
Indice
- 0.1 Prólogo
- 0.2 Día 71: Medesano – Sivizzano (17 km)
- 0.3 Día 72: Sivizzano – Cassio (18 km)
- 0.4 Día 73: Cassio – Passo della Cisa (20 km)
- 0.5 Día 74: Passo della Cisa – Pontremoli (19 km)
- 0.6 Día 75: Pontremoli – Aulla (33 km)
- 0.7 Día 76: Aulla – Monignoso (25 km)
- 0.8 Día 77: Camping – Monignoso (25 km)
- 0.9 Reflexión Semanal
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Prólogo
La semana 11 marcó uno de los momentos más significativos de mi aventura por la Vía Francígena: el cruce definitivo de los Apeninos y la llegada al mar Mediterráneo. Después de dos meses y medio caminando desde el Canal de la Mancha, finalmente iba a tocar las aguas del sur de Europa.
Esta semana me llevó desde Emilia-Romaña hasta las montañas de Toscana, pasando brevemente por Liguria antes de regresar a territorio toscano. Fueron 170 kilómetros de senderos entre bosques, pueblos medievales perfectamente conservados, y subidas que pusieron a prueba mis piernas pero recompensaron con vistas increíbles.
Dormí en un castillo del siglo XI, acampé al lado de iglesias solitarias en pasos de montaña, y conocí la hospitalidad genuina de los albergues parroquiales. La niebla, la lluvia y el sol se turnaron para pintarme paisajes diferentes cada día. Y al final de la semana, cuando vi el mar brillando en el horizonte, sentí que había cerrado un ciclo completo: de norte a sur, atravesando Europa a pie.
Día 71: Medesano – Sivizzano (17 km)
Me desperté con el amanecer en el parque de Medesano, y para mi sorpresa, a nadie parecía importarle que hubiera una carpa plantada ahí. La gente paseaba perros, cruzaba el parque, vivía su mañana sin mirar dos veces. A las 7:30 ya estaba desmontando todo, listo para arrancar la etapa.
El camino me llevó primero por un atajo entre bosques, apenas 200 metros antes de volver a la Vía Francígena oficial. Después de unos cinco kilómetros llegué a Felegara, donde paré en un bar para tomar un capuchino como la gente. Las piernas me lo agradecieron.
La zona del Parque de Fornovo di Taro fue una sorpresa: un bosquecito seco al lado del río, medio embarrado pero con ese encanto salvaje que tienen los senderos menos transitados. Pasé al lado de alguna fábrica pero nada que arruinara el paisaje.

El río Taro es uno de los afluentes más importantes del Po, naciendo en los Apeninos y desembocando después de 126 kilómetros. Esta zona tiene historia bélica: en 1495 se libró aquí la Batalla de Fornovo, donde las tropas francesas de Carlos VIII, que regresaban de Nápoles, enfrentaron a la Liga Italiana liderada por Venecia. Fue una batalla sangrienta que definió el equilibrio de poder en Italia durante el Renacimiento. Hoy no queda mucho rastro de eso, solo paisaje tranquilo y alguna fábrica que no arruinaba la vista.

Al mediodía llegué a Fornovo di Taro y crucé el puente directo a un supermercado. Comí y después encaré los últimos 7 kilómetros. La salida fue por carretera hasta que empezó la subida al Monte de la Crocce. El nombre no es casual: «Crocce» viene de cruz, y estos montes con cruces en la cima servían como puntos de orientación para los peregrinos medievales. Desde ahí arriba se veía todo el pueblo y las colinas alrededor, una postal perfecta de la Italia rural.

Cuando llegué a Sivizzano, mi plan era acampar. Primero probé en el campo de fútbol pero estaba cerrado con candado. El parking tampoco servía porque tenía pasto alto. Así que activé el plan B: llamé al albergue parroquial y me quedé ahí.
Sivizzano es uno de esos pueblitos que apenas figura en los mapas, con su iglesia parroquial como centro gravitacional de la vida local. Por 25 euros tuve una habitación rústica con paredes de piedra, ocho camas, cocina equipada y un baño en el patiecito interno. Lo mejor era que estaba literalmente pegado a la catedral. Después de caminar todo el día, era justo lo que necesitaba: un lugar calentito donde descansar antes de lo que vendría mañana.
Día 72: Sivizzano – Cassio (18 km)
Las campanas de la iglesia me despertaron a las 6 de la mañana con un estruendo que no me esperaba. Sabía que iban a sonar, pero estar pegado a la catedral significaba sentir cada campanada en los huesos. Es una tradición que viene de siglos atrás: las campanas marcaban el ritmo de la vida rural, llamando a misa, anunciando eventos importantes, o simplemente recordándole a la gente que el día empezaba. Me volví a dormir y a las 7 ya estaba desayunando, listo para salir.
El día arrancó con niebla espesa. Los primeros cuatro kilómetros fueron por carretera, pero después el camino se metió en la montaña y empezó la subida seria. Caminaba envuelto en una nube de humedad, sudando como loco y sin poder ver el paisaje. Era hermoso y frustrante al mismo tiempo: el bosque se veía mágico entre la niebla, pero no podía apreciar las vistas.

