Semana 13: El adiós a los amigos y días interminables

Prólogo: La montaña rusa emocional Si tuviera que definir esta semana con una palabra, sería intensidad.

Pasé de la euforia de compartir el camino con grandes amigos y brindar con vino en cenas comunitarias, a la crudeza de volver a caminar solo, despertándome a las 5 de la mañana para desmontar la carpa en la oscuridad absoluta. Fue la semana de los contrastes: disfruté de baños termales de lujo en medio de la naturaleza, pero también tuve que saltar vallas para cruzar puentes clausurados jugándome el pellejo. Y en el medio, la Toscana me regaló su cara más famosa: la Val d’Orcia, con sus colinas peladas y sus amaneceres de neblina. Ah, y un detalle no menor: después de casi 90 días, vi el primer cartel de tránsito que decía la palabra mágica: ROMA.


Día 85: De San Gimignano a Abbadia a Isola (25 km)

Aguas turquesas y una recepción con gusto a poco.

Nos despedimos de San Gimignano y de la calidez de Giuseppina con la mochila cargada de buena energía. Hoy el grupo seguía firme: Simone, Guillermo (que se nos unía en los tramos) y yo. El destino era Abbadia a Isola, pero el camino nos tenía reservada una joya antes de llegar.

Al poco tiempo de salir, nos encontramos con una bifurcación clave. El camino «oficial» iba hacia la derecha, pero la variante de la izquierda nos llevaba hacia Colle di Val d’Elsa. Nos habían dicho que esta ruta bordeaba un río espectacular. No lo dudamos ni un segundo: elegimos el agua. Y menos mal que lo hicimos.

Caminamos un buen rato entre viñedos (donde, confieso, «tomamos prestados» unos racimos de uvas para hidratarnos bajo el sol) hasta llegar al pueblo. Ahí nos reagrupamos con Guillermo, paramos en un supermercado Conad y nos armamos un picnic improvisado al lado del supermercado. Con la panza llena, encaramos hacia el río.

Lo que encontramos fue el Parque Fluvial del Elsa. Te juro que el color del agua no parecía real: un turquesa intenso, típico de aguas con minerales. El sendero iba pegado al río durante unos 2 kilómetros, cruzando de una orilla a la otra saltando sobre piedras que hacían de puente. Hacía un calor tremendo, así que cuando vimos un lugar tranquilo donde no había nadie, tiramos las mochilas y nos tiramos. Estuvimos unos 15 minutos en el agua fresca, reviviendo los músculos. Me cambié las zapatillas por las sandalias y caminé el resto del sendero sintiendo el aire en los pies. Fue un momento de felicidad pura.

Pero el final del día tuvo un sabor agridulce. Llegamos a Abbadia a Isola, un pequeño pueblo donde hay una abadía histórica. Fuimos al albergue que se supone es «donativo» para peregrinos de larga distancia (más de 14 días caminando). Nos recibió Mirella, la hospitalera. La verdad, la onda no fue la mejor. Nos decían una cosa, después otra, una desorganización total.

Y lo peor fue el momento de la «donación»: en lugar de la clásica caja anónima donde uno pone lo que puede de corazón, me hizo darle la plata en la mano y me extendió un recibo formal. Eso ya no es donativo, es un cobro encubierto. Me pareció una actitud muy poco hospitalaria. Por suerte, la noche la salvamos nosotros: Simone cocinó una pasta carbonara espectacular, abrimos un vino y brindamos los tres, olvidándonos del mal trago de la recepción.


Día 86: De Abbadia a Isola a Siena (Fin de una etapa)

La fortaleza, el abuelo generoso y la despedida en la Piazza.

Hoy me desperté sabiendo que era un día importante. Llegábamos a Siena y, con ello, se terminaba el camino para Simone y Guillermo. Nuestra primera parada fue Monteriggioni, esa fortaleza amurallada que se ve desde kilómetros. Como ya venimos con «viveza criolla» de peregrino, paramos a desayunar en un bar 500 metros antes de entrar, sabiendo que adentro los precios son para turistas y no peregrinos. Café, cornetto y ahora sí, a conquistar el castillo.

Adentro nos esperaba Guillermo. Nos tomamos otro café (esta vez sí, pagando los dolorosos 2,50€ por estar en un lugar turístico) y sellamos las credenciales en la iglesia.

Al seguir camino, el calor empezó a apretar. Y en medio de la nada, apareció un espejismo: una mesita bajo un árbol con café caliente, té, galletitas y botellas de agua. Un cartelito escrito a mano decía que era gentileza de un abuelo de 96 años que vivía en la casa de enfrente. Tenía una jarrita para donaciones voluntarias. Nos tomamos un café, comimos unas galletas y le dejamos una nota de agradecimiento enorme. Después de la frialdad de ayer, este gesto de un señor mayor nos devolvió la fe en la humanidad.

Más adelante paramos en otro refugio de peregrinos que tenía un bar a donación. El dueño nos comentó, un poco bajoneado, que este año había pocos caminantes. Los últimos 8 kilómetros hacia Siena fueron duros. El sol pegaba fuerte y a Simone le empezó a doler la rodilla. Tuvimos que parar un par de veces para que se hiciera masajes. Yo trataba de distraerlo cantando y charlando para que no pensara en el dolor.

