
Indice
- 0.1 Prólogo: La cuenta regresiva
- 0.2 Día 92: De Acquapendente a Bolsena (28 km)
- 0.3 Día 93: De Bolsena a Viterbo (28 km)
- 0.4 Día 94: De Viterbo a Vetralla (16 km)
- 0.5 Día 95: De Vetralla a Capranica (17 km)
- 0.6 Día 96: De Capranica a Campagnano di Roma (32 km)
- 0.7 Día 97: De Campagnano di Roma a La Storta (23 km)
- 0.8 Día 98: De La Storta a ROMA (20 km)
- 0.9 👣 Reflexión Final de la Semana y del Camino
- 1 ¡No te pierdas estos consejos de viaje!🌏
Prólogo: La cuenta regresiva
Esta semana el viaje cambió de color. Ya no es solo caminar; es empezar a despedirse. Crucé la barrera psicológica (y física) de los últimos 100 kilómetros, esa distancia que en el Camino de Santiago está llena de gente, pero que acá recorro en una soledad casi absoluta. Pasé por la «Ciudad de los Papas» (Viterbo), me empapé bajo tormentas bíblicas, dormí en una antigua milonga tanguera convertida en albergue y sentí en carne propia la diferencia entre un hospitalero que te recibe con el corazón y otro que te recibe a regañadientes. Roma ya no es un punto en el mapa; se siente en el aire. La nostalgia de lo que se termina se mezcla con la ansiedad de llegar.
Día 92: De Acquapendente a Bolsena (28 km)
Campos quemados, lluvia torrencial y un camping de emergencia.
Me desperté a las 7:00 AM en la granja Shangri-La con el ruido de la lluvia que había caído toda la noche. Menos mal que Cinzia y Marco me dejaron dormir adentro, si no, hubiera amanecido flotando en la carpa. Desayuné un té de hierbas recolectadas por ellos mismos con Michael, el peregrino inglés, y a las 7:30 arranqué.

El camino fue sencillo, sin grandes desniveles, atravesando campos de girasoles ya secos y quemados por el sol del verano. Tienen una belleza melancólica, como si ellos también estuvieran terminando su ciclo, igual que mi viaje. Caminé 13 km de un tirón hasta San Lorenzo Nuovo, donde paré por mi «segundo desayuno» (capuchino obligado). Al salir del pueblo, tuve la primera vista del Lago di Bolsena. Es inmenso, un cráter volcánico lleno de agua que tenía que bordear. Ahí me crucé con un italiano muy amable que, al ver mi mochila, me paró para charlar sobre la Vía Francígena. Esos 10 minutos de charla me hicieron olvidar un poco el dolor de espalda que me venía molestando sin razón aparente.

Llegué a Bolsena a las 14:30. Es una ciudad preciosa, con un aire antiguo que te hace sentir en la época romana. Como era tarde, casi todo estaba cerrado, pero encontré una pizzería abierta en la plaza. Pizza, cerveza y descanso. Mi plan era seguir 5 km más para acampar en un bosque. Entré a un súper a comprar provisiones y, cuando salí… ¡el diluvio universal! Tuve que refugiarme media hora en la puerta esperando que parara. Apenas aflojó un poco, salí caminando a paso rápido, casi corriendo, para ganarle a la próxima tormenta. Llegué a un parque natural al lado del río a las 17:30. El lugar era perfecto, lleno de árboles y mesas. Armé la carpa a la velocidad de la luz y me metí adentro justo cuando el cielo se cayó de nuevo. Cené adentro de la bolsa de dormir, escuchando la lluvia golpear la tela toda la noche.

🏛️ Dato Histórico: Bolsena es famosa por el «Milagro de Bolsena» (1263), cuando una hostia consagrada empezó a sangrar durante una misa, manchando el corporal. Este evento llevó al Papa a instituir la fiesta del Corpus Christi, que se celebra en todo el mundo católico.
Día 93: De Bolsena a Viterbo (28 km)
Empapado hasta los huesos y el testimonio final.
La lluvia no paró en toda la noche. A las 6:30 AM miré el pronóstico: daban una ventana de calma. Desarmé todo rápido (quedó la marca seca de la carpa en el pasto mojado) y a las 7:00 ya estaba caminando por el bosque.

La tregua duró poco. A la hora y media se largó a llover con ganas. Intenté refugiarme bajo un árbol, pero a los 15 minutos vi pasar a otros peregrinos caminando bajo el agua y pensé: «Ya fue, si ya estoy mojado, sigo». Caminé 45 minutos bajo un aguacero hasta llegar a Montefiascone. Entré a un bar chorreando agua, empapado, pero por suerte no me dijeron nada. Un café caliente y media hora de secado me devolvieron la vida.