Fue en esta subida donde vi por primera vez una flecha amarilla como las del Camino de Santiago, indicando el camino a Roma.
Cuando estaba terminando la subida me agarró una lluvia liviana. Me resguardé bajo un árbol unos minutos, pero como no paraba, me puse el cubre-mochilas y seguí. Justo ahí empezaba la bajada, primero por carretera y después por bosque, que estaba medio complicado con el terreno mojado.

La segunda subida del día fue mucho mejor. La niebla se había despejado y el bosque de árboles gigantes brillaba bajo el sol. Las vistas desde la cima eran espectaculares: montañas hasta donde alcanzaba la vista.
Llegué a Cassio, un pueblito diminuto donde está el Ostello di Cassio. Me recibió Maria Luisa, la dueña y hospitalera. El albergue funciona a donativo si acampás, y 20 euros si querés cama. Como no hay supermercado en el pueblo (solo un bar que ese día estaba cerrado), ella tiene toda la cocina llena de comida: 5 euros el desayuno, 10 la cena, pero si agarrás algo suelto es a voluntad.

Monté la carpa, charlé con María Luisa y me quedé toda la tarde disfrutando del atardecer increíble que tenía el albergue. Valió la pena cada metro de subida.
Día 73: Cassio – Passo della Cisa (20 km)
Me desperté a las 7 de la mañana. Sabía que hoy serían 20 kilómetros con dos subidas importantes, pero no tenía apuro: mi destino era la iglesia del Passo della Cisa, el punto exacto que divide Emilia-Romaña de Toscana.
Este paso, a 1.041 metros sobre el nivel del mar, es uno de los puntos más emblemáticos de toda la Vía Francígena. Desde la época romana era paso obligado para cruzar los Apeninos, mencionado por el historiador Tito Livio como ruta militar. Durante la Edad Media, fue una de las puertas principales para los peregrinos que iban a Roma.

El día comenzó suave entre campos y colinas, subiendo de a poco hasta llegar al Monte Armelio, a 989 metros sobre el nivel del mar. Desde ahí tenía una vista perfecta: de un lado los Apeninos, del otro Emilia-Romaña extendiéndose en la distancia. Era la despedida visual de una región que me había tratado tan bien.
Bajé y subí por distintas colinas hasta llegar a Berceto, una ciudad importante en la Vía Francígena porque es uno de los puntos de inicio de etapa más comunes. Llegué justo a las 12:30, media hora antes de que cerraran todos los negocios por el almuerzo. Me compré una tarta, un helado, y me senté al lado de la catedral a disfrutar.

Saliendo de Berceto, el camino se dividía: uno corto por carretera, y otro más largo con subida fuerte al Monte Valoria. Ni lo dudé. Tomé el camino difícil.
La subida hasta los 1200 metros fue exigente pero valió cada gota de sudor. Las vistas desde el Monte Valoria eran espectaculares: montañas cubiertas de bosques hasta donde alcanzaba la mirada. En ese momento me sentí que estaba en la cima del mundo y que estaba logrando algo impensado. Es uno de esos momentos en donde miras para atrás en perspectiva y te das cuenta todo lo que lograste. Me quedé un rato ahí arriba descansando antes de bajar hacia el Passo della Cisa.