Finalmente, entramos a la ciudad y bajamos hacia la Piazza del Campo. Es imponente. Ahí nos dimos el abrazo final. Sacamos la foto de rigor y festejamos sus 135 km desde Lucca. Ellos terminaban, yo seguía. Me alojé en la acogida de Santa Luisa (un lugar donativo real, llevado por monjas) y a la noche nos fuimos a un buen restaurante a comer como reyes para despedirnos. Fue un cierre de etapa perfecto.


Día 87: Descanso en Siena

Turismo de bajo presupuesto.

Me quedé un día entero en Siena para descansar las piernas. Es una ciudad medieval alucinante, de ladrillo rojo y calles empinadas. Sin embargo, me llevé una decepción con la Catedral (el Duomo).

Tenía muchas ganas de entrar, dicen que el piso de mármol es único en el mundo, pero la entrada era carísima y no ofrecían ningún descuento para peregrinos. Cuando llevás casi 90 días caminando y cuidando cada euro, gastar tanto en una entrada duele. Así que me tocó admirar la fachada desde afuera, con un poco de tristeza, sintiendo cómo a veces el negocio turístico se olvida del peregrino tradicional.


Día 88: De Siena a Ponte d’Arbia (26 km)

Globos al amanecer y el regreso a la carpa.

A las 6:00 AM ya estaba despierto. Desayuné rápido y a las 7:00 salí de Siena. Volvía a estar solo. La sensación era rara, una mezcla de libertad y nostalgia por los amigos que se fueron. Pero el camino me dio la bienvenida de nuevo con un regalo: durante casi una hora y media, un globo aerostático estuvo flotando sobre los campos mientras amanecía. Ver ese globo colorido contrastando con el cielo y los campos de la Toscana fue una postal que me acompañó gran parte de la mañana.

El paisaje cambió radicalmente. Entré en la zona de las Crete Senesi (las arcillas senesas), un paisaje casi lunar, de colinas peladas y tierra grisácea. A las 10 de la mañana ya hacían 30 grados. El sol no perdonaba y la sombra escaseaba. Por suerte, la señalización mejoró: ahora te avisan cuánto falta para la próxima fuente de agua (¡gracias!). En una parada técnica me crucé con un grupo de italianos y franceses, socializamos un poco, pero cada uno siguió su ritmo.

Llegué a Ponte d’Arbia pasado el mediodía. Mi plan era volver a las raíces: acampar. Había visto en una app (wildhood) que cerca del río había un lugar de pesca donde se podía poner la tienda. Fui a chequearlo: estaba a unos 300 metros del pueblo, tranquilo y plano. Perfecto.

Como era muy temprano, volví al pueblo, me senté en un bar, me pedí una cerveza y cargué el celular mientras hacía tiempo. A las 18:00 volví a mi spot, armé la carpa, cené escuchando el ruido del agua y me dormí temprano. Estaba oficialmente de vuelta en la vida salvaje.


Día 89: De Ponte d’Arbia a Bagno Vignoni (33 km)

El primer cartel de Roma y un spa bajo las estrellas.

El despertador sonó a las 5:30 AM. Noche cerrada. Desarmar la carpa con la luz del teléfono y empezar a caminar sin ver nada requiere fuerza de voluntad. Pero tenía dos motivos: evitar el calor y llegar a las termas.

El amanecer fue mágico. Caminaba por la cresta de las colinas; a mi derecha veía salir el sol y a mi izquierda, el valle estaba cubierto por una alfombra de neblina espesa. Yo estaba por encima de las nubes. Llegué a Buonconvento a las 7:30, justo cuando abrían los bares. Me tomé un capuchino glorioso y seguí viaje. El paisaje acá es la Toscana de las películas: cipreses alineados en el horizonte, viñedos y granjas de piedra.

A los 18 km llegué a Torrenieri. Paré en el súper, compré almuerzo (yogur, jugo, algo fresco) y cené. Y justo a la salida del pueblo, pasó: vi un cartel de ruta azul que decía «ROMA». Parece una pavada, pero después de 3 meses, 90 días y más de 1.800 kilómetros desde Inglaterra, leer «Roma» en un cartel oficial te pone la piel de gallina. Ya no es una idea abstracta, es un lugar físico al que estoy llegando.

Seguí 7 km más hasta San Quirico d’Orcia. Ahí me crucé con John y Carma, una pareja de canadienses muy amables con los que venía caminando juntos desde Lucca, que me invitaron una cerveza. Charlamos 20 minutos y encaré el tramo final hacia Bagno Vignoni.

Llegué a las 18:30 y fui directo al «Parque de los Molinos», donde el agua termal cae por la montaña formando piletones naturales gratuitos. No lo dudé: me quedé en bóxer y me metí. El agua estaba caliente y relajante. Estuve 30 minutos ahí, flotando y mirando el cielo, limpiándome el cansancio de 33 km.