Al salir, el sol asomó tímidamente. Se veía el Lago di Bolsena por última vez a mis espaldas. Pero la Vía Francígena es caprichosa: a la media hora… ¡otra vez lluvia! Me refugié 10 minutos en una iglesita minúscula al costado del camino y seguí. El último tramo hacia Viterbo fue mejor. Caminé sobre una antigua calzada romana, pisando las mismas piedras que usaban las legiones hace 2000 años. El sol salió con fuerza para los últimos 4 km y entré a la ciudad seco y con calor.

Fui directo al Ospitale del Pellegrino (donativo) en el casco antiguo. Check-in, ducha y a pasear. Viterbo es la «Ciudad de los Papas» y su casco medieval es impresionante. Ahí me reencontré con una peregrina neozelandesa que me pasó un dato clave: una artista local estaba grabando los nombres de los peregrinos en piedra para un mural. Fui al taller Ceramiche e Tarocchi del Medioevo de Cinzia Chiulli y grabé mi nombre con una pluma. Un recuerdo eterno en la piedra de Viterbo. A la noche, descubrí que tenía la habitación de 8 camas para mí solo. Un lujo impensado.
💡 Dato Clave: Viterbo es el último punto donde podés empezar la Vía Francígena y obtener el Testimonium (la «Compostela» romana), ya que se cumple el requisito de los últimos 100 km a pie.
Día 94: De Viterbo a Vetralla (16 km)
La piedra de los 100 km y la soledad del camino.
Salí de Viterbo a las 7:00 AM después de desayunar en el albergue. La ciudad estaba vacía y silenciosa. Salí por la Porta del Valle y tomé la opción del camino más corto que pasa por la Strada Signorino. Es un camino increíble, una trinchera excavada en la roca volcánica (tufo) por los etruscos hace miles de años. Es hermosa, pero un poco peligrosa porque es angosta y pasan autos en ambos sentidos.

Al final de este tramo estaba el hito que venía buscando: la piedra que marca los 100 km a Roma. El tema es que no está sobre el camino; hay que desviarse unos 400 metros hacia una iglesia. Si no estás atento, te la perdés (como les pasó a dos peregrinas que me crucé después). Me saqué la foto obligatoria. Ya son más de 2.000 km en mis piernas desde Canterbury. Qué locura.

El resto del día fue tranquilo, caminando entre olivares y campos de cultivos que no logré identificar. Me crucé con la neozelandesa y una italiana, caminamos un rato juntos, pero yo me quedé descansando en una parada y ellas siguieron. Llegué a Vetralla temprano, pero el albergue Ostello San Francesco (15€) estaba cerrado hasta las 16:00. Me tocó hacer tiempo: súper, almuerzo en un banco y paciencia. A la tarde paseé un poco por el pueblo, que la verdad no tiene mucho, cené y a dormir.
Día 95: De Vetralla a Capranica (17 km)
¿Dónde están todos? y una noche de tango.
Hoy eran solo 17 km, así que me lo tomé con calma. Aunque mi reloj biológico ya está programado: a las 7:00 abro los ojos solo, sin alarma. El camino empezó por asfalto, pero de a poco se metió en un bosque tipo parque muy lindo. Y acá me cayó la ficha de algo raro: no hay nadie. Son los últimos 100 km a Roma. En el Camino de Santiago, a esta altura tenés que pedir permiso para caminar de tanta gente que hay. Acá iba completamente solo. Es una sensación extraña, de privilegio y de soledad a la vez.

Parada técnica de café y cornetto en una panadería en medio de la nada y a seguir entre olivares infinitos. Hoy me sentí muy introspectivo. Estoy cayendo en la cuenta de que esto se termina. Es una sensación agridulce: una parte de mí quiere llegar ya y tirar la mochila, y la otra quiere seguir caminando para siempre y que esta vida nómada no se acabe nunca.

Llegué a Capranica y fui al albergue La Stanza del Petrarca. Es donativo. Llamé al dueño, Antonio, que me dio el código de un locker para sacar la llave. Cuando abrí la puerta y bajé las escaleras, me quedé con la boca abierta. Es un sótano espectacular, decorado con pinturas, sofás de cuero, una cama matrimonial y tele. Antonio me contó después que antes de la pandemia esto era una milonga llamada «La Cantinera». Cuando el COVID mató el negocio, decidió transformarlo en refugio para peregrinos. El lugar está impecable, con comida, sábanas limpias y una onda increíble. Antonio pasó a la tarde a saludar y charlamos un rato. Sin dudas, uno de los mejores lugares donde me quedé en todo el viaje.
Día 96: De Capranica a Campagnano di Roma (32 km)
Dos etapas en una y cascadas para los pies.
Hoy decidí juntar dos etapas en una. Me desperté a las 7:00, le abrí a unos obreros que venían a arreglar algo en el albergue y salí a las 8:00. El primer tramo fue hermoso, por un bosque frondoso bordeando un arroyo, cruzando puentes de madera. Ahí me encontré con dos italianos que habían llegado tarde anoche al albergue.