Cuando llegué al paso, fui directo al bar a festejar con una cerveza bien fría. Como no había supermercado, pedí un sándwich para guardar para la cena. A las 5:30 de la tarde subí a la iglesia y encontré el lugar perfecto para acampar: un rinconcito resguardado del viento, al lado de la iglesia, con mesitas y bancos.
Monté la carpa del lado de Emilia-Romaña, pero sabía que al día siguiente, con solo caminar 20 metros, cruzaría oficialmente a Toscana. El Passo della Cisa no es solo un punto geográfico: es un umbral simbólico. Aquí los peregrinos medievales sabían que dejaban atrás el norte y entraban en el corazón de Italia, acercándose a Roma.
Me fui a dormir temprano, a las 9:30, con el frío de la montaña apretando pero feliz de estar durmiendo en un lugar tan simbólico.
Día 74: Passo della Cisa – Pontremoli (19 km)
Me desperté antes del amanecer, a las 6 de la mañana. Había dormido tan temprano que ya tenía suficientes horas de sueño. Quería aprovechar para ver el amanecer desde el paso, así que desayuné mientras el cielo se pintaba de colores.
A las 6:30 ya estaba caminando, y los primeros 20 metros fueron históricos: crucé la puerta simbólica y dejé Emilia-Romaña atrás. Oficialmente estaba en la Toscana.

El camino empezó con pequeñas subidas antes de meterse en un bosque hermoso donde se combinaban varios senderos, de hecho en una intersección de senderos había unas 6 señales para seguir la Via Francigena y no perderse. Los árboles altísimos con el sol del amanecer filtrándose entre las ramas creaban un espectáculo de luz y sombras que me dejó sin palabras.
En un momento el sendero se dividió otra vez: carretera o montaña. Como siempre, elegí montaña. Subí un poco más hasta llegar a un claro donde había un banco gigante, el segundo que encontraba en toda Italia. Estos «Big Bench» son un proyecto artístico relativamente nuevo en Italia: bancos enormes ubicados en lugares con vistas espectaculares, que te hacen sentir pequeño frente al paisaje. Me senté a comer una naranja y disfrutar del panorama antes de seguir.

La bajada me llevó a un pueblito diminuto con una fuente donde hice mi parada oficial del día. Me saqué las zapatillas, descansé los pies, comí algo y seguí. Pasé por más pueblitos conectados por senderos y bosquecitos.
La segunda subida fue más rocosa y resbaladiza, pero nada terrible. Arriba había otro pueblito precioso, y desde ahí comenzó la bajada hacia Pontremoli. Lo mejor de esta bajada eran los banquitos con dibujos e inscripciones para peregrinos y niños, puntos de descanso con un toque artístico que hacían el camino más ameno.

Cuando llegué a Pontremoli, fui directo al Castello Piagnaro, donde me iba a quedar. Pontremoli es una ciudad con historia profunda: fue disputada durante siglos por diferentes señoríos italianos por su posición estratégica en la confluencia de los ríos Verde y Magra. El Castello Piagnaro data del siglo XI y funcionaba como fortaleza defensiva. Hoy alberga el Museo delle Statue Stele—esculturas prehistóricas de la zona—y también tiene habitaciones para peregrinos.

Resulta que fui el único peregrino esa noche, así que básicamente tenía un castillo entero para mí solo. La habitación estaba en una de las torres, con paredes de piedra de casi un metro de espesor y ventanas pequeñas que alguna vez sirvieron como aspilleras defensivas.
Después de acomodarme, salí a caminar por Pontremoli, una ciudad hermosa con ese aire medieval que conservan algunos pueblos italianos. Volví al castillo de noche, con las llaves en mano, sintiéndome como un noble temporario. Fue una de esas noches que nunca voy a olvidar.
Día 75: Pontremoli – Aulla (33 km)
Desperté en el castillo siendo el único huésped, una sensación rara y especial al mismo tiempo. Desayuné rápido con lo que tenía: jugo de naranja, unos muffins y una barrita de cereales. A las 7:30 ya estaba en marcha para lo que sería el día más largo de la semana: 33 kilómetros.
Salí de Pontremoli y me metí en bosquecitos y senderos. La Lunigiana—así se llama esta zona histórica que abarca el valle del río Magra—es famosa por sus bosques y sus pueblitos medievales perfectamente conservados.
Todo iba bien, caminando por verde puro, hasta que a los 8 kilómetros llegué a Filattiera. Ahí me paré en un bar a tomar un capuchino mirando la iglesia, descansar 10 minutos, y seguir.

