con Simone y Guillermo (un español que se unió a nosotros) caminamos 10 minutos hasta el pueblo. Encontramos un bar auténtico, comimos rico, tomamos birra y nos reímos un rato, olvidándonos del impuesto y disfrutando de la compañía.


Día 84: De Gambassi Terme a San Gimignano

El Manhattan medieval y un lavado de pies que emociona.

Hoy era un día de disfrute: solo 14 km. Nos levantamos sin despertador, desayunamos un cornetto y un capuchino en un parque y arrancamos.

El camino fue un placer. Senderos de tierra roja, viñedos a los costados y colinas verdes. A lo lejos, ya se recortaba la silueta inconfundible de San Gimignano con sus torres.

Teníamos un poco de incertidumbre porque el albergue era un donativo (pagás lo que podés/sentís) y funcionaba por orden de llegada. De hecho Guillermo se nos había adelantado por la mañana y estábamos a la espera que llegue y nos diga cuanta gente había esperando en la puerta para ver si teníamos lugar.

Llegamos al mediodía y tuvimos suerte: había lugar. Nos recibieron Giuseppina y Gianni, dos voluntarios italianos que son puro corazón. Nos hicieron sentir en casa al instante. Dejamos las mochilas y nos fuimos a recorrer el pueblo, a comer y tomar una cerveza esperando la hora del check-in.

A la tarde pasó lo más lindo de la semana. Éramos 8 peregrinos en total. A las 19:00, en una terraza al fondo de la iglesia y con el sol cayendo, Giuseppina nos reunió. Hizo una pequeña oración y procedió a realizar la ceremonia del lavado de pies, tal como se hacía antiguamente (y como hizo Jesús).

Fue muy fuerte. Pasó uno por uno, nos lavó los pies cansados y nos dedicó unas palabras deseándonos salud para llegar a Roma. Se me hizo un nudo en la garganta. Si bien no soy Católico (soy agnóstico), este acto va más allá de la religión, significa la apreciación de otra persona de lo que estás haciendo, que no estás solo y que realmente te desean lo mejor, no solo en el camino, sino en la vida. Después, cenamos todos juntos una pasta riquísima con vino, charlando en una mezcla de idiomas.

Esa noche me fui a dormir pensando que, a pesar de los impuestos turísticos y los negocios, todavía queda gente que mantiene vivo el verdadero espíritu de la Vía Francígena.


👣 Reflexión de la Semana

Esta semana fue una lección sobre la hospitalidad y el contraste. Pasé de sentirme un cliente más en Gambassi (donde era un número que pagaba impuestos) a sentirme un hermano en San Gimignano, donde unos desconocidos me lavaron los pies.

El camino tiene eso: te da y te quita. Te cansa con el barro y la lluvia de Lucca, pero te recompensa con la belleza exagerada de los paisajes toscanos. Y sobre todo, me enseñó que la carga se hace más liviana cuando se comparte. La llegada de Simone, las charlas con Guillermo y la cena con los voluntarios me recordaron que, aunque camines solo, nunca estás realmente solo en la ruta a Roma.

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