Llegué a Sutri (el final de la etapa teórica anterior) en una hora y media. Me tomé un capuchino y seguí. Pasé por el Parque Arqueológico de Sutri, donde hay un anfiteatro romano excavado en la roca. Una pena no poder entrar, pero se veía imponente desde afuera.
🏛️ Dato Histórico: El anfiteatro de Sutri es único porque no fue construido con piedras apiladas, sino que fue tallado enteramente en la roca de tufo volcánico, igual que las tumbas etruscas de la zona.

Para seguir, tomé la opción corta por asfalto hasta Monterosi. Parada técnica en la plaza para almorzar (súper y cerveza, el menú del peregrino). Al retomar, se presentaba otra bifurcación: la directa o el desvío a las cascadas. Esta vez elegí el camino largo. Caminé 5 km extra hasta las Cascadas de Monte Gelato. ¡Qué lugar! Un pequeño oasis donde metí las patas en el agua fría. Fue el descanso que necesitaba.

Los últimos 4 km hasta Campagnano di Roma se hicieron un poco pesados por la falta de fuentes de agua (algo raro, venía habiendo muchas). Llegué a las 17:00 al Centro Parrocchiale di San Giovanni Battista. Toqué el timbre y me atendió el encargado. Y acá volvimos a la realidad: me recibió con mala cara, quejándose de que eran las 5 de la tarde (¿?), mostrándome todo a regañadientes. Qué contraste con la amabilidad de Antonio ayer. Ducha, súper y a la cama. Mañana es el anteúltimo día. Roma está a la vuelta de la esquina.
Día 97: De Campagnano di Roma a La Storta (23 km)
Pánico, caballos salvajes y un final agridulce.
Hoy el plan era sencillo: 23 km cortos, mero trámite. Me desperté a las 7:00 AM y ni desayuné. Quería sacarme de encima la primera subida y, sinceramente, quería irme rápido del albergue porque la mala onda del encargado seguía flotando en el aire. A los 2 km paré a desayunar en un descanso y ahí el día pareció mejorar. El camino intercalaba asfalto y campo, y hasta tuve un momento mágico cuando me crucé con unos caballos salvajes que se dejaron acariciar. Parecía que la naturaleza me despedía con dulzura.
Llegué a Formello (mitad de etapa) y paré en un bar por mi capuchino de rigor. Estaba relajado, viendo pasar gente nueva. Pido la cuenta, voy a buscar mis cosas y… pánico total. No encontraba mi pasaporte ni la credencial del peregrino. Busqué en todos los bolsillos, vacié la mochila. Nada. Me corrió un frío por la espalda. Lo último que recordaba era haberlos tenido en el albergue de anoche.

Empezó la odisea. Traté de conseguir un auto que me llevara (eran 15 minutos manejando, pero 2 horas caminando), pero me querían cobrar 50 euros. Una locura. Mientras tanto, mi novia (que es una genia) logró contactar al dueño del albergue por teléfono. ¡Confirmado! Los documentos estaban ahí. El dueño se ofreció a traérmelos en auto hasta un punto medio si yo caminaba hacia atrás. Acepté, pensando que era un gesto de buena fe entre peregrino y hospitalero. Cuando nos encontramos en la ruta, le agradecí infinitamente. Pero ahí se le cayó la careta. Me pidió plata «para la vecina» (una excusa rara). Yo solo tenía monedas, unos 2 euros. Se los di, explicándole que no manejaba efectivo, y el tipo estalló. Me gritó «Vaffanculo!» (que es como mandarte a la mierda en italiano) y me insultó de arriba a abajo. Cerró la puerta de un portazo y arrancó a los pedos, dejándome ahí, con mis documentos pero con una sensación horrible.