Su nombre probablemente deriva de «fila turris» (hilera de torres), y todavía conserva restos de su castillo del siglo XIII.
Lo más lindo de Filattiera era una tradición que tienen: hay una tabla de madera con clavos representando a cada peregrino que pasa, diferenciados entre hombres y mujeres. Agarré mi clavo de hombre, lo clavé en la tablita de la Vía Francígena, y seguí mi camino.

La salida del pueblo me llevó otra vez a bosques frondosos. Había algún árbol caído y el sendero era angosto, pero lo más curioso era que llovía pero yo no me mojaba: estaba tan cubierto por los árboles que ni una gota me tocaba.
Después llegué a Virgoletta, un pueblo que parecía congelado en el tiempo medieval. Todo de piedra, con un castillo, una iglesia, estructuras que se mantenían intactas desde hace siglos.

De hecho, Virgoletta es considerado uno de los «borghi più belli d’Italia» (pueblos más lindos de Italia), y no es para menos: las calles empedradas, las casas de piedra con techos de tejas rojas, las puertas de madera maciza con herrajes antiguos, todo contribuye a crear una atmósfera de otro siglo.
Saliendo del pueblo había una fuente con zona de descanso, y justo cuando me senté a comer, empezó a llover. Primero despacito, después con ganas. Me quedé pegado al árbol mientras pasaba el chaparrón, unos 15 minutos.

Seguí los últimos 5 kilómetros hasta Aulla, todo por bosque embarrado. Había una subida importante y con la humedad terminé transpirando como loco. La entrada a Aulla era hermosa: un senderito entre bosques al lado de la carretera que amortiguaba el ruido de los autos.
Llegué a las 5:30 de la tarde a la Abbazia San Caprasio, que recibe peregrinos hasta las 6. Llegué justo. Me recibieron con café, agua y comida, me mostraron dónde iba a dormir, y apenas me dio tiempo de ir al supermercado antes de que cerrara. No pude visitar la fortaleza de Aulla porque era muy tarde. Ducha, cena, y a dormir. Había sido un día largo pero satisfactorio.
Día 76: Aulla – Monignoso (25 km)
A las 6:30 ya estaba despierto. Había escuchado a algunos peregrinos levantarse a las 6, pero yo me tomé mi tiempo. Desayuné tranquilo y a las 7 de la mañana salí para lo que serían 25 kilómetros con dos subidas importantes: primero hasta 300 metros, bajada, y después hasta 500 metros.
El día estaba nublado con una niebla espesa. Apenas había amanecido cuando empecé a subir, primero por carretera y después por sendero de montaña. La niebla era tan densa que apenas veía a 100 metros, y sumado a la humedad y la subida, terminé empapado en sudor. El paisaje seguro era hermoso, pero no podía verlo. Al mismo tiempo, la niebla le daba un encanto misterioso al bosque.

Cuando llegué a los 300 metros, había superado las nubes. De repente el sol brillaba arriba y abajo había una sábana blanca de nubes cubriendo todo. Había un banquito y una mesa en el lugar perfecto para apreciar ese espectáculo. Me quedé unos minutos mirando antes de seguir.
Bajé un poco y después vino la segunda subida hasta los 500 metros. Más niebla, más sudor, más bosque. Pero cuando llegué arriba y empecé la bajada, las vistas se abrieron.
El primer pueblo que encontré fue Ponzano Superiore, un lugar increíble construido en la cima de una colina. Las casas se apilaban en círculos hasta llegar a una torre en el medio. Era como un castillo de arena perfectamente preservado. Ahí hice mi primera parada del día, unos 12 kilómetros después de arrancar. Fuente, banquito, me saqué la remera transpirada y descansé los pies.

Bajando encontré el Castello di Labrina, o lo que quedaba de él: apenas algunos cimientos y una roca que alguna vez fue torre. Seguí bajando hasta Sarzana, donde oficialmente dejaba Toscana y entraba a Liguria por un día cortito.
En Sarzana almorcé, fui al supermercado, visité un poco la ciudad y pasé por dos fortalezas: la Firmafede (que estaba cerrada) y la Sarzanello, que pude ver solo por fuera desde el costado.
Después de Sarzana me quedaban 3 kilómetros hasta un agri-camping donde iba a dormir. Llegué cansado pero contento. El camping era privado y tenía piscina, un lujo después de un día de subidas. Me di el gusto de nadar un rato antes de cenar.
Día 77: Camping – Monignoso (25 km)
Me desperté a las 7 de la mañana en el camping, descansado después de una buena noche. Desayuné y a las 8 ya estaba caminando. Hoy sería el día de salir de Liguria y volver a Toscana, pero sobre todo, sería el día en que vería el Mediterráneo por primera vez.
El día fue casi todo por carretera, lo cual no es lo más emocionante, pero pasaba por pueblos interesantes. El primero fue Luni, con su museo arqueológico y anfiteatro romano. El museo estaba cerrado y el anfiteatro también, así que solo lo vi de afuera.
Seguí por carretera con algunos tramos cortos de bosque, hasta que pasé por Carrara. Ahí vi la Torre Caprona, lo único que queda de lo que fue una fortaleza de cuatro torres destruida por bombardeos.