Cené en un parque y busqué mi lugar para dormir: un rincón medio escondido cerca de una central eléctrica, protegido por unas rejas. Armé la carpa rápido y a las 19:30 ya estaba durmiendo.


Día 90: De Bagno Vignoni a Radicofani (35 km)

Pánico en el puente y la subida infinita.

Otra vez arriba a las 5:30 AM. Hoy tocaba la etapa reina de la Toscana: subir a Radicofani. Salir de noche tuvo su dosis de adrenalina, no veía prácticamente nada. El GPS me mandaba cruzar un puente para salir del pueblo. Cuando llegué… estaba cerrado. Había vallas de obra, carteles de prohibido pasar y oscuridad total. Me quedé helado.

Eran las 6 de la mañana, no se veía nada. ¿Qué hacía? ¿Volvía atrás? El puente era largo y alto. Después de pensarlo 5 minutos, tomé aire y decidí arriesgarme. Salté las vallas y empecé a caminar rápido, agarrándome fuerte de la baranda, rezando para que la estructura aguantara (quizás pienses que no es para tanto, pero en el medio de la noche donde no hay nada ni nadie, sin la seguridad si es que el puente está terminado o si resiste, realmente da miedo). Cuando llegué al otro lado, sentí que me volvía el alma al cuerpo.

Mientras amanecía, me crucé con varios cazadores armados (algo muy común en esta zona rural), lo que le daba un toque medio inquietante a la mañana.

A media etapa, decidí hacer un desvío. Eran 6 km extra (3 de ida y 3 de vuelta), pero decían que valía la pena. Fui a Bagno San Filippo. Para llegar tuve que rodear una propiedad privada porque el camino estaba cortado, pero valió la pena. Son unas termas naturales increíbles, donde el calcio ha formado una montaña blanca que parece un glaciar, llamada la «Ballena Blanca». El agua cae caliente en cascadas. Me di un baño, almorcé y descansé un rato.

Pero había que pagar el precio del relax. Volví al camino principal y enfrenté los últimos 9 km hacia Radicofani. Es una subida constante de 400 metros de desnivel. Ya era tarde, el sol pegaba de frente y las piernas pesaban toneladas. Veía la torre de la fortaleza allá arriba y parecía que no llegaba nunca. Paré a mitad de camino en un descanso a respirar. Finalmente, a las 16:00, llegué a la cima. Estaba muerto, había caminado 35 km con desnivel y calor. Me alojé en el Ospitale Santi Pietro e Giacomo (donativo), me cociné una pasta con lo que había ahí y caí rendido en la cama.


Día 91: De Radicofani a Acquapendente (25 km)

Niebla, peligro en la ruta y el paraíso de Shangri-La.

Me desperté 6:30 con la ilusión de ver la famosa vista panorámica desde la cima de Radicofani. ¿La realidad? Una niebla tan espesa que no me veía ni los pies. Una lástima, porque dicen que es una de las mejores vistas de Italia.

La bajada fue entre la bruma, cruzándome con rebaños de ovejas que aparecían como fantasmas. Al llegar al valle, la niebla se levantó, pero empezó la parte fea del día. Entramos en la región del Lazio.

Los últimos 7 km hasta Acquapendente fueron horribles: todo por la Via Cassia, una ruta nacional con autos pasando a toda velocidad y sin banquina ni sendero peatonal. Tuve que caminar pegado al asfalto, con mil ojos, sintiendo el viento de los camiones. Un peligro total.

Pero el día tuvo un final de película. Yo había reservado para acampar en una granja llamada Shangri-La, gestionada por Cinzia y Marco, una pareja que hace permacultura. Quedaba un poco alejada, pero al llegar, el lugar era un paraíso.

Como estaba pronosticada una tormenta fuerte, Cinzia me dijo: «Ni se te ocurra armar la carpa, vení a dormir adentro». Me dieron una cama en una habitación sin cobrarme extra. La casa funciona con paneles solares y todo lo que comen lo cultivan ellos. Además, resultó ser el cumpleaños de Cinzia.

Cenamos una pasta vegetariana increíble con ingredientes de la huerta, abrimos el vino que yo había comprado y festejamos con Marco y Michael, un inglés que venía haciendo etapas de 40 km por día (¡una máquina!).

Dormir ahí, protegido de la lluvia, con la panza llena y el corazón contento por tanta hospitalidad, fue el cierre perfecto para una semana durísima.


👣 Reflexión de la Semana

Esta semana aprendí que el camino te pone a prueba justo cuando pensás que ya lo tenés dominado. La soledad volvió a ser mi compañera, pero esta vez fue distinta: ya no me pesa tanto.

Cruzar puentes prohibidos en la oscuridad o caminar por rutas peligrosas me hizo estar más alerta que nunca, pero momentos como el baño en las termas de Bagno Vignoni o la cena de cumpleaños en Shangri-La me recordaron que siempre hay una recompensa al final del esfuerzo.

Y ese cartel… ese cartel azul que decía «Roma». Fue un golpe de realidad. Ya no es un sueño lejano. Faltan menos de 150 kilómetros. Lazio me recibió con asfalto y peligro, pero también con gente maravillosa. La meta está ahí nomás.

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