Retomé el camino hacia La Storta. Pasé por cascadas y bosques que seguramente eran lindos, pero yo iba con la cabeza quemada, masticando bronca. No podía entender cómo alguien que gestiona un lugar «parroquial» podía tener esa actitud tan miserable y comercial. Por suerte, el día terminó con la mejor noticia: llegué a La Storta y ahí estaba mi novia, que vino a acompañarme. Mañana, la entrada a Roma no la hago solo.
🏛️ Dato Histórico: La Storta es un lugar sagrado para los jesuitas. Aquí, en una pequeña capilla, San Ignacio de Loyola tuvo una visión en 1537 donde Dios le dijo: «Os seré propicio en Roma». Fue la señal que confirmó la fundación de la Compañía de Jesús.
Día 98: De La Storta a ROMA (20 km)
El Monte de la Alegría y la llegada triunfal.
Día 98 oficial (aunque mis piernas saben que fueron más de 110). Hoy era el día. Me levanté a las 7:30, desayuné tranquilo con mi novia y a las 8:00 salimos. Solo 20 kilómetros me separaban de la meta.
Los primeros 7 km fueron la prueba final de paciencia: caminar por la Via Cassia. Es la entrada urbana a Roma y es horrible. Tráfico, ruido, sin veredas, caminando por la banquina con los autos pasándote fino y cero señalización. Es el «peaje» que hay que pagar para entrar a la gran ciudad. Pero a los 7 km, el escenario cambió. Entramos en la Reserva Natural de l’Insugherata. De golpe, silencio y bosque de nuevo.

A falta de 10 km, hicimos la última parada técnica. Faltaba poco. Retomamos el asfalto y llegamos a la entrada del parque de Monte Mario. Y acá, el último obstáculo: el acceso estaba cerrado por obras. No había carteles, nada. Muchos peregrinos, ante la duda, siguieron por la calle y se perdieron la vista. Pero yo no me iba a rendir tan fácil. Busqué una alternativa, retrocedí 500 metros y encontré una entrada lateral abierta. Y valió la pena. Subí al Monte Mario Alto (antiguamente llamado Mons Gaudii o Monte del Gozo) y ahí estaba: la cúpula de San Pedro. Ver el Vaticano desde arriba por primera vez después de 98 días me dejó helado. Me quedé quieto, mirando esa cúpula, sintiendo el peso de los 2.200 km en la mochila y en el alma. Lo estaba logrando.

Bajamos del monte y encaramos los últimos 2 km por la Via Trionfale y la Via Angelico. Ya estaba en la ciudad. El ruido no importaba. Caminé bordeando las columnas y, de repente, la Plaza de San Pedro se abrió ante mí en toda su inmensidad. La emoción me pasó por encima como un tren. Me abracé a mi novia y me largué a llorar. No lo podía creer. Y en ese momento, la sorpresa final: escucho voces familiares. ¡Eran el papá de mi novia, mi cuñada y su novio! Me habían venido a esperar. Fue el broche de oro, un recibimiento lleno de amor que no esperaba.

Pasada la emoción, fui a cumplir el rito. Entré por el control de seguridad (la entrada de peregrinos) y fui a la oficina a buscar mi Testimonium. Con el papel en la mano que certifica mi viaje, volví a entrar a la Basílica. Caminé por dentro, entre turistas y fieles. Aunque no soy religioso, sentir la magnitud de ese lugar después de tanto esfuerzo es algo espiritual. Pero había mucha gente, y yo ya había cumplido. Di la vuelta, salí al sol de la plaza y llamé a mis viejos por videollamada para decirles: «Llegué».
Después, lo único que importaba era la pizza, el descanso y la sensación de que, a partir de ahora, no tengo que caminar si no quiero. Lo hice. Llegué a Roma.
👣 Reflexión Final de la Semana y del Camino

Esta última semana fue el resumen perfecto de todo el viaje: una mezcla brutal de soledad y compañía, de belleza y fealdad. En solo siete días pasé de dormir en un sótano de lujo gracias a la generosidad de Antonio en Capranica, a ser insultado por un hospitalero en La Storta por dos monedas. Pasé de caminar solo bajo tormentas bíblicas en Bolsena, a entrar a Roma de la mano de mi novia y abrazado por mi familia política.
El camino me enseñó hasta el último metro. La entrada por la Via Cassia fue dura y peligrosa, recordándome que nada es regalado, pero el desvío que encontré en Monte Mario fue la prueba de que siempre hay que buscar un camino alternativo, que la vista desde arriba hay que ganársela.
Llegar a la Plaza de San Pedro no fue solo tachar un destino en el mapa. Fue la culminación de 2.273 kilómetros (y muchos más reales) de transformación. Miro atrás y veo al chico que salió de Canterbury lleno de dudas, y veo al que llegó hoy, con las zapatillas rotas pero el corazón blindado. Descubrí que soy capaz de cruzar países, de saltar vallas en la oscuridad, de soportar el dolor y de disfrutar de la soledad. La Vía Francígena se termina acá, en las piedras de Roma, pero la confianza que gané en estos 98 días me la llevo para siempre.
¡Gracias por haberme acompañado en cada paso! Ultreia!