Y entonces pasó: subí una colinita chiquita y de repente lo vi. El mar. El Mediterráneo brillando bajo el sol. Me quedé parado ahí un rato largo procesándolo. Dos meses y medio atrás había estado en el Canal de la Mancha, en el norte de Francia. Ahora estaba acá, del otro lado. Había cruzado Europa de norte a sur completamente a pie: Francia, Suiza e Italia.
Fue una sensación única, de sentir que estas logrando tu objetivo, sentir que estas haciendo algo único y espectacular, algo que es una experiencia de vida y que llena mucho más que cualquier posesión material. Muchas veces nos fijamos en lo superficial, lo material, pero hay cosas que van más allá. Solo caminando, con lo básico, sin mucho dinero, desde el Canal de la Mancha hasta el Mar Mediterráneo puedo asegurar que da una sensación de realización y una emoción que es simplemente indescriptible.

Después llegué a Massa, donde paré en el Lidl a comprar un melón para el postre. Iba a quedarme en un albergue con cena y desayuno incluido, así que no necesitaba mucho más. Me fui al centro de Massa a almorzar y hacer un buen descanso. Había caminado 25 kilómetros sin parar, cinco horas directo, una locura. Las piernas me pedían tregua.
Después de descansar y visitar la plaza principal, el Palazzo Ducale y la iglesia, seguí 5 kilómetros más hasta Monignoso, donde está el albergue Il Pane e le Rose. Es un lugar histórico que funciona a donativo, con cena y desayuno incluidos.
Me recibió Vito, un hospitalero voluntario de Sicilia que tenía una energía increíble. Esa noche éramos solo dos peregrinos: Alex, un francés y yo. Cenamos los tres juntos, charlando de caminos y de la vida. Fue la manera perfecta de cerrar una semana que me había llevado desde las montañas hasta el mar, desde Emilia-Romaña hasta Toscana, pasando brevemente por Liguria. Mañana seguiría, pero esa noche me fui a dormir feliz, sabiendo que había alcanzado un hito importante en mi camino a Roma.
Reflexión Semanal

La semana 11 fue, sin dudas, una de las más transformadoras de toda la Vía Francígena. No solo por los kilómetros recorridos (170 en total) ni por los desniveles acumulados, sino por lo que representó simbólicamente: cerré el ciclo de cruzar Europa de norte a sur.
Cuando vi el mar Mediterráneo, sentí que había logrado algo. Desde el Canal de la Mancha hasta acá, había caminado a través de tres países, cruzado montañas, valles, llanuras y ríos. Había dormido en castillos medievales, iglesias solitarias en pasos de montaña, albergues parroquiales, campings, y hasta en el medio de los Alpes. Cada noche era diferente, cada día traía nuevos desafíos.
Aprendí que la incomodidad es temporal pero los recuerdos son permanentes. Que dormir solo en un castillo del siglo XI es tan surrealista como suena. Que los pueblos medievales perfectamente preservados no son decorados de película, sino que existen y la gente vive ahí. Que la hospitalidad italiana sigue siendo genuina, desde Maria Luisa llenando su cocina de comida para peregrinos hasta Vito compartiendo cena y conversación.
Esta semana dejé atrás Emilia-Romaña, la región que me había acompañado con sus llanuras y sus primeras colinas. Crucé brevemente Liguria y me establecí en Toscana, la región que me llevaría gran parte del camino restante hacia Roma. Cambió el paisaje, cambió el acento, pero la esencia del camino siguió intacta: un pie delante del otro, día tras día, hacia Roma.
La semana 12 me esperaba con nuevos desafíos, pero por ahora, me iba a dormir feliz en Monignoso, con el sonido del mar de fondo y la certeza de que cada paso valía la pena.
